Venerado por unos y despreciado por otros, amado y odiado casi a partes iguales, nadie puede discutir la enorme influencia de Jean-Luc Godard en el cine. La Virreina, el dentro de la imagen de Barcelona, en plena Rambla, acoge hasta octubre una amplia y muy interesante exposición sobre el director francés, padre de la Nouvelle Vague, comisariada por Manuel Asín.
El título de la exposición, bellísimo, La fraternidad de las metáforas, hace alusión al impacto que le causaron al cineasta francés las imágenes de la Guerra Civil española cuando las vio en los años cincuenta en un cine. La muestra se centra en el compromiso político, en especial, antibelicista de Godard. Se negó a servir en el ejército francés y después, cuando vivió en Suiza, tampoco cumplió el servicio militar obligatorio del país helvético. Era un convencido pacifista y su rechazo a la guerra se muestra en varias de sus películas. Es esa faceta de Godard, de las muchas posibles, en la que se centra la exposición, compuesta de fotos, carteles, fragmentos de entrevistas, cartas, documentos y, por supuesto, fragmentos de sus películas.
Amante de dejar píldoras de sabiduría en forma de frases contundentes en sus películas, una de las que resuena con más fuerza es que la que afirma que “la más terrible de todas las tiranías es la de las ideas”. Godard rodó para defender el derecho a no hacer la guerra. Varios de sus colaboradores, como Raoul Coutard, que fue reportero de guerra, conocieron bien las atrocidades bélicas, de las que él huyó toda su vida. Es especialmente interesante el caso de Le Petit Soldat, una película en la que sitúa en el centro a un desertor del ejército francés en los tiempos de la guerra de Argelia. Fue prohibida en Francia hasta el final de la guerra y provocó que el entonces diputado Jean-Marie Le Pen pidiera que Godard fuera expulsado del país. El propio Godard se nacionalizó suizo para no ser reclutado para la guerra de Indochina y la trama de aquella película encuentra evidentes paralelismos con su historia.
Godard defendió hacer cine político y se fue acercando a posturas de la izquierda radical antes de mayo del 68. Muchos ven incluso su película La Chinoise como una especie de premonición de las revueltas parisinas. Tras mayo del 68, en el que participa cámara en mano, decidió “dejar de hacer películas par el imperialismo” y renunció a la idea de al autoría en sus trabajos, por lo que pasó a codirigir sus películas.
Una faceta menos conocida de Godard es la de reportero o periodista de cuestiones políticas. Escribió, mucho y muy bien, sobre cine, pero también lo hizo sobre otros temas. En los años 70 publicó reportajes políticos en revistas de extrema izquierda. También formó parte de la creación de la agencia de prensa Libérarion, origen del diario de izquierdas Libération. Godard se mostraba muy crítico con el conjunto de la prensa y su papel en el establecimiento de la opinión pública.
Entre los muchos momentos interesantes de su vida y de su trayectoria profesional, llama la atención un proyecto inacabado de rodar una película por encargado de la OLP en Palestina. En 1974, años después, vuelven al material grabado y descubren que algunos de los combatientes que hablaron a cámara criticaban la estrategia de un maño militar. Esto lleva a Godard y a Miéville a rodar Ici et ailleurs, como autocrítica por intentar filmar frontalmente la revolución palestina y que les lleva a preguntarte desde dónde construyen sus imágenes los cineastas que retratan un conflicto. Son reflexiones que obsesionaron a Godard, quien volvió a tratar varias veces la cuestión palestina.
La exposición, ya digo, muy atractiva, es gratuita y además ofrece un cuadernillo explicativo inusualmente extenso. Es casi un miniensayo de 40 páginas que recopila los textos de las cartelas de la muestra. En sí mismo, es un documento muy valioso que permite profundizar en la visita y recordar la figura de Jean-Luc Godard, uno de los cineastas más influyentes de la historia del cine.




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