Cerebro, espacio y tiempo

 

El cerebro humano tiene más de 100.000 millones de neuronas conectadas por más de 100 billones de sinapsis, que actúan como enchufes que dejan pasar la señal eléctrica a través de circuitos especializados, lo cual da una idea de su complejidad. Además, todavía es mucho lo que desconocemos sobre el funcionamiento del órgano más complejo y no siempre es fácil entender lo que ya se sabe de él. Por eso me ha resultado tan fascinante Cerebro, espacio y tiempo. La neurociencia de cómo navegamos por la realidad, la memoria o el futuro, de Liset Menéndez De la Prida, editado por Guadalmazán. La autora, que es investigadora los centros neuronales en el Instituto Cajal, logra explicar con claridad esta cuestión fascinante. 

Deslumbra el libro, que puede asustar en un primer momento, pero que la autora logra hacer accesible al público que está lejos de ser experto en la neurociencia. La clave de la obra es la explicación de cómo las mismas neuronas que nos permiten orientarnos en el mundo físico, y que son algo así como un GPS, también nos permiten viajar mentalmente al pasado, proyectarnos en el futuro y habitar mundos imaginarios. Es decir, nuestro cerebro utiliza los mismos recursos para saber cómo no chocarnos con las paredes cuando nos levantamos de noche en casa y no encendemos la luz que para soñar o imaginar situaciones que no hemos vivido.

Menéndez De La Prida explica cómo las células de lugar del hipocampo construyen mapas mentales y cómo hipocampo reordena nuestras experiencias hasta convertirlas en la memoria. La conexión entre espacio y tiempo a la que alude el título es central en la obra, porque todas las experiencias ocurren en un momento y en lugar, y porque son los mismos mecanismos los que entran en juego en nuestro cerebro. Cuenta la autora que no se sabe cuándo surgieron las neuronas, pero que parece que los canales iónicos responsables de la excitabilidad eléctrica ya estaban presentes en algunas bacterias. Para esos seres, era vital buscar alimento, localizar el peligro y huir. Por eso, explica, la necesidad de moverse tuvo un papel fundamental en la evolución del sistema nervioso.

También cuenta que las ardillas empezaron a anticipar automáticamente el invierno y a guardar semillas, los tigres aprendieron a esperar para saltar sobre sus presas y los chimpancés fueron conscientes de sus recuerdos. “El espacio y el tiempo se habían fusionado en una construcción mental para hacerse con el mundo”, leemos  

Eso que la autora llama el GPS neuronal otorga un orden a las percepciones y las pone en relación con otros episodios. Por eso nos orientamos en el espacio físico y también por eso asociamos recuerdos y vivencias pasadas. En el caso de la memoria, explica que el hipocampo es un organizador de eventos. La actividad del hipocampo y la corteza entorrinal en interacción con otras regiones permite construir un mapa generalizado de los recuerdos ocurridos en un contexto espaciotemporal concreto”, escribe. 

Otro tema fascinante abordado en el libro es el hecho de que el pulso eléctrico del cerebro no sigue solo un ritmo, sino muchos. El cerebro es un reloj de relojes, un entramado de ciclos. Cuando ya sabemos leer, podemos recorrer el texto mucho más rápido, sin darnos apenas cuenta de que en la mayoría de los casos nuestro cerebro va por delante de los ojos”, nos cuenta. Todo va unido. Otra vez, espacio y tiempo de la mano. El GPS neuronal es un sistema organizador de secuencias, un clasificador contextual. Cuando el sonido es clave, el hipocampo construye un espacio-tiempo de sonidos. Cuando solamente nos queda palpar, el hipocampo fabrica un espacio-tiempo de texturas.

La autora usa metáforas preciosas para ayudar en su explicación, siempre didáctica y accesible. Por ejemplo, afirma que el cerebro como un sastre experto capaz de hilar sobre la marcha usando patrones ya aprendidos. O cuando, en esa identificación entre lo real y lo imaginario, escribe este precioso pasaje: la navegación mental nos permite proyectarnos hacia atrás y adelante en el tiempo físico, un proceso que involucra al hipocampo de manera similar a cuando nos movemos por el mundo real. Los ritmos de actividad eléctrica cerebral se encargan de unir las representaciones adquiridas durante el movimiento y en las pausas, jugando con las secuencias neuronales. Es como si las ondas cerebrales editarán la película de la vida”.

El libro, cortito y muy útil para cualquiera con interés por saber cómo funciona nuestro cerebro, culmina con un capítulo final en el que la autora reflexiona sobre los cambios acelerados que vivimos, con revoluciones como las de la realidad virtual, inteligencia artificial, interacción digital con objetos que permitirá controlarlos con la mente. Asegura que “posiblemente, nuestro cerebro sea el órgano más afectado por todos los desafíos que supone el tiempo por venir”, pero se muestra optimista por la capacidad adaptativa del cerebro humano y por las ventajas que estas novedades tecnológicas pueden traer consigo. Una posición que tranquiliza a quienes tendemos a mirar con más escepticismo estas disrupciones. Cerebro, espacio y tiempo, en fin, es un libro absolutamente fascinante. 

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