53 domingos

 

Cesc Gay lleva años siendo un gran retratista cinematográfico de las relaciones personales en la sociedad contemporánea.Después de haber retratado la masculinidad en Una pistola en cada mano, la amistad y la forma de afrontar la enfermedad en Truman, las relaciones de vecinos en Sentimental y la insatisfacción vital de una mujer de 50 años en Mi amiga Eva, entre otras, ahora estrena en Netflix 53 domingos, centrada en el ámbito familiar y, en especial, en las relaciones entre hermanos

Esta última película de Cesc Gay reúne todas las virtudes de su filmografía, compuesta por comedias costumbristas urbanas muy sostenidas en unos diálogos muy bien escritos, con aire teatral, en las que lo humorístico va de la mano del retrato social. Es cine que podría perfectamente ser llevado al teatro, y en algunos casos, incluso son obras teatrales originalmente que se llevan después a la gran pantalla. Por eso, los diálogos y las interpretaciones son fundamentes. Y aquí ambas piezas funcionan a la perfección. 

La familia no es precisamente un tema novedoso pero, como también suele ser habitual en el cine de Cesc Gay, aquí se logra aportar una mirada original. Quien narra la historia, hablando directamente a cámara incluso en algunos momentos, es el personaje al que da vida Alexandra Jiménez, que es la mujer de uno de los tres hermanos que están en el centro de la película. Ella no tiene hermanos y sus padres tampoco viven, así que su familia, la que le queda, es en realidad la de su marido, al que da vida Javier Cámara. Lo divertido y original es que es ella la que propicia encuentros familiares, la que disfruta viendo a su pareja juntos a sus dos hermanos, incluso, o especialmente, cuando discuten, mientras que a él le da una pereza infinita reunirse con ellos

El personaje al que interpreta Cámara, un asiduo del cine de Cesc Gay, es un actor al que no terminan de irle bien las cosas, que sólo trabaja en anuncios televisivos, y que está un poco de vuelta de todo. Su hermana (Carmen Machi) es una catedrática brillante, pero cuyo marido le es infiel, que asume el rol de cuidadora del padre y a la que los hermanos no terminan de tomarse en serio porque ella tiene muy buen carácter y  unos se enfada. Y queda el tercer hermano, estupendamente repulsivo Javier Gutiérrez en la piel de un tipo más bien cretino y miserable, que mira a los demás por encima del hombro, que va de señorito aunque en realidad su estatus y dinero procede de la familia de su mujer, que en realidad lo desprecia, y que asume el rol de líder de la familia, el que decide qué vino es bueno y cuál no, el que ordena y manda. 

La película, muy breve, que no llega a la hora y media, tiene un excepcional ritmo y refleja con maestría cómo funcionan las dinámicas familiares. La familia funciona siempre como argumento narrativo porque todos tenemos una y porque, se parezcan más o menos unas y otras, en todas hay roles marcados establecidos para cada uno. Las relaciones entre hermanos suelen ser un compendio de sentimientos, apegos, recelos, rencillas, traumas, recuerdos felices, miserias y grandezas. Una mezcla compleja que, claro, da mucho juego en una comedia. Aquí es evidente que la relación entre los tres es tirando a mala, pero también lo es que, pese a todo, el vínculo y un cierto cariño perviven. 

La razón por la que los tres hermanos tienen que quedar, un poco a regañadientes, es por el deterioro de la salud de su padre. Tiene cada vez más despistes, hace cosas raras. Sólo la hija está realmente preocupada, mientras que sus dos hermanos, que por otra parte se detestan bastante entre sí, coinciden en señalar que ella es un poco histórica y que ve la vida con un sentido demasiado trágico. Las miserias y egoísmos de ambos quedan bien retratadas en una película que, más allá de las risas, también apela a otra cuestión muy presente en las vidas de todos antes o después: la responsabilidad del cuidado de los padres, esos que nos lo dieron todo en el pasado y a quienes no siempre se atiende como merecen. 53 domingos, en fin, es una película de Cesc Gay y en cada plano queda meridianamente claro, por su tono, por su forma de acercarse a la realidad desde una mirada siempre cómica y humorista, pero también crítica y muy sagaz.  

 

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