Sueños de trenes

 

En un mundo de reels de Instagram, visionados a doble velocidad y estrenos de películas convertidos en campañas de marketing que valoran más el fenómeno generado en torno a los filmes que su propia calidad, Sueños de trenes es una bendita anomalía, algo así como un milagro. La película de Clint Bentley, que puede verse en Netflix y que es la adaptación de una novela de Denis Johnson, es conmovedora y lírica. De una belleza deslumbrante, es una historia vitalista y tierna, absolutamente conmovedora.

Seguro que muchas personas, en especial con las prisas de nuestros días y la menguante capacidad de mantener la atención en estos tiempos de predominio de las pantallas, tildarán esta película de lenta. No tiene, desde luego, nada que busque llamar la atención, no hay concesión alguna al espectador. Sin fuegos de artificio, sin trucos ni efectos especiales. Es una película de ritmo pausado, sí, contemplativa, reflexiva. Es, en cierta forma, una experiencia sensorial. Una película deslumbrante, de esas que llegan sin hacer demasiado ruido y que dejan huella. 

Aún resulta más paradójico que la película llegue producida por Netflix, sinónimo tantas veces de historias rodadas con escuadra y cartabón, siguiendo el algoritmo, casi, casi, hechas con IA, se diría. Sin riesgo, con excesiva iluminación, con guiones no del todo bien cuidados, y siempre dando al espectador exactamente lo que espera encontrar. El mundo del cine, como la vida misma, es a veces más complejo y tiene más aristas, nada es blanco o negro, y lo cierto es que esa misma plataforma que a veces produce películas y series, digamos, más bien poco exigentes, también está detrás de historias bellísimas sin vocación mayoritaria como ésta

Sueños de trenes cuenta la vida de un leñador a comienzos del siglo XX en Estados Unidos, a quien da vida Joel Edgerton, que firma una interpretación memorable. Su trabajo, duro y peligroso, lo aleja con demasiada frecuencia de su mujer (magnífica Felicity Jones) y de su hija. Es un hombre corriente, un trabajador. Habla lo justo con sus compañeros de trabajo, la mayoría de los cuales son hombres solitarios sin nadie que los espere en casa, sin familia, sin arraigo en ningún sitio. Charlan de la vida, de la belleza de la naturaleza que los rodea. De fondo, el sentido de la vida. Suena grandilocuente y trascedente, pero ese tono existencialista se narra con mucho lirismo y sin solemnidad. 

La película habla del amor, de lo que importa de verdad en la vida, del duelo (hay un diálogo formidable en el que se cuenta que, al perder al ser amado, uno siente un dolor y un vacío como si nunca nadie antes hubiera muerto), de la paternidad y de la conexión con la naturaleza. Habla, en fin, de conectar con lo que nos rodea, de saber vivir el tiempo presente, de valorar la felicidad cuando la vivimos x no cuando ya se ha ido

Todo está exactamente en su sitio en esta película que no es, desde luego, recomendable para quien busque acción trepidante o sorprendentes giros de guion a cada rato, y que saborearán los amantes del cine de ritmo pausado, que traga al espectador como a una persona madura, y que confía en que sabrá conectar con el lirismo de la historia narrada. Las interpretaciones, contenidas, emotivas, impecables, pesan mucho en el filme, igual que su excelsa fotografía y su maestría en la forma de contar el paso del tiempo, sin necesidad de recurrir a rótulos que indiquen en qué año estamos ni recursos baratos por el estilo. Hasta la voz en off, que me suele chirriar, aquí encaja a la perfección y aporta mucho a la historia. Sueños de trenes, en fin, es todo un descubrimiento, una película extraordinaria. 

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