Una batalla tras otra

 

El éxito de Una batalla tras otra habla de la calidad de la últimos película de Paul Thomas Anderson, que es excesiva, frenética y muy atrevida, pero también del habla del tiempo en que vivimos. Porque no puede ser más oportuna la adaptación de Vineland, una novela publicada en los años años 90 por Thomas Pynchon en la que Anderson se inspira para hacer un retrato de una sociedad muy, muy, muy parecida a los Estados Unidos de Trump.

La película se ambienta en un país que persigue a los inmigrantes, impone una visión radical, fanática y nacionalista, lo convierte todo en una guerra cultural. no concibe la discrepancia política y censura a periodistas. Resulta familiar, sí, este país retratado por la película. Mucho. Demasiado. Y ahí reside gran parte del interés del filme, claro. Llega en pleno segundo mandato de Trump, que está deteriorando a marchas forzadas lo que queda de democracia en Estados Unidos. El cine, apoyado en una novela de hace décadas, convertido en retrato crítico y ácido de una era tenebrosa. 

Podría quedarse ahí el último trabajo de Paul Thomas Anderson y ya sólo por ello sería valioso, pero acierta al ir más allá. Sin duda, la película es una sátira política y, sin duda, sirve para dar una voz de alarma ante lo que sucede en Estados Unidos (y más allá) hoy en día, con el auge de repugnantes y peligrosos discursos xenófobos, jaleados desde la Casa Blanca, que difunde odio visceral hacia quienes tienen otras ideas políticas a las imperantes. La película es todo eso, y por ello es enormemente oportuna, pero también, o sobre todo, es una película divertida, ingeniosa, adictiva y con un ritmo endiablado. Es buen cine. Con mensaje y obvia vocación de apelar a nuestro presente, sí, pero también enormemente entretenida

Un desatado Leonardo DiCaprio da vida a un revolucionario que, tras dieciséis años retirado del empeño de cambiar el mundo, se tiene que enfrentar junto a su hija (Chase Infiniti) a las consecuencias de su acción revolucionaria en el pasado, casi en otra vida, al lado de la madre de ella, a la que vida Teyana Taylor. Aunque se ha entregado al alcohol y casi ha olvidado todo lo relativo a aquella época, el personaje de DiCaprio se reencontrará de golpe con el opresivo Estado autoritario contra el que se rebeló, encarnado aquí por un militar excéntrico y tocado del ala al que da vida Sean Penn. Por si faltaba poco, también aparece por ahí un personaje de lo más hipnótico al que da vida Benicio del Toro

La película tiene un evidente mensaje político de fondo, de esos, por cierto, que siempre llaman la atención viniendo de Hollywood, que es tan sistema puro y que, de cuando en cuando, lanza sus diatribas antisistema o revolucionarias, pero también destaca y sorprende en lo formal, en la construcción de los personajes, los diálogos, las escenas de persecuciones, los chistes un poco sin venir a cuento, los excesos, las situaciones divertidas cuando no deberían serlo… 

Acierta Paul Thomas Anderson con ese tono explosivo y bastante arriesgado, con la comicidad del personaje de DiCaprio, que lucha por salvar su vida y por juntarse con su hija, pero que no deja de caer en situaciones hilarantes, como una escena impagable en la que, en medio de la persecución policial, se enfrenta a la peor pesadilla de cualquiera que llame a un teléfono de esos de atención al cliente. Impagable. Quizá el mayor valor de la película es que abraza ese tono cómico y muy, muy divertido a la vez que retrata de forma crítica una sociedad pavorosa demasiado parecida a la que está construyendo Trump en Estados Unidos

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