Hace un año, La infiltrada triunfó en los Goya, después de cosechar un gran éxito en taquilla y muy buenas críticas, algo que no es fácil lograr a la vez. Es inevitable acordarse de la película de Arantxa Echevarria al ver Un fantasma en la batalla, el filme de Agustín Díaz Yanes estrenado por Netflix a finales del año pasado, tan sólo unos meses después del triunfo en la temporada de premios de aquella otra producción con la que comparte temática y punto de partida.
Al igual que sucede en aquella película, el filme de Díaz Yanes cuenta la historia de una infiltrada en la banda terrorista ETA. Entonces era una policía, aquí una guardia civil. En ambos casos, se persigue una fidelidad a los hechos narrados, mostrando la trascendencia de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la lucha contra ETA, pero también sin ocultar los pasajes más oscuros de la lucha contra el terrorismo, como los casos de tortura a detenidos. Y también en ambos casos, el ritmo narrativo que exige el thriller es envidiable. Hasta ahí llegan los parecidos. La historia de la que parten ambas películas es idéntica, pero la forma de contarla es totalmente distinta, siendo ambas excelentes películas. Es la grandeza del cine y del sello de cada autor. No hay dos proyectos iguales, por similares que sean sus historias y sus puntos de partida.
Aunque no faltan críticos del cine español que afirman, sin ver en realidad las películas, que mira demasiado al pasado de nuestro país, lo cierto es que hay muchos episodios en la historia de España que no han sido lo suficientemente abordados en la gran pantalla. La lucha contra ETA, sin duda, uno de ellos. En los últimos años ha habido más y más producciones sobre aquel periodo de nuestra historia, pero es obvio que aún queda mucho por contar y que, terminada ya la pesadilla etarra hace casi quince años, el cine puede abordar aquel período de muchas formas posibles, desde muchos ángulos distintos.
En Un fantasma en la batalla, Susana Abaitua da vida a Amaia, una guardia civil que se quedó huérfana de padre y madre muy joven y que decide ofrecerse para combatir el terrorismo infiltrándose en la banda criminal. El personaje encarna a los profesionales que se jugaron la vida para contribuir al final de ETA. Se muestra su soledad en ese mundo, la dureza de todo lo que debe hacer, porque cuanto más se acerca al núcleo de la banda, más puede aportar en su misión, pero también más riesgos asume y más sufre por el fanatismo que la rodea. Y, a la vez, desarrolla relaciones personales con quienes entabla relaciones, aunque detesta lo que hacen y pone su vida en juego para encarcelarlos y derrotarlos. No deja de haber una cierta ambivalencia en esas relaciones.
La película acierta al combinar imágenes reales con la historia narrada. Asistimos así a manifestaciones contra ETA y a informaciones televisivas de los crímenes de los terroristas a finales de los años 90, en un periodo decisivo de la lucha contra la banda asesina. El filme también asume un riesgo formal no menor al decidir que la policía infiltrada y su superior (Andrés Gertrúdix) se comuniquen a través de canciones clásicas italianas, cuyo ritmo y contenido no pueden ser más paradójicos en una historia así. Y, sin embargo, encaja a la perfección, en parte, porque es casi el único atisbo de belleza y de vida al que le queda acceso a Amaia a lo largo de esos duros años de infiltración en ETA.
La película muestra también el fanatismo y la espantosa perversión del lenguaje de los etarras, que hablaban de socializar el sufrimiento como eufemismo para decir que iban a asesinar a más personas aparte de militares y policías, o de movimiento nacional de liberación, como si no hubieran sido en realidad durante décadas el mayor opresor de Euskadi. En este tipo de películas sobre ETA siempre lo más complicado es el retrato de los criminales, para escapar de caricaturas, y aquí se consigue dotar de autenticidad a ese mundo clandestino y ciego de odio.
El uso de imágenes reales ofrece momentos de gran intensidad emocional a la película. Quizá ninguno tan conmovedor como el pasaje en el que se alternan planos de las manos blancas de manifestantes con otros de la votación a mano alzada entre los miembros de la cúpula de ETA sobre qué hacer con Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP en Ermua al que los terroristas asesinaron sin piedad tras dos días de cruel agonía en los que se despertó un movimiento de repulsa contra el terror sin precedentes. Un fantasma en la batalla recuerda un momento fundamental de nuestra historia reciente, rinde homenaje a personas que se jugaron la vida para acabar con ETA y ofrece una impecable lección de buen cine.

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