Una de las grandes virtudes del cine, y de la cultura en general, es que nos permite acercarnos a realidades que desconocemos, aunque estén cerca. En un mundo tan marcado por el egoísmo y el individualismo parece más necesario que nunca acercarnos a películas que amplíen nuestra mirada de la sociedad y nos ayuden a empatizar con las vidas de otras personas. En mitad de la locura, los tambores de guerra, el fanatismo y los delirios extremistas, la cultura, siempre la cultura. Pensaba esto tras ver Sorda, la maravillosa película de Eva Libertad que puede verse en Movistar y que está nominada a siete premios Goya.
La película, que destaca por su sensibilidad y por las soberbias interpretaciones de sus dos protagonistas, continúa la historia de un cortometraje rodado por la misma directora junto a su hermana, Miriam Garlo, que da vida a Ángela. Ella es sorda en la vida real e interpreta el personaje de una mujer sorda que está embarazada y va a tener una hija con su pareja oyente, Héctor, al que interpreta Álvaro Cervantes en uno de sus mejores trabajos hasta la fecha. Los dos firman unas interpretaciones descomunales, de esas que justifican por sí solas ver una película. Es el suyo un trabajo soberbio.
La historia, ya digo, muy delicada y sensible, muestra los temores y las dudas habituales de una pareja que se dispone a tener un bebé, con las charlas y los preparativos clásicos para todos los padres primerizos, como qué nombre ponerle, la necesidad disponer del carrito, la ropa y todo lo necesario o la de mentalizarse ante su gran cambio de vida. Pero a todo eso, que es común a cualquier pareja que decide tener descendencia, se suma el hecho de que la madre es sorda y el padre, oyente. Y es la primera cuestión por la que preguntan los padres de ella, oyentes, a quienes interpretan Elena Irureta y Joaquín Notario. Es el elefante en la habitación, en lo que piensa todo el mundo alrededor, y también los propios protagonistas.
Hasta que la niña no nazca, no se podrá saber si escucha o no. Con mucha sutileza y ternura, con mucha verdad también, la película refleja cómo viven Ángela y Héctor esa espera. El mundo es oyente, como le dice él a ella en un momento de la película especialmente intenso. Y eso ella lo siente y lo percibe a diario. La película muestra bien las dificultades cotidianas para las personas sordas, de las que las oyentes no somos conscientes. Y también retrata bien cómo para ella la posibilidad de que su hija escuche es, a la vez, algo bueno para la niña, porque ella sabe mejor que nadie lo duro que es ser sorda, pero también puede ser algo que la aleje de su hija.
La película, que es de esas a las que resulta imposible encontrarle defecto alguno, en la que todo está en su sitio, resulta conmovedora. Porque plantea situaciones sobre las que muchos nunca hemos pensado y porque transmite mucha verdad y toda la complejidad de la historia narrada. La forma en la que una discapacidad condiciona la vida de una persona en cada pequeño detalle del día a día. Las miradas de incomprensión o, peor aún, de paternalismo. El amor, que a veces no basta para comprender y apoyar, pero que siempre es imprescindible en todo en la vida. Los miedos y los celos inconfesables pero humanos.
Qué bonito es, y qué necesario, cuando una película te abre los ojos y te acerca a realidades de las que lo desconoces casi todo. Lo consigue con creces Sorda, una película extraordinaria que apela a la empatía en un mundo egoísta e individualista.

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