Cuando empecé a leer En busca del tiempo perdido, la monumental obra de más de 2.500 páginas de Marcel Proust dividida en siete partes, me planteé si debía leerlo todo de seguido o intercalar esos siete libros con otros diferentes. Esa duda me duró poco, porque en cuanto empecé Por el camino de Swann, el primero de los siete volúmenes del libro, quedé embobado con la prosa del autor francés, que resulta hipnótica. Lo leería de seguido, por supuesto, y ya sólo temo el momento en el que termine, porque sé que cuando vuelva a abrir un libro distinto echaré de menos su prosa cadenciosa, exquisita, sublime, tan exigente para el lector como deliciosa. Pobre del libro que afronte primero cuando haya terminado esta espléndida aventura lectora.
Y aquí estamos. Acabo de terminar La prisionera, el quinto de los libros que componen la deslumbrante obra de Proust. Es un libro más centrado que nunca en su relación con Albertina, que puede describirse como un caso de celos patológicos. El autor afirma que no la ama, pero quiere librarla de sus tentaciones de tener relaciones con otras mujeres. Afirma de ella que “su inclinación al placer era crónica”, como si fuera algo malo y como si el narrador del libro no reconocerá unas pocas páginas después su propia afición a los placeres. También afirma que Albertina tiene el “arte encantador de mentir con sencillez”.
En La prisionera, por cierto, vuelve a mencionar la célebre magdalena mojada en la taza de té que aflora los recuerdos. Pero No sólo la magdalena le hace recordar. Hay otros sabores y olores que asociamos a personas o a instantes de nuestra vida, como en este precioso pasaje. “El olor, en el aire frío, de las ramas de leña, era como un fragmento del pasado, un banco de hielo invisible desprendido de un invierno antiguo que avanzaba en mi cuarto, estriado además de tal perfume, de tal resplandor, como en años diferentes en los que me encontraba de nuevo sumergido, invadido, incluso antes de identificarlas, por la alegría de unas esperanzas abandonadas desde hacía mucho tiempo”.
Hay más temas en este cuarto libro más allá de la enfermiza relación con Albertina del narrador, del que, por cierto, se sugiere por primera vez que se llama Marcel, como el autor de la obra. ”Decía mi o mi querido, seguidos uno y otro de mi nombre de pila, lo que, dando al narrador el mismo nombre que al autor de este libro hubiera sido: Mi Marcel, mi querido Marcel”, leemos. Entre esos otros temas está la crítica a la alta sociedad de la época (“resulta que este libro parece presentar a la aristocracia más degenerada, proporcionalmente, que las demás clases sociales. Aunque así fuera, no habría por qué extrañarse”). Es curioso que el narrador habla aquí de su padre, al que apenas había mencionado antes. Sugiere que es un padre severo.
También habla de la política. “Haber proclamado (en calidad de jefe de un partido político, o de la que sea) que mentir es horrible, suele obligar a mentir más que los otros, sin por eso quitarse la careta solemne, sin dejar la tiara augusta de la sinceridad”, escribe. En otro pasaje, muy lúcido y que bien podría aplicarse a nuestra época actual; leemos: “Las pasiones políticas son como las demás; no duran. Vienen generaciones nuevas que no las comprenden; la misma generación que las ha sentido cambia aquella pasiones políticas por otras que, al no ser exactamente calcadas a las anteriores, rehabilitan a una parte de los excluidos, porque la causa de exclusivismo ha variado”.
Desde luego, hablando de pasiones, en este libro vuelven a estar muy presentes las pasiones del autor, que no distingue la cultura de la vida. Hay charlas sobre arte y literatura. Se cuenta, por ejemplo, el arrollador éxito del ballet ruso en París. El narrador se muestra más melómano que nunca antes, hasta el punto de que escribe:“me preguntaba si no sería la música el ejemplo único de lo que hubiera podido ser la comunicación de las almas de no haberse inventado el lenguaje, la formación de las palabras, el análisis de las ideas”.
Una vez más, igual que en varias obras anteriores, el narrador vuelve a mencionar a Venecia, un viaje deseado desde el primer libro. Quién no ha amado una ciudad antes incluso de conocerla, por todas las connotaciones de su nombre, por las cualidades que le atribuimos en nuestra imaginación o por lo que de ella hemos leído. Escribe el autor: “no había visto nunca Venecia, pero soñaba continuamente con Venecia, desde aquellas vacaciones de Pascua que, niño aún, debía haber pasado allí, y, más atrás aún, por los grabados de Tiziano y las fotografías de Gioyyo que Swann me dio en Combray”. Prosigo con el sexto tomo de la obra en el que, quién sabe, a lo mejor el protagonista conozca al fin Venecia.

Comentarios