Tras una portentosa primera temporada, Poquita fe mantiene intacta su brillantez en la segunda tanda de episodios estrenada hace unos meses por Movistar. La serie, dirigida por Pepón Montero y Juan Madiagán, vuelve a dar en el clavo con su divertidísimo e ingenioso costumbrismo y con su humor absurdo. Esta vez sitúa en el centro de la trama la crisis de la vivienda, el principal problema para los españoles según todas las encuestas.
Los protagonistas de la serie, José Ramón (genial Raúl Cimas) y Berta (inmensa Esperanza Pedreño) son echados de su casa y tienen que buscar un nuevo hogar. Como tantas otras personas, claro, lo tienen crudo, en medio de un mercado inmobiliario con precios disparatados y prohibitivos para muchas personas. Tanto, que no les queda más remedio que irse a vivir a casa de los padres de ella (María Jesús Hoyos y Juan Lombardero). Los problemas en la convivencia en esa casa, que genera toda clase de situaciones surrealistas y disparatadas, no hacen más que crecer cuando también tiene que ir a vivir allí la alocada hermana de Berta, a quien da vida Julia de Castro.
El tono irónico y muy satírico de la serie plantea, por supuesto, una mirada ácida y muy atinada sobre la crisis de la vivienda. La única esperanza de la pareja protagonista para volver a vivir en una casa ellos solos es esperar a que fallezca la muy enferma madre de Tinín (Eduardo Antuña), amigo del vecino un poco brasas y metepatas que ya aparecía en la primera temporada al que da vida Chani Martín. También regala momentazos Pilar (Pilar Gómez), amiga de Berta que siempre tiene alguna historia surrealista que contar. Los alquileres por las nubes de pisos que más parecen zulos, la gentrificación, la necesidad de muchos trabajadores de compartir piso por los altos precios o los excesos del alquiler turístico aparecen mencionados en la serie, siempre desde la hipérbole y llevada al absurdo, pero acertando al reflejar un fenómeno más que real.
La primera temporada tuvo doce capítulos y esta segunda cuenta con apenas nueve. Son, además, episodios muy cortos, viñetas de apenas 20 minutos. Mantiene el mismo formato de falso documental, que da mucho juego, porque los personajes hablan a cámara en medio de las tramas, lo que aporta mucha frescura. Son capítulos cortitos, concentrados, como el buen perfume, en frasco pequeño, no necesita más para ser brillante, sin duda, una de las mejores series de los últimos años.
La relación de pareja entre José Ramón y Berta andaba ya revuelta y, claro, la pérdida de su vivienda y la necesidad de encontrar una alternativa no ayuda. Esa crisis de pareja genera situaciones hilarantes, como cuando él siente celos de un príncipe de un cuento infantil o cuando a ella le da un ataque de nostalgia cuando se encuentra una y otra vez en la calle con un perro que se parece mucho a un antiguo novio de ella, Serafín.
Apabulla la cantidad de ideas geniales, completamente disparatadas, de humor absurdo, que reúne la segunda temporada de Poquita fe en sus ocho capítulos. Son escenas como un youtuber que hace unboxing de medicamentos; un jefe que se ha teñido el pelo, lo que hace que nadie lo escuche; una genial sucesión de frases hechas sobre la muerte; un joven neonazi que no sabe hacer una esvástica en un grafiti; una divertidísima cita fake de un compañero de trabajo que coincide con un partido de fútbol o el luto de un compañero de José Ramón, guarda de seguridad en un edificio público, ante la avería de un detector de metales que empezó a funcionar a la vez que él entró a trabajar en ese mismo lugar.
Poquita fe, en fin, es una serie genial, perfecta en su costumbrismo y su humor absurdo. Hasta donde sé, no está confirmada la tercera temporada de la serie, pero prácticamente se da por hecha. Así debería ser, desde luego. Pocas series más geniales hemos visto en los últimos años.

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