Tras salir del cine de ver Nouvelle Vague, la película en la que Richard Linklater recrea con belleza, maestría y devoción el rodaje de Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, me preguntaba si dentro de unos años algún director podría hacer lo mismo con el rodaje de Boyhood, la soberbia película que Linklater rodó captando como nunca ante el paso del tiempo durante doce años, o con los de la trilogía de Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, otra de las obras cumbre dl genial director estadounidense. Sería una película digna de ver, desde luego, y un bello ejercicio meta cinematográfico como lo es la encantadora Nouvelle Vague.
La última película de Linklater es un precioso canto de amor al cine y un homenaje a un grupo de cineastas que revolucionó el séptimo arte y que influyó en el propio director de Todos queremos algo y en tantos otros desde hace décadas.
En un tiempo de adanismo, en el que parece que se reinventa el mundo cada medio minuto y en el que casi cualquier creación cultural se presenta como histórica o nunca vista antes, es bonito y necesario homenajear a los maestros y también recordar que somos deudores de quienes nos precedieron. Porque hay películas rodadas hace décadas que resultan mucho más modernas, rompedoras y originales que otras estrenadas hace unos días. Y porque en el cine, como en la vida, todos aprendemos de otros, nadie inventa de la nada, sea de forma consciente o no. En la propia película se cita la frase de Paul Gauguin en la que defendía que el arte es plagio o revolución. Y en ambos casos, claro, la influencia de otros que llegaron antes es fundamental, ya sea para imitarlos o para romper con ellos.
Como se muestra en el filme, el propio Godard, que antes de ser director fue crítico de cine en la influyente Cahiers du Cinéma, era un enfermo del séptimo arte y admiraba a muchos otros cineastas, a los que buscaba homenajear, de los que toma ideas. También buscaba romper las reglas, rodando en la calle, con un montaje innovador entonces de las imágenes, cortando en medio de las escenas, y con una propuesta formal y un estilo de rodaje completamente rompedores. Pero, a pesar de su altanería y un ego algo desmedido, nunca dejó de reconocer el impacto en su forma de ver el cine, y la vida, de otros directores anteriores o coetáneos, ya que también se refleja bien la estrecha relación con los otros componentes de la Nouvelle Vague. En los créditos finales de la película se cuenta que en tres años 162 cineastas rodaron su primera película en Francia en aquellos años que ahora homenajea Linklater con su talento y su brillantez habituales.
Ya sólo por ese ejercicio de gratitud hacia Godard y los demás, Nouvelle Vague es una película valiosa y muy recomendable. Pero es que encima es un filme precioso, con la recreación del París de la época, el elegante blanco y negro y la fidelidad a la efervescencia creadora de un grupo de personas que revolucionó para siempre el cine. Es una joya. Como sucede con cualquier otra película sobre cine, conviene ser cinéfilo para disfrutarla, aunque no es necesario conocer cada persona real a la que se hace referencia en el filme. De hecho, puede abrumar un poco el empeño del director por rotular el nombre de todas y cada una de las personas que aparecen en en la película, que es un quién es quién de ese movimiento que revolucionó el cine. Pero lo importante es cómo se capta la esencia de aquella película y, sobre todo, de aquel tiempo, de aquel grupo de locos del cine.
La película muestra cómo el rodaje de la película no fue precisamente sencillo, por las disputas con el productor, las reticencias de la protagonista, la caótica y genial forma de afrontar el rodaje del director o las dudas que siempre despierta que alguien busque romper con todo y hacer las cosas de un modo distinto. El gran encanto del filme reside, precisamente, en ese rodaje de apenas 20 días, en los que se iba a cambiar la historia del cine, aunque no pocos dudaban incluso de que se pudiera terminar la producción.
El hecho de que un cineasta estadounidense haya filmado en francés el más bello homenaje a una de las más influyentes películas del país galo es una inmejorable demostración de que el lenguaje del arte es universal y de que las influencias viajan en el espacio y en el tiempo, porque las mejores obras de arte no envejecen. Linklater logra, en el fondo y en la forma, una película excelente y para ello se apoya en la técnica del rodaje (más allá del blanco y negro, uno siente estar viendo un filme de aquella época, hasta con pequeñas manchas en la pantalla de cuando en cuando), en un gran guión, en su pasión y casi enfermizo conocimiento de aquella época y también en un elenco extraordinariamente bien elegido. Como se escucha en la película, la cámara quería a Jean-Paul Belmondo y a Jean Seberg, cuya química es magnética y que no debe de ser precisamente fácil recrear. Logran darles vida con un asombroso parecido y con mucho talento Aubry Dullin y Zoey Deutch, mientras que Guillaume Marbeck interpreta a Godard y Adrien Rouyard a François Truffaut, guionista del filme, compañero de Godard en Cahiers du Cinéma y otro de los grandes genios del cine francés.
Una de las obsesiones de Godard al rodar Al final de la escapada era captar la espontaneidad y la naturalidad, sin imposturas. Es lo que consigue también, en un precioso juego metanarrativo, Linklater, que pone en la boca de Godard frases geniales como esta: “controlamos nuestros pensamientos, que no significan nada, pero no nuestros sentimientos, que lo significan todo”. Como queda claro en su cine, Godard era amante de las citas, otro buen ejemplo de que no estamos solos en el mundo y le debemos a quienes nos precedieron. Casi al final del filme, cuando se termina el rodaje de la película, el Godard de la ficción tan apegada a la realidad que construye con maestría Linklater comparte una cita de Leonardo Da Vinci que encaja bien con su forma de entender el cine, la de Godard y también la de Linklater, ese genio capaz de rodar un filme durante doce años: “una obra de arte nunca se termina, sólo se abandona”.

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