Hay títulos de libros que ejercen como un imán y no podía no apresurarme a leer Nadie me esperaba aquí. Apuntes sobre el desclasamiento, de Noelia Ramírez, editado por Anagrama en su colección Nuevos Cuadernos. Porque me atraen todas las historias sobre el desclasamiento, del que tanto se escribe en Francia, del que se habla mucho menos en nuestro país. Así que en cuanto supo de esta obra quise leerla. Me ha encantado la aproximación de la autora al desclasamiento, que ella no considera una traición de clase (recela del término “tránsfuga de clase”, porque ella no huye de nada), sino como un trayecto de ida y vuelta.
Un concepto clave en su argumentación es el de la vergüenza de clase. La primera frase del libro, “en el barrio no existen los apellidos”, apela directamente a ello, porque hace alusión a cómo no pocas personas de procedencia trabajadora se inventan un guion que separe el primer y el segundo apellido, para convertirlo en compuesto y parecer de clase alta, o dejan sólo la inicial de su primer apellido si es corriente. Se refiere la autora a injusticia de tener que borrar la propia identidad para ganar capital social.
La autora no entiende la vergüenza de clase como algo por lo que sentirse mal. Al revés. En su opinión, “la vergüenza por desclasamiento sirve para construir el orgullo, para reivindicar la dignidad nacida de la humillación”. Comparte un fantástico dicho turco para las personas que intentan distanciarse de sus orígenes: “al huevo no le gusta la cáscara”, y recuerda cómo ella, de joven, corregía a sus padres cuando decían mal algunas palabras.
Ramírez discrepa de la famosa frase de Annie Ernaux, referente de la literatura sobre el desclasamiento, cuando dijo que escribía para vengar a su clase. Ramírez no quiere que su ejemplo de desclasamiento sirva para calmar al sistema ni tampoco quedarse escorada en los márgenes. Sobre todo huir de la victimización. Es muy interesante el concepto de la “fetichización de la herida”, de la pensadora Wendy Brown, que es esa especie de exigencia de clamar venganza para que al fin sean escuchados quienes nunca lo han sido, con el riesgo de que la herida invada toda su identidad.
La autora, procedente de una familia manchega que emigró a Cataluña, explica cómo la sofisticación cultural, la ropa de marca y los peinados eran marcadores de identidad (o de clase, diría más bien) en la universidad, cuando empezó a estudiar en un centro privado. Allí reconoce que su educación sentimental la construyeron “todos esos veinteañeros que se creían alternativos”, porque había libros que hacía que escuchar, películas que debía ver o música que decía escuchar y, claro, también no escuchar. “Haz como si tú también escucharas a Camela o a Los Chichos irónicamente, y no como la banda sonora de tu adolescencia”, escribe.
Ramírez se declara fan de la palabra “casi” y de los umbrales. Cita a la teórica feminista Diana Fuss para defender que “caer en el esencialismo es intrínsecamente reaccionario”. Cuenta que se enteró de la existencia del término en la universidad (“nadie me avisó de que existía una palabra con la que hacerme sentir inferior”) y que, tras una primera fase de negación, abandonó el ansia de la aceptación. “Cuando creces sintiéndote siempre la mitad de algo y nunca un toro completo, cuando no eres lo suficientemente catalana ni lo suficiente manchega, ni pija ni choni, ni periodista de raza ni activista a tiempo completo, cuando creces descastándote poco a poco y sintiéndote siempre una intrusa, es en los umbrales donde hallarás refugio”, escribe.
La autora explica que escribió el libro en distintas fases y que la última llegó tras la enfermedad y la muerte de su madre. Reflexiona sobre cómo mueren mujeres adineradas en la ficción, con la misma enfermedad que su madre, para explicar que, aunque la muerte nos iguala a todos, no todo el mundo dispone de los mismos medios en sus momentos finales. También aquí el estatus social y la clase influyen. Ramírez también plantea un muy interesante debate sobre las labores domésticas. “No tengo estudios científicos a los que agarrarme, pero cada vez que leo a una mujer escribiendo en contra de la domesticación del deseo o derivadas conceptuales, cada vez que alguien entona esa retórica seductora, mi intuición me alerta de que, posiblemente, esa persona malpaga a otra menos leída para que se haga cargo de la casa que habita”, escribe.
Además de todo lo anterior, que no es poco, el libro es también una estupenda guía de lectura. Son muchas las autoras que cita y que estoy deseando leer, como Brigitte Vasallo, de quien reconozco que no había oído hablar. Es maravilloso que unos libros lleven a otros y Nadie me esperaba aquí tiene también esa gran virtud, esa generosidad de compartir citas de autoras que abordan los temas sobre los que con tanta inteligencia y verdad reflexiona aquí Noelia Ramírez.

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