Es un hecho que el pesimismo goza de mucho más prestigio que el optimismo. Sólo así se entiende la frecuencia con la que se emplea la frase hecha de “un pesimista es un optimista bien informado”. Pues bien, Fernando Díaz Villanueva se propone en Contra el pesimismo, y en buena medida consigue, desmentir aquella afirmación. Porque él es un optimista muy bien informado que defiende con datos y muy buenos argumentos que vivimos en el mejor periodo de la historia, a pesar del pesimismo que nos rodea.
El libro, editado por HarperCollins y que lleva por El triunfo de Occidente y de la civilización que forjó un mundo mejor, es muy interesante y no oculta una cierta voluntad de ser provocador. No necesito estar de acuerdo con todo lo que dice para disfrutarlo. De hecho, discrepo de algunos de sus planteamientos, pero aun así no dejo de leerlo en ningún momento con enorme interés.
Es especialmente brillante el último capítulo, dedicado a España y a esa postura tan común de considerar que nuestro país es una excepción mundial (ya sea para bien o para mal, según quien lo defienda). El autor refuta con maestría esa pretendida excepcionalidad española. No hay tal, viene a decir. Acierta al afirmar que en España nunca hemos tenido sentido de la medida y al lamentar que no quede espacio para posiciones intermedias sobre nuestro propio país: orgullo desmedido o insoportable vergüenza. Son impecables las páginas en las que explica que la historia de España es especial, como lo es la de cualquier país de su entorno, pero en nada excepcional o sustancialmente diferente a la de los países de su entorno.
El libro comienza preguntándose por qué nos rodea tanto pesimismo. El autor reparte culpas entre los medios de comunicación (“la industria de las malas noticias siempre será más grande que la de las buenas noticias o la de las noticias a secas”) y la clase política (“los políticos aspiran a conquistar el poder y, una vez conquistado, retenerlo todo el tiempo posible. Para ambas empresas, el miedo es una herramienta inmoral, pero muy poderosa, seguramente la más poderosa de todas”).
Afirma Díaz Villanueva que “Occidente ha conseguido que sean sus inventos, sus prioridades y su forma de ver el progreso los que se terminen imponiendo”. Pone muchos ejemplos, del alfabeto latino al calendario gregoriano, pasando por el parlamentarismo, del dominio de la cosmovisión occidental en todo el mundo. El autor no concibe Occidente como un área geográfica, sino como un concepto, como una manera de entender al ser humano y cómo debe organizarse la sociedad.
El libro, que es en gran medida un libro de historia, resulta apasionante. Podría poner aquí mil ejemplos de anécdotas, acontecimientos o sucesos del pasado. Me gusta especialmente, por ejemplo, todos los ejemplos que pone de la importancia de la apertura de las sociedades para su crecimiento, ahora que circulan tantos discursos aislacionistas. Por ejemplo, nos cuenta que “la civilización china estaba en el siglo XV sensiblemente más avanzada que la occidental, pero los gobernantes chinos decidieron cerrarse sobre sí mismos en la creencia de que más allá del Imperio del medio (así es como se referían a China) no había nada digno de ser conocido”. Llegaron a tener una flota de 200 barcos tripulada por casi 30.000 hombres, pero ordenaron detener las expediciones ultramarinas después del séptimo viaje.
El autor también acierta al criticar el presentismo y la utilización del pasado en función de la conveniencia política. Cita a Orwell, que escribió en su obra 1984 que “quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.
El capítulo cuatro, que titula Identidades asesinas, tomando prestado el título homónimo que publicó el escritor franco-libanés Amin Maalouf en 1998, es en el que tengo alguna que otra discrepancia con el autor. No porque no esté de acuerdo con él en su postura contra los identitarismos, sino por alguna que otra afirmación que me cuesta apoyar. Desde luego, hace un impecable análisis de las atrocidades cometidas por el regímenes identitarios del pasado siglo, de la Alemania nazi a la España franquista, pasando por la Unión Soviética. Pero luego, hablando del presente, da un triple salto mortal y habla de forma muy crítica de las nuevas identidades, con mucha más contundencia y extensión que del auge de los discursos del odio y de posiciones de extrema derecha asentadas en el racismo más nauseabundo.
En algún pasaje de ese capítulo, el autor parecer querer ridiculizar las posiciones críticas con la homofobia, el racismo o el machismo, y reducir al absurdo sus ideas. Claro que las razas no existen, tiene razón al afirmar que los humanos compartimos en 99,9% de nuestro ADN y que el concepto de raza humana carece de sentido alguno desde el punto de vista científico, pero negar por ello que existe discriminación a personas por el color de su piel y cargar las tintas contra quienes denuncian esa discriminación y no contra quienes la provocan resulta decepcionante. Ojalá tuviera razón el autor cuando afirma que “pocas opiniones están más estigmatizadas socialmente que las del tipo racista”. Me temo que esa afirmación no se sostiene.
También resulta muy cuestionable la afirmación de que “en Occidente, el machismo ha decaído hasta prácticamente desaparecer”. Un poco más adelante señala que “lo que entendemos como machismo, es decir, la creencia en la superioridad del hombre sobre la mujer, es una tara que padecen otras culturas, pero tratan de no señalarlas ni denunciarlas porque esas culturas son víctimas, según ellos, de la opresión colonial”. En opinión del autor, los discursos contra el machismo o el racismo quieren culpar a todos los hombres blancos de los errores cometidos por los hombres blancos del pasado. Creo que es una posición simplista y que no se ajusta con la realidad. Puede haber posiciones radicales que sostengan eso, pero creo que criticar el racismo y el machismo que siguen existiendo en nuestros días no es decir eso que afirma el autor, es, sencillamente, criticar el racismo y el machismo.
Un poco lo mismo me pasa con la pésima opinión que le merece el ecologismo al autor. En su opinión, “el activismo climático se ha adueñado de las cuestiones climáticas”. De nuevo, me da la sensación de que dispara más en una dirección que en otra. Puede haber mensajes apocalípticos cuestionables entre algunos ecologistas, pero diría que me preocupan más los negacionistas del cambio climático. El autor lo fía todo a los avances tecnológicos y a la riqueza acumulada para adaptarnos al cambio climático.
Una de las grandes virtudes del libro es que el autor defiende sus posiciones con argumentos y no engaña en ninguna etiqueta ideológica. Hay pasajes de su libro que mosquearán o incomodarán a izquierda y derecha, y eso, en estos tiempos, habla muy bien de él, porque es infrecuente. Acertará o se equivocará, pero siempre queda claro que defiende su posición desde la libertad de pensamiento y sin adscribirse a estos o aquellos, atacando por igual lo que no le gusta de unos y de otros.
Es brillante su postura sobre el nacionalismo identitario de nuevo cuño y el odio contra los inmigrantes. “La mayor parte de la gente sobreestima el número de inmigrantes en sus países y muchos terminan convencidos de que es la principal o una de las principales amenazas que enfrentan”, afirma, antes de desmontar esa creencia con datos que demuestran que los países más avanzados lo son gracias a la inmigración. Contra el pesimismo, en fin, es un libro que da que pensar y que se disfruta mucho, por la libertad y el espíritu crítico y un poco a contracorriente desde las que está escrito.

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