Al final de la escapada

 

Ha contado Richard Linklater en las entrevistas promocionales de su última película, Nouvelle Vague, que espera que este trabajo acerque al público joven a películas como Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, cuyo rodaje recrea el filme recién estrenado del director de la inconmensurable Boyhood. Conmigo, que ya de joven voy teniendo poco, desde luego, lo ha conseguido antes incluso de que haya podido ver la película en cines, porque quise ver antes gracias a Filmin aquella cinta estrenada en 1960 y considerada como la gran pionera de la nouvelle vague, la corriente de cine que ha moldeado en buena medida el gusto más cinéfilo de las últimas décadas. 

Lo primero que me llama la atención, en efecto, es precisamente eso, la influencia incuestionable de aquella película que se encuentra en muchos de los filmes posteriores que más me gustan, y que se perdone con claridad. Es lo que pasa con los clásicos, con las películas influyentes que dejan huella y no dejan de ser modernas por más que pasen los años: en el fondo, aunque no la hayas visto, sí lo has hecho en cierta forma, porque de ella beben muchas otras películas que llegaron después y te cautivaron. Emplean sus recursos, abrazan su tono, recorren el camino que ellas abrieron. 

En Al final de la escapada, el protagonista mira a la cámara, hay diálogos frescos y chispeantes, entrecortados, improvisados. Se recurre a la cámara en mano, formalmente es muy novedosa y rompió con las convenciones clásicas del cine de la época, por ejemplo, en el montaje. Al verla también pensé lo mismo que me pasa con muchas otras películas clásicas que voy descubriendo poco a poco décadas después de ser estrenadas: ni un plano sobra, todos cuentan algo. La película parece moderna porque lo es, claro, y porque el mejor cine hecho desde entonces, aquel por el que no pasan los años, el que más nos ha cautivado, se ha mirado en el espejo de esta formidable película de Godard. 

Si a todo lo anterior añadimos las imágenes callejeras del París de la época, el envidiable ritmo narrativo de la película (que ya quisieran para sí el 99% de las que se estrenan ahora), los guiños al cine y lo irresistibles que resultan los dos protagonistas, que derrochan carisma en cada plano, queda bastante claro el impacto que me ha causado el filme. Es cautivador y ahí está, más de seis décadas después de su estreno, en perfecto estado de revista, listo para fascinar a nuevos espectadores, que le deben a aquella película mucho más de lo que podrían creer a simple vista. 

El protagonista de la película es Michael Poiccard, interpretado por un hipnótico Jean-Paul Belmondo. Es un delincuente acostumbrado a vivir de lo que roba, que mata accidentalmente a un policía y emprende una huida hacia adelante en París, donde vive Patricia (deslumbrante Jean Seberg) una neoyorquina que vende el New York Herald Tribune en los Campos Elíseos, estudia en la Sorbona y está escribiendo una novela. Él es más bien descarado y engreído, pero resulta irresistible. Ella lo quiere, a su manera, pero tampoco lo tiene tan claro y, desde luego, sí sabe que quiere otras cosas en su vida. Cada uno de ellos le dice al otro que está loco y que lo odia, queriendo decir, claro, todo lo contrario

La película avanza trepidante y, mientras se muestra con una frescura y una química apabullantes la historia de los dos protagonistas, el cerco se estrecha sobre el delincuente, perseguido por la policía. Al principio, lo vemos con señales sutiles, como un cartel publicitario que se ve en la calle parisina por la que pasea el protagonista y que reza “vive peligrosamente hasta el final”, o el cartel de una película en unos cines que se titula, premonitoria, “Más dura será la caída”. Pero es que después directamente los periódicos, France Soir, informan de la búsqueda de la policía. 

Ellos dos hablan, coquetean, charlan de lo humano y lo divino. Pasan de hablar de la muerte y el miedo a coquetear. Charlan de la visión de Francia desde Estados Unidos y viceversa. De música y de literatura. Del amor y de los planes vitales. De todo y de nada. Esos diálogos, claro, son lo mejor de la película. Qué difícil es escribir diálogos así, tan aparentemente espontáneos, tan llenos de verdad. Además, ella tiene dudas con el idioma que le pregunta a él constantemente. 

Esos diálogos dejan perlas constantes, como cuando ella dice que no sabe si es infeliz porque no es libre o no es libre porque es infeliz, o cuando ella, citando a Faulkner, asegura que entre el dolor y la nada, elegiría el dolor”. Otra de esas frases inolvidables escuchadas en la película resume bien lo que transmite el propio filme: “el erotismo es una forma de amor y el amor es una forma de erotismo”. No puede ser más cautivadora e irresistible una película, llamémoslo erotismo o amor. Llamémoslo cine en mayúsculas. Ahora sí, ahora ya puedo ir al cine a descubrir Nouvelle Vague, de Linklater, plenamente consciente ya de cuánto debía mi cinefilia a Antes de la escapada incluso aunque no la hubiera visto todavía. 

Comentarios