Queridos Reyes Magos

 

Sin llegar a militar en sus filas, entiendo a las personas a las que se les hace bola la Navidad. Hay muchos posibles motivos para ello: las ausencias que pesan especialmente en estos días, el consumismo desbordado, los excesos estéticos y de todo tipo, la absurda carrera de las ciudades por tener las luces navideñas más tempraneras y más grandes de todas, los encuentros sociales indeseados, las aglomeraciones, la sensación de una imposición de felicidad por decreto un tanto impostada… Comprendo todas esas razones y, sin embargo, sigo siendo bastante partidario de la Navidad. No puedo no serlo teniendo la inmensa fortuna de contar con niños en la familia con los que renovar la ilusión. Con peques al lado siempre se disfrutan estas fiestas. Me sigue gustando la Navidad, sí, y es gracias en gran medida a la fiesta de los Reyes Magos, es decir, gracias a los niños. 

La de hoy es la gran noche de la ilusión, antes del día más bello, el que nos permite conectar con nuestra infancia. Me encanta hablar de la tradición de los Reyes Magos a amigos de otros países, donde, por supuesto, también llega Papá Noel y también tienen sus propias tradiciones navideñas, pero la magia de cada seis de enero es única. Y esto no va de los regalos. O no sólo, no, desde luego, especialmente. Va de la ilusión. La fiesta de Reyes ejemplifica bien lo que es, o al menos lo que debería ser, la vida. 

Para empezar, porque sabemos bien que tan importante como un viaje son sus preparativos, que las vísperas, llenas de emoción, son tan importantes o más que aquello que esperamos. Abrir y, sobre todo, ver a otros, a los más pequeños, abrir los regalos, es precioso, lo mejor del día, del año, pero la magia empieza antes. En las cabalgatas, donde se ven las sonrisas y la emoción en las caras de los niños y las niñas. Y en cada casa, en la que siempre se deja algo de agua para los camellos y comida y bebida para que sus majestades de Oriente recarguen fuerzas antes de seguir repartiendo regalos. Como bien sabemos, es imprescindible dejar una zapatilla que nos reconozca, para que los Reyes no se despisten, y acostarse temprano, no vaya a ser que Melchor, Gaspar y Baltasar lleguen y vean luz en casa, no sea que pasen de largo. 

La fiesta de Reyes simboliza lo que debería ser la vida, sí, porque nos permite mantener vivo al niño que todos llevamos dentro. Eso es algo siempre recomendable, pero que ponen muy difícil la rutina, el ruido y las prioridades confundidas. Los Reyes, la magia de cada seis de enero, nos ayudan a cultivar la ilusión y nos permiten además compartir algo que nos une a todos, lo que en un momento de división y polarización extremas suena a música celestial. Ahora que todo es causa de polémica y confrontación, que la gente parece siempre más dispuesta a discutir que a dialogar, es precioso que, al menos por unas horas, los Reyes hagan su magia y todo el mundo esté de acuerdo en algo. Hasta en los informativos, esos que se suelen llenar de ruido, se le da a esta maravillosa fiesta el espacio que merece. 

Además de construir recuerdos felices para los más pequeños y para nosotros mismos, la fiesta de Reyes también nos invita a recordar nuestra infancia. Todos estos días recordamos los nervios la noche de Reyes, la ilusión en las cabalgatas, las dudas sobre qué poner en la carta, el sabor del roscón mojado en chocolate caliente, que es para muchos como la magdalena mojada en té de Proust, porque nos conecta de inmediato con recuerdos felices de tiempo remotos. Recordamos también algún regalo especial, algunos Reyes memorables. La ronda de visitas a casas de familiares para ver qué habían dejado ahí sus majestades de Oriente. Las sonrisas de todo el mundo alrededor. En Reyes el ritmo se detiene, las prioridades están claras y, al fin, son las correctas: vivir, disfrutar con nuestra gente, compartir buenos deseos. Por eso, aunque vayamos cumpliendo años, conviene no dejar de sentir nunca esos nervios en la noche del día 5, y seguir haciendo la carta a los Reyes Magos, casi a modo de propósito de año nuevo. 

En este mundo nuestro tan egoísta e individualista, otro aspecto precioso de la fiesta de Reyes es que todos pensamos en los demás. Nos gusta abrir nuestros regalos, claro, pero lo maravilloso del seis de enero es que todos los demás en casa también tienen regalos. Y la felicidad se multiplica. Son horas de ilusión, que es el motor de la vida. Como escribió Pascal, las personas tenemos ilusiones como el pájaro alas, eso es lo que nos sostiene.

Por todo esto me sigue gustando la Navidad, y en especial, su broche dorado, la guinda al pastel (o la fruta escarchada al Roscón), la fiesta de Reyes. Y por todo eso el 6 de enero sigue siendo el día más bonito del año. Bueno, en realidad, para mí, el segundo día más bonito del año, porque mi preferido es el 23 de abril, Sant Jordi, el Día del Libro, otra jornada plena de ilusión en la que todo puede ocurrir y todo son sonrisas alrededor en Barcelona,  igual que cada 6 de enero, esa vez, rodeado de libros y rosas. El 6 de enero y el 23 de abril, además, son dos días conectados por los libros, porque sus majestades de Oriente nunca fallan y cada año dejan alguna que otra novela bajo el árbol. Este año creo que me he portado bien, así que seguro que caerá algún libro. Por si acaso, hoy dejaré mi zapatilla en el sofá y me iré pronto a dormir, con los nervios y la ilusión de siempre cada cinco de enero. Que no falte nunca. ¡Felices Reyes!

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