Muchos supimos de Una casa llena de dinamita, la última película de Kathryn Bigelow producida por Netflix, por las críticas del Pentágono. Según informó Bloomberg, en un informe interno del Pentágono se afirmaba que la película era inexacta y que incluye afirmaciones imprecisas sobre el sistema antimisiles de Estados Unidos. La directora y el guionista del filme, Noah Oppenheim, respondieron a esas críticas afirmando que han contado con fuentes expertas y que la discrepancia no es entre el Pentágono y los responsables de la película, sino entre las autoridades estadounidenses y la gran cantidad de expertos que avisan de las lagunas del sistema defensivo del país.
Naturalmente, que una película merezca una opinión más o menos airada de las autoridades es el mejor aliciente posible para seguirla. Hay más alicientes en Una casa llena de dinamita, empezando por la propia directora del filme, maestra del thriller, que aquí vuelve a mostrar un portentoso manejo del ritmo y de la intriga, y siguiendo por la interesante reflexión sobre los riesgos a los que se enfrenta nuestro mundo. Nunca está de más recordar que somos herederos de la delirante carrera armamentística durante la Guerra Fría, que llenó el mundo de armas nucleares y lo volvió un lugar peligroso, en efecto, una casa llena de dinamita.
La película permite conocer mejor el sistema antimisiles y el protocolo ante emergencias de Estados Unidos, más allá de la exactitud o no de la representación que hace. Al hilo de aquella polémica con el Pentágono no faltaron expertos que dijeron que el filme es incluso demasiado generoso sobre las probabilidades de repeler un ataque con misiles al país gobernado por Donald Trump, ese aspirante al Nobel de la Paz que ha anunciado que va a reanudar los ensayos con armas nucleares por primera vez en tres décadas en Estados Unidos y que no para de bombardear a otros países ni de compadrear con gobernantes que perpetran genocidios y provocan guerras. Ya digo, mucho más allá de esa polémica con el Pentágono, la película no es un documental, sino un apabullante y muy bien construido thriller. Resulta cautivadora.
Uno de los grandes riesgos que toma la película, y a la vez uno de sus grandes aciertos. es contar la historia de manera fragmentada, volviendo al mismo momento varias veces desde distintos puntos de vista a lo largo del filme. La trama se desencadena cuando se detecta un misil nuclear que se dirige desde el Pacífico hacia Estados Unidos. Al principio, creen que es un simple ensayo de Corea del Norte, de esos con los que se entretiene el dictador de aquel país mientras su pueblo sufre penurias, pero pronto se confirma que el misil se dirige hacia algún lugar de Estados Unidos, por lo que hay que activar el sistema antimisiles de aquel país, único escudo protector ante el ataque.
La película cuenta en su reparto con intérpretes como Idris Elba, que da vida a un desbordado presidente de los Estados Unidos al que el ataque pilla en un acto con un club de chavales que juegan al baloncesto; Rebecca Fergunson, responsable de monitorizar la situación desde la sala de crisis de la Casa Blanca; Gabriel Basso, protagonista de El agente nocturno, que aquí es un alto cargo de la administración; Jared Harris, secretario de Estado de Defensa, y Tracy Letts, veterano que siempre convence, en este caso, como alto mando militar con cierto ardor guerrero que apremia al presidente a responder con contundencia al ataque, incluso aunque no se conozca al autor del mismo.
Precisamente el hecho de que no se sepa a ciencia cierta quién está detrás del ataque es uno de los atractivos de la película. Porque, en paralelo a la actividad intensa para intentar repeler el ataque, se investiga también quién puede haber ordenado el lanzamiento del misil y si hay pruebas de la implicación de alguno de los enemigos habituales de Estados Unidos. El filme funciona mucho mejor como thriller que como película sobre geopolítica o relaciones internacionales. No se llega a profundizar ni siquiera un poquito en la posible implicación en el ataque de Rusia, China o Irán. Sirve como un punto añadido de interés, claro, pero lo que mantiene en alto la tensión es esa variedad de puntos de vista sobre la gestión de la emergencia y las distintas reacciones de los implicados, que muestran humanidad, porque, como nos ocurrirá a cualquiera, piensan en primer lugar en sus seres queridos cuando se les viene encima una catástrofe nuclear.
Una casa llena de dinamita es, en fin, una extraordinaria película de intriga, que aterra por lo verosímil que resulta el escenario que plantea, y que recuerda que la disuasión nuclear es un peligro gigantesco para la humanidad. En el fondo, el hecho de que no se profundice en quién puede estar detrás del ataque da también en el clavo, porque en este mundo en el que vivimos las amenazas son múltiples y, por culpa de esa alocada carrera armamentística comenzada en la Guerra Fría, son muchos países, y con gobernantes a cual más inestable (empezando, claro, por Estados Unidos) los que tienen a su alcance armas nucleares con una pavorosa capacidad de devastación. En estos tiempos en los que cualquier informativo televisivo aterra y asusta, quizá no necesitamos películas de ficción que vengan a darnos aún más miedo, pero al menos las pelis nos ofrecen emoción y entretenimiento, no son reales, aunque resulten realistas, y nos hacen pasar un buen rato. Después de todo, al menos de momento esas historias temibles las produce Netflix y no la Administración Trump, salen de la mente de una directora y un guionista talentosos y no de de la gobernantes inútiles e irresponsables.

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