La Pampa

 

Los relatos ciertos, aunque siempre algo idealizados, de la vida en los pueblos, que quienes vivimos en la ciudad solemos contemplar con admiración y un punto de envidia, tienen también su reverso tenebroso; en especial, para quienes son diferentes. Y quién no es diferente, en mayor o menos medida, quién encaja dentro de la estrecha categoría de “normal”. No se trata, pues, ni de idealizar ni de demonizar el entorno rural. Claro que el contacto con la naturaleza, la vida en comunidad con los vecinos o la ausencia de los males inherentes a las ciudades como las prisas o el tráfico son grandes ventajas de las pequeñas localidades, pero también suele haber en ellas, o es más posible que lo haya, un entorno opresivo para quien se salga de la norma. 

Un poco de eso, aunque no sólo, va La Pampa, la película de Antoine Chevrollier, codirector de las muy aclamadas series Baron Noir y Oficina de infiltrados, que puede verse en Filmin. Es una historia dura, sin demasiado resquicio para la esperanza, esa es la verdad, pero que cuenta con no pocas virtudes. El gran protagonista de la película es Willy, un joven con numerosos problemas a quien da vida con mucha autenticidad Sayyid El Alami. Sueña con abandonar su pueblo de la mano de su mejor amigo, casi un hermano, Jojo, a quien interpreta Amaury Foucher, que triunfa como motorista, mientras que aquel es su mecánico.

Todo cambia cuando Willy descubre de forma casual casi al comienzo de la película un secreto de su mejor amigo, algo que le cuesta contar, que vive en secreto, porque sabe bien cómo sería recibido en su entorno. Empezando por su padre (Damien Bonnard), que exige a su hijo siempre más y más en los circuitos y que es un pobre infeliz que representa lo peor y más tóxico de cierta masculinidad rancia. La trama central y el entorno de la película recuerda a Para acabar con Eddy Bellegueule, el impactante libro catártico de Édouard Louis en el habla de la homofobia y la opresión irrespirable de su pueblo natal, del que tuvo que huir para poder empezar a vivir su vida. 

El joven protagonista de la película vive también una situación delicada en casa, ya que perdió a su padre hace dos años y no acepta a la nueva pareja de su madre. Y en medio de esta agitación, mientras prepara el bachillerato en el que confía poder sacar buena nota para abandonar su pueblo, conoce a una chica que simboliza la vida en la ciudad, que estudia Bellas Artes y que asegura en un momento de la película que cada vez que visita el pueblo siente que viaja en el tiempo a los años 50, por la mentalidad estrecha de sus vecinos

El filme, que tal vez pierde fuerza en su último tercio y no termina de saber cerrar bien la historia, logra dotar de mucha verosimilitud los desvelos e ilusiones de sus personajes. Alguno resulta más bien odioso, pero ninguno se presenta como un malvado de película. En el fondo, los personajes que peor se comportan o más odiosos resultan, y estoy pensando en el padre de Jojo o en el ayudante que espera un hijo con una mujer a la que no ama, en el fondo, son pobres infelices, víctimas de una vida vacía que buscan llenar como pueden y con escasa inteligencia emocional. Todos hacen un poco lo que pueden. Y muchas veces, claro, lo máximo que pueden es un auténtico desastre. 

La Pampa, en fin, es una película dura, áspera por momentos, que recuerda el daño inmenso que puede hacer la intolerancia y las miradas rígidas de la sociedad patriarcal en la que vivimos. Una película que nos recuerda que, a veces, sólo a veces, se cumple eso de “pueblo pequeño, infierno grande”. Y también que el entorno familiar, la educación y los referentes son fundamentales para que cada cual pueda vivir libremente su vida. Un golpe de realidad ahora que ciertas posturas políticas retrógradas campan a sus anchas en medio mundo. 

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