La diplomática 3

 

Lo estrambótico de la política actual, con un personaje como Trump en la Casa Blanca, se lo pone muy difícil a los guionistas de las series políticas para sorprender a los espectadores. ¿Qué nos va a llamar la atención en una serie a estas alturas? ¿Qué acto de un político de ficción va a dejarnos boquiabiertos si vivimos en el mundo en el que vivimos? Nunca antes tuvo tanto sentido esa frase hecha de que la realidad supera a la ficción. Y, sin embargo, quizá precisamente por lo insoportable de la actualidad internacional, el público parece demandar más que nunca ficciones sobre política, o al menos, las plataformas audiovisuales no paran de ofrecerlas. Una de ellas es La diplomática, la serie que puede verse en Netflix y cuya tercera temporada se estrenó hace unos meses. 

La serie, claramente inspirada en House of Cards, empieza esta tercera tanda de episodios donde terminó la anterior. Sigue girando en torno a la compleja relación entre la embajadora estadounidense en el Reino Unido (Keri Russell) y su marido (Rufus Sewell). La segunda temporada termina con la sorprendente muerte del presidente estadounidense, lo que deja a su vicepresidenta (Allison Janney) al frente del país y, lo que es más importante para el discurrir de la trama, a la pareja protagonista entre los candidatos a ocupar la vicepresidencia. 

Los secretos de Estado, con el atentado contra un buque de guerra británico que ocurrió en la primera temporada aún coleando, se mezclan más que nunca con la relación matrimonial de los dos protagonistas. A los debates recurrentes sobre si es legítimo o no mentir, cómo y cuándo, y sobre las ambiciones y los tejemanejes del poder y de las relaciones internacionales, se unen de un modo más intenso que en las temporadas anteriores la muy ambigua y compleja relación entre los dos protagonistas, ambos con ambiciones profesionales, los dos apasionados con su trabajo y con la influencia. 

La serie también reflexiona sobre la tendencia tan habitual en Estados Unidos de influir en la política internacional. Volvemos a escuchar criticar a las chapuzas del país en países como Irak o Afganistán, y también aparecen Rusia y China. Hay diálogos muy jugosos sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y su relación un tanto impositiva y altiva con sus aliados, no digamos ya con sus enemigos. “Sois un complejo militar y económico encubierto por una constitución”, se escucha en un momento de la serie. “El mundo nos perdona si nos necesita y eso suele pasar”, dice el muy interesante personaje de la agente principal de la CIA en Londres, al que da vida Ali Ahn. 

La serie ahonda en esta tercera temporada en la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido, su gran aliado al otro lado del Atlántico históricamente. Aquí se coquetea con un conflicto diplomático y con el peso de la historia de la relación atlántica. Vuelven a jugar un rol importante en la trama el primer ministro británico (Rory Kinnear) y el ministro de exteriores (David Gyasi). 

Todos los personajes, por poderosos que sean, arrastra  sus manías, obsesiones, debilidades y pasiones, porque si algo mueve esta temporada de La diplomática es el factor humano y su impacto enorme en la toma de decisiones de los poderosos, algo que, visto lo visto, en este mundo nuestro de Trump, Putin y compañía, se antoja del todo realista. La serie, como manda la tradición, termina en todo lo alto antes de una ya asegurada cuarta temporada que llegará presumiblemente a finales de este año. 

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