“Se puede contar todo... pero con la condición de no decir jamás yo”, afirmó André Gide que le dijo Marcel Proust mientras escribía En busca del tiempo perdido. Cuando Proust publicó el primer tomo de su monumental obra, la homosexualidad se consideraba inmoral, aunque hubiera sido ya despenalizado en Francia en tiempos de la Revolución, en 1791. No se podía, desde luego, hablar abiertamente de ella en un libro, menos aún en un libro con un claro componente autobiográfico. El escritor francés intentó mantener siempre en secreto sus relaciones homosexuales, pero es una parte de su vida que aparece con frecuencia en en su imponente obra. Hay varios personajes homosexuales o bisexuales, aunque jamás se empleen esas palabras, claro, y se ha debatido mucho sobre lo que pueden tener de amantes reales hombres de Proust algunos de los personajes femeninos de los que se enamora el protagonista en la novela.
Aunque en Por el camino de Swann, dedicado a la niñez, ya aparece alguna tímida mención a las relaciones homosexuales entre mujeres, es en el segundo tomo del libro, A la sombra de las muchachas en flor, cuando llega el despertar sexual del protagonista y, de paso, también llegan con él las menciones a la homosexualidad, siempre de forma compleja, con sobreentendidos y también con un enfoque entre el deseo y la vergüenza, entre el secreto y la sublimación. No es el único tema del libro, desde luego, pero en esta segunda parte sí adquiere una mayor trascendencia.
El protagonista se enamora perdidamente de Gilberta, con quien juega en el parque en los Campos Elíseos, y con quien también sufrirá su primer desengaño amoroso. Después cae rendido a los pies de Albertina, una joven a la que conoce en Balbec, una ciudad balneario ficticia en Normandía en la que transcurre buena parte de la acción del segundo de los siete tomos del libro. Al parecer, según los estudiosos de Proust, Albertina está inspirada en Alfred Agostinelli, secretario y ayudante del autor, que fue muy cercano a Proust.
En esta segunda entrega aparecen también otros dos personajes que añaden matices y complejidad al tratamiento de la homosexualidad en la obra de Proust. Por un lado, Roberto de Saint-Loup, sobrino de la señora de Villeparisis, que se vuelve amigo íntimo del protagonista y que es quizá el personaje al que describe con más admiración. El protagonista, trasunto del propio Proust, queda totalmente deslumbrado por él. Un tipo que describe como muy elegante, de origen aristocrático e interesado sólo por lo intelectual, con ideas socialistas y que revela de su clase social.
También conocemos por primera vez al barón de Charlus, presumiblemente homosexual, a quien el autor hace decir que “lo importante en esta vida no es aquello en que se pone el amor, sino el sentir amor. Esas demarcaciones tan estrechas que trazamos alrededor del amor provienen únicamente de nuestra gran ignorancia de la vida”.
Además, en el libro también hay varios pasajes con mucha ambigüedad sexual, como sueños del protagonista en los que su amada adopta la forma de un hombre o un pasaje en el que alaba un cuadro el que “siguiendo las líneas del rostro, por momentos parecía que el sexo de la persona retratada iba a decidirse, y que era una muchacha un tanto viril; pero luego esa expresión de sexo se desvanecía, tornaba a asomar, sugiriendo ahora la idea de un joven afeminado, vicioso y soñador”.
En A la sombra de las muchachas en flor, continúan las disgresiones gozosas, las exquisitas descripciones, las reflexiones y el relato de la juventud del narrador. Es una delicia para cualquier amante de la lectura. Requiere plena atención, pero vale enormemente la pena. El protagonista y narrador, alter ego de Proust, se vuelve a mostrar como un hombre sensible que adora la cultura y la necesita, a pesar de que, por su fragilidad, su médico le prohíbe viajar e ir al teatro. “Lo que yo pedía a esa tarde de teatro -como lo que pedía al viaje a Balbec y a Venecia, que tanto deseaba-, era cosa distinta de un placer eran verdades pertenecientes a un mundo más real que aquel en que yo vivía, y que una vez adquiridas ya no podrían serme arrebatadas por incidentes menudos de mi ociosa existencia, aunque fueran muy dolorosos para el cuerpo”, leemos en un pasaje bellísimo. El protagonista aprecia la belleza en todas partes, desde la naturaleza hasta las acciones bursátiles.
El libro está plagado también de referencias a la sociedad francesa de la época, muchas de las cuales, claro, somos incapaces de apreciar quienes no somos expertos en aquel tiempo. Por ejemplo, hay menciones al caos Dreyfus y también muchos tics y comentarios antisemistas en varios personajes.
En sus largas disgresiones, el narrador deja también perlas de sabiduría sobre cuestiones como el deseo (“nuestros anhelos van enredándose unos con otros, y en esta confusión de la vida es muy raro que una felicidad venga a posarse justamente encima del deseo que la llamaba”), los cambios sociales (“la sociedad se parece a los calidoscopios, que giran de vez en cuando, y va colocado de distinto modo elementos considerados como inmutables, con los que compone otra figura”) o el doble rasero con el que solemos tratar las opiniones de los demás (“cada cual llama ideas claras a las que se hallan en el mismo grado de confusión que las suyas”). El libro, en fin, es una gozada, y nada más terminarlo me dispongo a empezar El mundo de Guermantes, el tercer tomo de En busca del tiempo perdido, que sigo disfrutando mucho, como sólo permite disfrutar la gran literatura, por más que parezca alocado ponerse a leer del tirón una novela de 3.000 páginas en estos tiempos acelerados de hoy. Quizá porque, como escribe Proust, “todos necesitamos alimentar en nosotros alguna vena de loco para que la realidad se nos haga soportable”.

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