Identidad borrada

Más de 700.000 personas han pasado por terapias para "curar la homosexualidad", sólo en Estados Unidos. Ya sólo como testimonio de esta práctica aberrante tiene valor Identidad borrada, la película dirigida por Joel Edgerton, basada en las memorias de Garrard Conley, una de esas personas a la que le quisieron curar de lo que sentía, a quienes quisieron borrar su identidad. Lo más estremecedor del filme es que no cuenta nada que no exista. Y no solamente en Estados Unidos. La casualidad ha querido que el estreno en España de esta cinta coincida con la publicación de una información de Eldiario.es en la que se desvelaba la existencia de pseudoterapias como la que aparece en la película, bajo el amparo del obispo de Alcalá. 


Pero, como las buenas intenciones no sirven para crear una buena película, y en ocasiones pueden incluso jugar malas pasadas, también hay que juzgar la película de Joel Edgerton por su calidad narrativa, no sólo por la historia narrada, desgarradora, ni por su vocación necesaria de denuncia. Creo que la película supera con nota la prueba. Es una cinta útil, porque sitúa en el mapa la existencia de estas repugnantes prácticas que destrozan tantas vidas y que dan rienda suelta a los prejuicios y a la homofobia, pero además es una buena película que narra con sobriedad la historia de Jared Eamons (el nombre ficticio detrás del que esconde el real Garrard Conley), el hijo de un predicador baptista que se se ve forzado a entrar en un programa para "curar" su homosexualidad, porque ésta choca contra los principios de su conservadora familia. 

La historia, muy dura, podría haberse contando de un modo melodramático, podría haber caído en mil y un excesos, y podría haberse convertido en una cinta de héroes y villanos plana. Pero esquiva todos esos riesgos. Con una narración clásica y pausada, sin tomar atajos ni caer en el morbo, sin buscar golpes de efectos espectaculares, la película cuenta con muy buen pulso y gran honestidad esta tremenda historia real. El tono es contenido y se agradece. La película acierta a describir la complejidad de lo que sienten los personajes. Sobre todo, el hecho de que todos los que empujan al joven a ese programa para "curar" su homosexualidad piensan en todo momento que están haciendo lo correcto. No creen estar haciendo nada malo, creen de verdad que ser gay es condenarse  a una vida pecaminosa de dolor, y quieren apartar al joven de esa senda oscura. Es así de trágico, así de doloroso. Además, entre medias está la religión, intoxicándolo un poco todo, poniéndolo aún más complicado, reforzando los prejuicios de quien no concibe que nadie viva o ame de un modo distinto al que él lo hace. 

La cinta evita señalar a villanos, no hay sadismo ni maldad voluntaria. Y eso es lo más estremecedor de todo. De verdad todas esas personas que creen que pueden "curar" la homosexualidad piensan que sentirse atraído por una persona del mismo sexo es un pecado, una tragedia, algo que se puede eliminar con el tratamiento adecuado. No tienen la menor duda de que su postura, esa que condena a una vida de represión a otras personas sólo porque no entienden que sean distintos a ellos, es la correcta. Hay un momento del filme en el que el joven protagonista, aterrado, le pregunta a su madre qué le hicieron al hijo de un conocido que salió "raro" como él. "No, no es qué le hicieron, sino qué hicieron por él", le responde la madre. De nuevo, lo dramático es que esa madre piensa de verdad estar haciendo lo mejor para su hijo. 

La sobriedad del relato se ve acompañada de unas interpretaciones excelsas de sus intérpretes protagonistas. Lucas Hedges (quien ya brilló en Manchester frente al mar) da vida al joven que se siente culpable, que quiere combinar su fe religiosa y el respeto por su familia con eso que siente, que nada tiene de malo, que no es pecado, ni delito, ni amoral, pero por lo que le hacen sentirse tan mal. Su interpretación es extraordinaria y, de su mano, conocemos las aberraciones de esos programas para "curar" la homosexualidad que creen que la "atracción por el mismo sexo" se produje por algún desarreglo emocional, porque en la familia del joven gay hay algún alcohólico, drogadicto o algo así, que le ha llevado por el mal camino. Es muy impactante y, de nuevo, lo es sin necesidad de rodar planos escabrosos, sin subrayar la gravedad de lo que ya de por sí es muy grave, sin recrearse ni buscar golpes de efecto. 

Magnífica también Nicole Kidman, dando vida a Nancy Eamons, la madre que acompaña al joven al programa para "curar" su homosexualidad, creyendo de verdad que hace lo mejor para él. Y muy convincente también Russell Crowe como el conservador pastor baptista padre del joven, que literalmente no concibe que su hijo pueda ser uno de esos. Una película, en fin, estremecedora, necesaria y muy bien contada. Un toque de atención sobre el devastador daño que provocan la intolerancia y los prejuicios, una demostración del poder del amor. Hay una escena maravillosa en el filme en la que el joven le dice a su padre "soy tu hijo y soy gay, y ninguna de las dos cosas va a cambiar". Es una cinta muy valiosa, por el testimonio que ofrece y por el tono elegido para contar esa historia. 

Una película, por cierto, en la que Troye Sivan da vida a otro de los jóvenes que padecen esa pseudoterapia y pone voz a varios de los temas de su banda sonora, como la excelente The good side, que suena al comienzo del filme, mientras se muestran imágenes reales de Garrard Conley de pequeño. La voz de Troye Sivan también sonó en la magnífica Love, Simon, otra cinta sobre amor no heterosexual, autoaceptación y tolerancia. Cine comprometido y sensible, cine necesario y bello. Cine que debería llegar más allá de los convencidos. Pero esa es otra historia. Cine, sin más. Bendito e imprescindible cine. 

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