Oslo y Bergen

Meses después de que TVE emitiera un Españoles por el mundo en Noruega, los medios de comunicación de aquel país se hicieron eco de la llegada de muchos ciudadanos españoles que, atraídos por la bonanza económica que mostraba ese programa, decidieron dejarlo todo y viajar en busca de esa Arcadia feliz. En los últimos días he podido disfrutar de un privilegiado viaje de trabajo a Oslo y Bergen. Según nos contó nuestra guía en esta ciudad, la segunda del país y puede que la más bella, estas personas llegaron a Noruega sin tener ni las más básicas nociones del idioma y en algunos casos sólo chapurreando el inglés. Las autoridades decidieron darles cursos gratuitos de noruego y acogieron a algunos de estos emigrantes españoles en albergues. Esta penosa anécdota demuestra la enorme desesperación de muchos españoles por la crisis y también, que es a lo que vamos hoy, la muy alta estima en la que tenemos a los países del norte de Europa. Tras este viaje creo que buena parte de esa envidia sana está justificada

En un viaje de cuatro días es imposible captar la esencia de ningún lugar. Y sin embargo, lo pretendemos. Siempre. Forma parte de la magia del viaje. No sólo disfrutar de los espléndidos paisajes o visitar asombrosos monumentos. También intentar comprobar cómo viven los ciudadanos de aquel país, qué hay de diferente respecto al nuestro. Oslo y Bergen son dos ciudades muy tranquilas donde el estrés parece no asomar y donde se intuye una elevada calidad de vida. También son ciudades caras aunque, según nos contaron, la brecha en los precios con respecto a España se da de forma proporcional en los salarios. La gente es muy educada y en ciertas cosas estas ciudades (pequeñas, con edificios bajos, rodeadas de bella naturaleza, con un ritmo pausado incluso en el ritmo al que pasean sus habitantes) parecen de cuento. Tanto que chirría menos que exista una monarquía, muy respetada al parecer. También es envidiable la presencia de la bicicleta en ambas localidades, sobre todo en Oslo. 

Se observa también un sentimiento patriótico elevado, propio de los países con poca historia independiente (hace no tanto Noruega estaba unida a Suecia). Quizá lo más envidiable de este país es su fondo de pensiones soberano, que cuenta con 800.000 millones de euros y en el que se invierten todos los beneficios estatales del petróleo, la clave del Estado de bienestar que mantiene Noruega. Es un ejemplo de país que sabe gestionar bien sus recursos. Con menos de cinco millones de habitantes y el maná del petróleo desde los años 70 (antes era un país sobre todo pesquero y agricultor), en Noruega se sostiene unos servicios públicos de calidad. Por ejemplo, la universidad es gratuita. Eso sí, existe el copago en sanidad. 30 euros por cada consulta. Se aprecia, además de un patriotismo que se refleja en las muchas banderas noruegas que se ven por todas partes y en los mástiles situados en cada casa para ondear la enseña nacional en ocasiones especiales, un compromiso cívico y un orgullo por el sistema de servicios y derechos establecido en un país avanzado, como también demuestra, por cierto, el hecho de que la cabeza de su Iglesia es una mujer casada con otra mujer, según nos contó la guía. 

Ese espíritu cívico se respira en el Ayuntamiento de Oslo, que desde un punto de vista arquitectónico no es particularmente bello (un edificio sobrio de ladrillo), pero que alberga coloridos murales y que es famoso porque cada año se entrega allí el Premio Nobel de la Paz, el único que no se entrega en Estocolmo. Esos murales recogen la historia de Noruega. Es especialmente hermoso, por el significado que encierra, un mural donde se refleja el gris periodo en el que, durante la II Guerra Mundial, Noruega estuvo invadida por los nazis. De izquierda a derecha, durante la amplia sala en la entrada del Ayuntamiento se recogen escenas de la invasión nazi, de la resistencia de los noruegos que se negaron a colaborar con los alemanes, del cierre de la universidad y, finalmente, de la celebración de nuevo del día de la Constitución cuando el país logró librarse de la pesadilla nazi. También es atractiva la sala Munch, llamada así porque alberga el cuadro, La vida, del célebre autor de El grito. Tanto Oslo como Bergen tienen museos que reúnen buena parte de la obra de este artista. En aquella obra se refleja a través de distintos personajes las diferentes etapas de la vida de toda persona desde la inocente niñez a la vejez. 

De lo que pudimos ver de Oslo en los ratos libres del sensacional viaje hay otras dos zonas reseñables. La primera, el Palacio, cuyos jardines están abiertos al público desde que se abrió. En concreto, dos años antes de que se inaugurara el edificio, también austero, en el que reside la familia real noruega, se abrieron los jardines, con esculturas en varios rincones, frondosos árboles y hermosos lagos. También es muy atractivo el puerto de Oslo, donde destaca, o a mí al menos me llamó mucho la atención, el espléndido edificio del museo Astrup Fearnley de arte contemporáneo, que se abrió en 2012 (aquí a la izquierda). No pudimos visitar la pinacoteca, pero el edificio es un ejemplo de lo que debería ser, y desde luego no siempre es, la arquitectura. Se integra a la perfección en el paisaje, un lugar bellísimo de la capital noruega. No es, hablando coloquialmente, un pegote. Con techos blancos y paredes de madera, no desentona, sino que embellece aún más el lugar. Renzo Piano es el autor de este impresionante espacio. 

Tras conocer Oslo tuvimos la oportunidad de visitar Bergen, que es la segunda ciudad del país y tiene unos 300.000 habitantes. Lo primero que nos dejó claro el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel es el amor que profesaba hacia su ciudad (que pronto entenderíamos al recorrer sus calles). Lo segundo, la animadversión manifiesta que sentía hacia Oslo. Se le torció el gesto al decirle que veníamos de la capital. Nos dijo que no era objetivo en la comparación, pero que Oslo, atención, le parecía una ciudad masificada, llena de gente y tráfico donde no se podía pasear. Todo en esta vida es cuestión de perspectivas, claro. Si se compara con Bergen, en efecto, Oslo es una gran urbe. Pero no desde luego si, como hacíamos nosotros, lo poníamos en contraste con Madrid. Resultó curioso comprobar cómo también en Noruega existen esas rivalidades entre ciudades. Le pusimos al taxista el ejemplo de Madrid y Barcelona y nos contó que en este caso venía de mucho más lejos la rivalidad y nos habló del origen de los habitantes de una y otra localidad. Llamativo. 

Al margen de esta primera inmersión en Bergen que nos hizo el taxista, amabilísimo por otro lado y con clara vocación de guía que quiere compartir la pasión que siente por su ciudad con los visitantes, uno descubre pronto que esta hermosa localidad noruega tiene, en efecto, un encanto especial. Bergen es aún más de cuento que Oslo. La imagen más icónica de esta ciudad son las coloridas casas de madera frente a su puerto. Esta zona de la ciudad se llama Bryggen (muelle en noruego) y está considerada patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Sólo se conservan unas pocas de estas peculiares y preciosas casas, porque al estar construidas de madera han sufrido (al igual que toda la ciudad y también Oslo) severos incendios que cambiaron por completo la fisonomía de la ciudad. De hecho, el ayuntamiento de Bergen prohibió tras el ultimo gran incendio construir viviendas de madera en el centro de la ciudad. Esta es también la razón por la que apenas hay edificios antiguos en Oslo. La madera arde con facilidad. 

Las casas coloridasd de Bergen pertenecieron a los miembros de la Liga Hanseática, un influyente monopolio comercial alemán que data del siglo XIV y que fue clave para la economía de la ciudad. El edificio más antiguo de Bergen proviene precisamente de los tiempos de la Liga Hanseática. Es la iglesia de los alemanes. En realidad, se llamó así hasta que, después de la II Guerra Mundial y a modo de castigo simbólico a Alemania, de justicia poética, se le puso el nombre de iglesia de Santa María. También la zona del puerto del fiordo, ahora denominada Bryggen, se conocía hasta entonces con su nombre alemán. 

Cerca de las bellas casas de madera de Bryggen se encuentra el mercado del pescado, donde se puede comer en la calle desde salmón hasta ballena. En el apartado gastronómico, el viaje fue también muy interesante. Exquisito salmón cocinado en cualquier forma imaginable casi (o son casi) para desayunar, comer y cenar), pero también muchas otras clases de pescado. Algo que llama mucho la atención es que en todos los restaurantes se pone agua del grifo, algo que en otras partes resultaría cutre, pero que aquí responde al orgullo de los noruegos por la calidad del agua de los fiordos. Probé la ballena, que sabe más a carne (algo similar, en textura y color, al atún rojo) y me encantó. No me atreví con el arce, que también estaba en la carta. 

Para disfrutar de unas amplias y asombrosas vistas de Bergen desde la altura es recomendable coger el teleférico que en unos pocos minutos sube al monte Ulriken. También es precioso el centro de esta localidad, que cuenta con diversas esculturas a músicos célebres nacidos en Bergen y que tiene un ambiente sensacional en el periodo de verano. Porque allí el verano es una explosión de luz solar que cambia el estado de ánimo de cualquiera, más si se tiene en cuenta el largo y frío invierno que viven en aquel país. Es algo muy llamativo. Hemos estado cuatro días en Oslo y Bergen y no hemos visto la noche. Pasadas las once de la noche sigue siendo de día y a eso de las cuatro, la luz entra por las ventanas del hotel (ese es el momento en el que se echa de menos que en otros países no se lleve lo de las persianas). Son sólo unos meses, pero es un espectáculo fascinante y asombroso que apenas haya unas cuatro horas, si es que llega, de noche al día. Este fenómeno es más pronunciado cuanto más al norte de Noruega, donde durante una parte del año llega a no ponerse el sol en ningún momento. Es una de las curiosidades de este memorable viaje en el que he podido descubrir dos muy bellas ciudades noruegas, cada una a su manera, dos ciudades de cuento. 

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