Lo ocurrido en Ceuta los últimos días es, por encima de todo, un drama humanitario. 72 personas murieron ahogadas intentando llegar a nado a la ciudad autónoma española desde Marruecos. Por supuesto que esta crisis tiene también otras vertientes, como mínimo, la diplomática, la jurídica, la política y la social. Y conviene analizarlas todas ellas con sosiego. Es muy grave lo que ha sucedido. Pero me resulta inaceptable, por incompleto y sobre todo por poco humano, cualquier análisis que obvie o minimice el hecho de que 57 personas han fallecido en unas horas frente a las costas españolas, por no hablar de lo vomitiva y repugnante que es la barra libre de discursos de odio y comentarios racistas que inundan las redes y que agitan con irresponsabilidad no pocos políticos.
Dicen los expertos, y tienen razón, que lo ocurrido el jueves en Ceuta, cuando unas 50.000 personas entraron de golpe en la ciudad, no pudo suceder sin la permisividad de las autoridades marroquíes. Se habla de una presión política al gobierno español, incluso de un ataque híbrido. No sería la primera vez que la dictadura marroquí utiliza como carne de cañón a sus jóvenes, con un repugnante desprecio a su propia vida, como sistema de presión contra España. Hay quien relaciona esta acción tolerada por Marruecos con la reciente visita del presidente Sánchez a Argelia y también con la concesión de la nacionalidad a los saharauis nacidos allí cuando era colonia española. Otros lo vinculan a una utilización interesada de una sentencia reciente del Supremo que indicaba que las expulsiones en caliente no son legales cuando la persona ha cruzado la frontera por el mar. Hay quien recuerda el malestar de Marruecos por el acuerdo entre el Reino Unido y España sobre Gibraltar, que implica una mejor relación entre el peñón y Marruecos. Hasta hay quien lo relaciona con las aspiraciones marroquíes de acoger la final del Mundial de fútbol de 2030 en Casablanca.
Es evidente que 50.000 personas no cruzan la frontera de forma espontánea un día de julio, así todos de repente. Pero también es obvio que hay un problema de fondo indiscutible. Esas personas pasan hambre, no tienen ninguna esperanza en su país. Son personas dispuestas a echarse al mar y jugarse la vida. Familias enteras con niños pequeños con flotadores. Jóvenes en busca de trabajo, de una vida. Claro que lo sucedido el jueves va mucho más allá de una simple crisis migratoria, pero no habrá entendido nada quien no reconozca lo obvio: la frontera de Marruecos con Ceuta, es decir, con España, es decir, con Europa, es una de las fronteras con más desigualdad económica del mundo. Siempre en la historia de la humanidad ha habido migraciones desde países pobres. Siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá.
A la hora de analizar los motivos de lo ocurrido, cuesta mucho no vincularlo con las relaciones de Marruecos con Estados Unidos. La postura de España en el mundo, en contra de los discursos del odio contra los inmigrantes y en contra del genocidio israelí en Gaza sitúa a nuestro país en el centro de la diana de los extremistas de todo el mundo. Por eso se han lanzado en tromba a criticar al gobierno español y, de paso, a intentar desestabilizar el proyecto de la UE, con aliados internos, de Meloni a Abascal, dispuestos siempre a llamar al odio y nunca, por lo que sea, a criticar a la dictadura marroquí.
Es imprescindible, en fin, estudiar lo ocurrido y extraer conclusiones, pero quien no tenga la mínima empatía con estas personas, quien no entienda que están muy desesperadas por la falta de oportunidades, que es un drama humano de primera magnitud, podrá tener análisis muy sesudos y atinados sobre las relaciones diplomáticas entre Marruecos y España, sobre las derivadas geopolíticas o sobre cualquier otra cuestión, pero les faltará la más elemental lectura humana de la realidad de tantas personas.
Me resulta imposible ver lo ocurrido estos días en Ceuta sólo como una cuestión de defensa de las fronteras. Lo es también, por supuesto, y vivimos en el mundo en el que vivimos, ningún país puede soportar algo así. El gobierno movilizó al ejército. Nadie desde ningún ámbito político ha discutido que una entrada masiva de personas no es aceptable, porque no hay forma de gestionarla. Pero nunca jamás hay que perder el respeto a los Derechos Humanos y la más elemental humanidad. No sé qué tienen en su cabeza quienes ven una invasión o una amenaza poco menos que militar en un grupo de personas, incluidos niños, que se lanzan al mar y se juegan la vida para llegar a nado, exhaustos, a España. Es impresentable e inhumano que el racismo campe a sus anchas con desahogo. Serán estos tiempos nuevos en los que la sensibilidad y la empatía son ridiculizadas y en los que se tilda con todo el desprecio posible de buenismo lo que es simple y elemental humanidad. Es deprimente.
Bienvenidos sean todos los debates sobre si el gobierno ha actuado bien, mal o regular. Parece claro que no atendió como debía las señales de alerta de los días previos, cuando crecieron la llegada de personas en situación irregular, hasta el punto de desbordar los centros de acogida. Es imprescindible que se analice a fondo qué medidas se puede tomar para evitar que algo así se suceda. Así debe ser. Por supuesto. Pero que jamás eso lleve a la falta de sensibilidad con estas personas que no tienen nada y se juegan la vida. Nunca se puede perder la humanidad, aunque no esté de moda, aunque ahora lo guay sea hacer bromas racistas, insultar a los “buenistas” y decirnos que por qué nos llevamos a cada a un inmigrante.
Ahora que el ambiente es más tóxico e irrespirable que nunca es más necesario que nunca mantener la firmeza en la defensa de los Derechos Humanos y en la empatía con las personas que se ven forzadas a emigrar. Cuantos más rebuznos xenófobos lancen algunos, más contundente debe ser la defensa de la más elemental dignidad humana de todas las personas, sea cual sea su nacionalidad o su situación, porque las personas no son ilegales.
Estos días he recordado mucho los mensajes del papa León XIV en su reciente visita a España. Fueron discursos muy aplaudidos, incluso por gente que agita el odio al extranjero a diario. Habló el papa de la importancia de defender de la dignidad de todas las personas, visitó centros de acogida de inmigrantes en Canarias y fue nítida su postura sobre el drama de la inmigración y la necesidad de acogida. Políticos y medios de comunicación que se llaman católicos hacen oídos sordos a esas palabras y a la doctrina social de la Iglesia, se olvidan del cristianismo y su esencia, para agitar estos días discursos de odio.
En España, la extrema derecha ha reaccionado ante lo sucedido con una indisimulada alegría, porque sabe que es gasolina que podrán lanzar al fuego del odio que se dedican a alimentar, del que viven. Tristemente, la derecha tradicional hace seguidismo de esa repugnante postura racista. Ver a alguien que aspira a gobernar España hablar de invasión y echar gasolina al fuego es muy triste. No todo debería valer en política.
La relación de España con Marruecos, gobierne quien gobierne, es crítica. No parece que la alucinante pleitesía que le rinde la derecha española, quizá relacionada con su cercanía a Estados Unidos e Israel, quién sabe, sea la mejor postura. Tampoco parece haber funcionado el apaciguamiento del actual gobierno, incluido el vergonzante giro de 2022 en la postura histórica de España con respecto al Sáhara para contentar al régimen marroquí. El gobierno ha evitado cualquier crítica a Marruecos y señala a las mafias, aunque no parece muy factible que lo sucedido el jueves pueda ayudar en modo alguno a esas mafias que trafican con personas, porque fueron personas que se lanzaron al mar a nado.
Otra vertiente de esta crisis es la social. Es entendible que los ciudadanos ceutíes sintieran temor y preocupación. No por el repugnante racismo de los radicales de turno, sino porque el número de personas que entró en la ciudad en sólo un día supone más de la mitad de la población total de Ceuta. Personas sin comida, sin ropa, sin nada. Y tiendas cerradas por miedo. Si además a eso se suma la intención de Marruecos de cuestionar la españolidad de Ceuta y Melilla, por sus aspiraciones territoriales, es comprensible la preocupación y el enfado de los ceutíes. De nuevo, ojalá nadie utilice esos temores legítimos para alentar discursos de odio.
En resumen, lo sucedido en Ceuta es una crisis política y diplomática de primer orden, también una crisis social, pero sobre todo es una crisis humanitaria devastadora que ha costado la vida a 57 personas. No lo perdamos nunca de vista. La humanidad debe estar por encima de todo siempre, aunque nos llamen buenistas, aunque no esté de moda.

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