La hija pequeña

 

La interseccionalidad defiende que las distintas categorías de la identidad de una persona (su color de piel, su religión, su clase social, su orientación sexual, su edad, su formación…) se entrelazan y condicionan entre sí, por lo que todas deben ser tenidas en cuenta para evitar lecturas simplistas. He pensado en este inspirador enfoque sociológico al ver en Filmin La hija pequeña, película de Hafsia Herzi, inspirada en una novela autobiográfica de Fatima Daas. 

Fátima, la protagonista del filme, extraordinariamente interpretada por Nadia Melliti (premio a mejor interpretación femenina en Cannes el año pasado) vive en sus carnes la citada interseccionalidad. Es una joven musulmana que vive en la banlieu parisina, hija pequeña de una familia numerosa muy religiosa, que se prepara para ir a la universidad y que descubre su sexualidad, con temor a que sea incompatible con sus creencias religiosas y que le aporte de los suyos. Y es todo eso a la vez. Una joven que respeta y valora su cultura y su religión, que quiere a su familia, que se divierte con sus amigos, pero que también tiene sentimientos que no puede esconder, por más que sepa que su religión (como todas) los prohíbe y sanciona. 

Es soberbia la interpretación de la actriz protagonista porque ésta es una película en la que lo más importante es todo lo que no se dice, lo que sólo puede transmite con gestos, miradas o silencios. Las omisiones, las palabras no pronunciadas, los deseos escondidos, marcan la vida de Fátima. De ahí su seriedad y su parquedad en palabras durante parte de la película. De ahí esa sensación de estar a menudo rígida, con el freno de mano echado.

La película sigue sus pasos durante un año, de una primavera a otra. Doce meses en los que pasa de revolverse con violencia contra un compañero de instituto que la llama lesbiana a acudir feliz a la marcha del Orgullo, de contener lo que siente a abrazar una libertad y una espontaneidad alegre en la universidad. Pero siempre, de fondo, ese temor de no traicionar a una parte de su identidad por no negarse a sí misma, por no camuflar otra. El miedo a no ser comprendida en su familia, a ser repudiada en su religión, esa que también apela al pasaje de Sodoma y Gomorra para condenar la homosexualidad entre hombres y, de paso, también entre mujeres, aunque la vean menos grave.

El filme, que esta rodada en una París real, no de postal, pero no por ello menos bella, porque París siempre será París, tiene varias escenas memorables. Esos inicios de una relación en los que todo es posible, el coqueteo que abre puertas y ventanas por las que entra aire fresco. La explosión de libertad al ampliar su mundo cuando llega a la universidad y descubre una familia elegida. La charla final con su madre, de nuevo, con lo no dicho en un lugar preponderante. De las fiestas a los rezos, de los instantes exultantes de alegría a los de angustia y temor, La hija pequeña muestra con mucha delicadeza cómo las distintas facetas de la identidad de una joven se entrelazan. Y muestra también cómo, al final, sólo tenemos una vida y no vale la pena pasarla encerrado en un armario. 

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