Iván & Hadoum


Escuché a Ian de la Rosa en una entrevista en El Ojo Crítico describir Iván & Hadoum, su ópera prima, como un abrazo. Y creo que es difícil resumir mejor la película con una sola palabra. En esa misma entrevista contaba el director que mucha gente se espera una historia dura, triste, dramática, por el hecho de que el protagonista sea un hombre trans, y que por eso esas personas se sorprenden al encontrar una película vitalista y alegre. Y no es que sea una película hollywoodiense de felicidad forzada, no, ni tampoco esquiva cuestiones relevantes como las diferencias de clase, pero sí es una película humanista, de la que invita a celebrar la vida, de esas que te ponen una sonrisa en la cara y de las que quieres hablar a los demás, porque contagia la alegría.

La película, en efecto, es encantadora. Como sugiere su título, es antes que nada una historia de amor, pero atravesada por distintas cuestiones sociales como la identidad de género, el país de origen, la familia, la clase social, el empleo o los problemas en el acceso a la vivienda. Todo esto, sin gravedad impostada y sin solemnidad. Es una película ligera y alegre, que aborda realidades complejas y duras, a menudo incomprendidas y silenciadas, pero siempre abrazando el vitalismo de sus personajes, la risa, la luz, tanto en sentido literal (esas bellísimas playas almerienses, ese sol siempre presente) como figurado

Iván (Silver Chicón) es un joven que trabaja en un invernadero de Almería y cuya familia, formada por su madre, su hermana y sus dos sobrinos, depende de sus ingresos desde que murió su padre. Por eso, aspira a ser ascendido a encargado para poder aumentar su sueldo y así vivir con los suyos en una casa más grande. Iván se enamora de Hadoum (Herminia Loh), una compañera que trabaja en el mismo invernadero, pero como envasadora, en la posición más precaria, la que precisamente él deberá supervisar si asciende. 

Además de todo esto, Iván es un chico trans. No es algo que esté en el centro de la historia, lo cual es un acierto, pero sí es un factor más que explica su vida. Porque recibe comentarios, miradas y rechazo de según qué personas. Porque le ha marcado en sus relaciones de pareja. Y también, o casi diría que sobre todo, porque se siente en deuda con su familia porque le pagaron la operación que le permitió que su cuerpo se correspondiera con su identidad. La naturalidad, frescura y espontaneidad con la que se aborda la transexualidad de Iván es quizá una de las mayores de las muchas virtudes de la película. Nada suena impostado, Iván es mucho más que un chico trans en la historia, como sucede con todas las personas trans en la vida real, por supuesto: no son estereotipos andantes, tienen sus aficiones, sus trabajos, sus sueños, sus ilusiones, sus inquietudes. Y Hadoum es mucho más que la mirada llena de prejuicios que sufre por parte de algunas personas sólo por ser musulmana. 

La película, que se apoya en la gran química entre los dos protagonistas, y que visualmente tiene también varias escenas especialmente memorables en el retrato de esta historia de amor, habla también del mundo del trabajo, de las necesidades económicas, de clase social, de capitalismo. Llamémoslo como queramos. Es una película que refleja a la perfección la interseccionalidad, es decir, la forma en la que todas las categorías sociales que nos atraviesan (género, identidad y orientación sexual, clase social, color de piel…) se entrecruzan y son relevantes. Porque Iván es trans, pero es también joven, currito con aspiraciones a ganar más dinero para su familia, un hijo que se siente en deuda con su madre, un chaval que sueña con construir un futuro con Hadoum, un tío amoroso de su encantador sobrino… Y es todo eso a la vez. Así es la vida real. Y así lo retrata el filme.

La película de Ian de la Rosa, en fin, acierta a contar una historia que transpira verdad con un tono irresistible. En varias críticas del filme se mencionan los paralelismos con Romeo y Julieta, por aquello de que se trata de un amor imposible o, al menos, contra la opinión de las familias y los entornos de ambos, pero no hay dramatismo ni sentimiento trágico de la vida en este precioso largometraje que abraza y celebra la vida. No oculta los odios, las injusticias, las explotaciones laborales, el desclasamiento o el racismo, pero ante todo ello plantea una ligereza y un vitalismo encantadores 

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