Las series televisivas no han inventado nada. La historia de la literatura está llena de sagas, de novelas en partes, de obras que continúan a lo largo de distintos volúmenes la historia de una familia o de un grupo de personas a lo largo de las décadas. Y tienen estos libros un encanto especial porque combinan el desarrollo de las historias de los personajes, con los que el lector se encariña, con la evolución de la historia de las distintas épocas por las que transcurren las tramas. A esa tradición literaria, cuya cumbre fue En busca del tiempo perdido, de Proust, se sumó con maestría Leïla Slimani con la trilogía de El país de los otros, que gira en torno a la historia del siglo XX en Marruecos.
Tras una maravillosa primera novela, ambientada en los años finales del Protectorado francés en Marruecos, la segunda, Miradnos bailar, editada por Gallimard en Francia y por Cabaret Voltaire en España, comienza con los primeros pasos de la independencia del país. Al igual que en el libro anterior, las historias de la familia protagonista, ahora con más protagonismo para los hijos, van de la mano de la propia historia del país y la evolución de la sociedad.
En el libro aparecen menciones a mayo del 68, al movimiento hippie, al incipiente desarrollo de la industria del turismo en el país, a los atentados que sufrió el rey de Marruecos en los años 70 y a su revolución agraria. Por supuesto, también a las huellas de la independencia y las heridas de la colonización, que, escribe la autora, “parecía que sólo había sido un malentendido, un error del que los franceses se arrepentían y que los marroquíes pretendían olvidar”.
Si en El país de los otros la gran protagonista era Mathilde, la mujer alsaciana que viajó a Marruecos a empezar una nueva vida por amor y que se encontró con una sociedad muy conservadora, aquí es su hija Aïcha quien asume el rol central de la historia. Porque ella también vive grandes contrastes al acudir a cursar sus estudios universitarios en Estrasburgo. Allí se encuentra con otra forma de ver la vida y también con compañeros universitarios muy comprometidos con la política, algo que ella nunca valoró, porque se centró en sus estudios en Medicina y asumió que, ya que no se podía cambiar el mundo, al menos intentaría curarlo.
Un nuevo personaje que también ocupa un espacio central en la novela es Mehdi, aspirante a escritor con ideas marxistas que acaba trabajando para el Estado. Simboliza muy bien esas contradicciones vitales con las que, en mayor o menos medida, todos vivimos. Es alguien cuyos ideales no han muerto y que se describe como alguien que vive en una especie de exilio interior, con una personalidad clandestina dentro. Pero también es alguien con sueños de grandeza, que quiere prosperar, que compra marcos de pensamiento que desprecia y por los que siente atracción, todo a la vez.
El libro también reúne anécdotas sobre el poder del monarca marroquí en la época. Se cuenta, por ejemplo, que su control de la televisión estatal era absoluto, hasta el libro de que se decía que el monarca llegaba a ordenar que se dejara de emitir antes del final una película que no le estaba gustando. En ese contexto de un poder autoritario que estaba naciendo, con atentados y violencia en las calles, la familia protagonista de esta historia avanza, progresa, sufre, ríe, se enamora, tiene pérdidas y nacimientos. Pasa la vida, con la historia como telón de fondo, como ocurre siempre en la buena literatura, como sucede en eso que llamamos realidad.
Empiezo ya con muchas ganas el tercer y último volumen de la trilogía, Me llevaré el fuego, que leeré, como los anteriores, en su edición original en francés, pero que está editada en español por la muy francófila y estupenda editorial Cabaret Voltaire. Continuará.

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