Sant Jordi en Barcelona, la ciudad de las rosas puestas

 

Una vez le escuché decir a Rosa Montero que, a veces, cuando recuerda algo, no sabe bien si lo ha vivido, se lo han contado, lo ha soñado, lo ha leído o lo ha escrito, y que cualquiera de esas opciones tenía el mismo valor para ella. Me he acordado de esta reflexión bellísima de la autora española al leer que la escritora escocesa Ali Smith, pregonera de Sant Jordi este año, se ha mostrado deslumbrada con la fiesta del libro y la rosa en Barcelona. “No descarto que todavía esté soñando”, ha añadido. 

Tras tomar notas y hacer fotos todo el día para intentar captarlo todo, termino de escribir estas líneas ahora que el mejor día del año, Sant Jordi en Barcelona, toca a su fin. Y, en efecto, en teoría, he vivido todas las estampas que ahora recuerdo e intento plasmar en palabras, pero perfectamente las podría haber leído o soñado, porque todas ellas parecían más reales que la propia vida, contenían la verdad de la literatura y de los sueños. 


Sin la menor amenaza de lluvia, con una temperatura agradable y cielo soleado, el polen agitado por el viento ha sido hoy el auténtico dragón de Sant Jordi. Es el único día del año en el que realmente me importa el tiempo que haga, porque es una fiesta callejera y popular en la que todo lo mejor sucede al aire libre, por lo que la meteorología influye mucho. El viento, en especial por la mañana, ha propulsado el polen, sobre todo, del platanero, lo que ha puesto a prueba a los lectores alérgicos. Prueba superada gracias a la alegría contagia y la belleza radiante de Barcelona en su día más especial. 

Un año más, las cifras impresionan: 425 paradas profesionales (364 de libros y 61 de flores) y cerca de 5.500 licencias a otros puestos por toda la ciudad. Y, un año más, las cifras no dicen nada de toda la verdad y la vida que hay detrás de ellas. La gran novedad de este año, obligada por las obras en La Rambla, es que la calle más célebre de la ciudad no acoge hoy paradas de libros y rosas. Volverá en 2027. A cambio, ha crecido aún más la superilla literaria y la fiesta se ha extendido al Portal de l’Àngel y a la plaza de la catedral. Todo un acierto. 


Por todas las calles aparecen los bellísimos carteles del ilustrador de arte urbano TVBoy, que es quien firma este año los carteles oficiales de esta fiesta, y que me parecen especialmente bonitos. Salgo del hotel pronto porque quiero aprovechar lo máximo posible el día y porque me encanta ver cómo los libreros terminan de preparar las paradas. Hay cajas y más cajas de cartón por todos lados. Algunos no han madrugado y se les acumula el trabajo. Pero todos estarán listos a tiempo. En el sitio donde desayuno escucho y pronuncio la primera “Bona Diada de Sant Jordi” de muchos que vendrán. Se respira una ilusión especial, como siempre. Hoy, a diferencia del resto del año, abundan las sonrisas, las buenas formas, la ilusión


Unos operarios se afanan por terminar de colocar la senyera que cuelga de La Pedrera. Antes de las aglomeraciones, disfruto como ya es traición cada año charlando con los responsables de la editorial Las afueras, que ejerce con maestría su papel de prescriptor cultural y que siempre da buenas ideas de lectura. Es una charla muy agradable. Por instantes así adoro Sant Jordi. También empiezan a formarse, por supuesto, las primeras colas para las firmas, que comenzarán a las diez. Veo en un escaparate que Adidas vende una camiseta  con diseño especial por Sant Jordi. Reconozco que me tienta, pese a la mercantilización evidente que supone, pero termino descartándolo. Si he de gastar dinero, mejor que sea en libros. Y será, será.

Sant Jordi es para mí una celebración de la literatura, del amor, por supuesto, pero también de Barcelona. Por eso, cada año este día intento visitar alguno de los edificios con puertas abiertas. Y no tiene pocos precisamente Barcelona, capital mundial de la arquitectura este año. Esta vez visito el Palau Güel, uno de los edificios de Gaudí que aún no conocía. Allí, por cierto, una risueña vigilante de seguridad porta un bonito broche de un dragón sujetando una rosa. Todo es diferente en Sant Jordi. Todo es mejor. 


Me asombra el edificio, que era la residencia de Eusebio Güell, el gran mecenas de Gaudí, hasta que se mudó al parque Güell. Destaca en especial el impresionante salón central donde se celebraban conciertos cuyo sonido llegaba a toda la casa. Casa media hora, por cierto, suena una sinfonía. A mí me tocó el Coro de Peregrinos de Tannhauser, de Wagner. El Palau Güell acoge también un par de exposiciones sobre las ventanas en la obra de Gaudí y sobre su mobiliario. La visita termina con las asombrosas vistas desde la azotea, realmente impresionante. 


Como la Biblioteca de Cataluña está muy cerca, intento visitarla. No quedan ya plazas para las visitas guiadas, pero sí puedo visitarla por libre. La Biblioteca, llena de joyas, se sitúa en la antigua sede del Hospital de la Santa Creu. En sus distintas salas, que son preciosas, alberga pequeñas muestras de algunos de los muchos tesoros que conserva. Por ejemplo, hay rincones dedicados a Ildefons Cerdà en el 150 aniversario de su muerte o a la poeta catalana Clementina Arderiu, 50 años después de su muerte. También encontramos documentos y artículos de prensa que se refieren a Sant Jordi y su significado histórico en Cataluña. 


Las mayores sorpresas de la visita se reservan para el final: el museo del libro, una sala impactante que se debe en gran medida a la colección particular de Frederic Marès; la sala cervantina, que nos recuerda que Barcelona es también ciudad quijotesca, y una demostración asombrosa de una pianola antigua (y ahora nos deslumbra la Inteligencia Artificial, ay). En el museo del libro se encuentran desde pergaminos del siglo XII hasta libros de todo tipo tras la invención de la imprenta. Hay escritos de cesiones de tierras de reyes a nobles o a órdenes religiosas, un libro de oraciones en árabe, otro sobre la represión de la brujería... También mapas, carteles, postales, marcapáginas y libros de derecho, de la historia de Cataluña, de clásicos como Petrarca, de animales exóticos o incluso el primer libro de medicina deportiva de la historia, publicado en 1601, por citar solo algunos ejemplos. No faltan guiños a Gaudí en el centenario de su muerte, incluidos artículos de prensa en los que se ridiculizaba La Pedrera o fotografías de la época. 


Tras la visita, vuelvo a la superilla literaria, ya para entonces, a eso del mediodía, abarrotada. En la Plaza Cataluña, como siempre, TV3 emite una programación especial. Me sorprende un precioso baile de bastons, una danza típica catalana que desconocía. También RTVE está más presente que otros años, con la radio, pero también con un plató con distintos programas de La 2 Cat.


Antes de parar para comer, paso por la Librería Finestres. Hay una multitud esperando la firma de Almodóvar, que vuelve a Sant Jordi, esta vez, para firmar una edición especial del guion de su última película, Amarga Navidad. También hay cola para entrar en la librería, que en muy pocos años desde que abrió sus puertas se ha convertido en una de las librerías de referencia de la ciudad. Visito igualmente La Central de Mallorca, otra de esas librerías imperdibles en la ciudad. 

Un año más, celebro la bibliodiversidad en editoriales, temáticas, idiomas y enfoques en los libros que podemos encontrar en todas las paradas. Pienso que esa diversidad es representativa de lo que es, o al menos, de lo que debería ser la sociedad. Es una reflexión que surge cada año por Sant Jordi, pero pienso que es así: ojalá más espacios en nuestra vida diaria donde se dé esta convivencia tan natural entre personas diferentes. Autores literarios y presentadores de televisión, personas conversadoras a lado de otras progresistas, instituciones, partidos políticos y asociaciones de esta ideología y de la de más allá. Así es Sant Jordi. Así debería ser la convivencia cotidiana en una sociedad democrática. 


Descanso un poco en el hotel tras una mañana intensa. Me encanta escuchar en el telediario de La 1 lo que dice Fernando Aramburu sobre Sant Jordi: “no creo que exista el paraíso en la tierra, pero esto se le acerca bastante”. Tal cual. Después de ver un resumen del bonito discurso del escritor mexicano Gonzalo Celorio al recibir el Premio Cervantes vuelvo a salir a la calle. 


Disfruto de un buen rato de radio. Primero, con Radio Nacional, que emite desde la plaza de Cataluña, y en la que entrevistan a Daniel Ramírez García-Mina, periodista y autor de Los días que no existieron, una novela con muy buena pinta sobre nazis y etarras, casi nada, y después con La ventana, el programa que dirige Carles Francino en la SER, fiel a su cita con Sant Jordi un año más. Desde por la mañana, con la emisión en vivo de Hoy por hoy, con Àngels Barceló y José Luis Sastre, la SER ha celebrado la fiesta del libro y la rosa sacando la radio a la calle. 

En La Ventana, sigo con la alegría que siento siempre al acercarme a la radio, el medio más especial, la primera hora del programa con, entre otros, Marta Jiménez Serrano, Benjamín Prado y Máximo Huerta. Me encantó eso de que hoy es el día del orgullo lector y también la idea de que, a medida que vamos creciendo, los días que nos hacen sentir mariposas en el estómago son cada vez menos, y que Sant Jordi sigue siendo uno de esos días. Fue también estupendo que dejaran sonar pasajes de varios libros y que revisaran las dedicatorias de algunos autores en las firmas. Por cierto, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, afirmó que las obras de La Rambla estarán terminadas en febrero del año que viene, por lo que en 2027 Sant Jordi volverá a su lugar natural. 


Por segundo año consecutivo, hay un mural colectivo en Plaza Cataluña con mensajes de la gente que quiere participar. Esta vez, al lado de unos grafitis de TVBoy con los carteles oficiales de este año, especialmente celebrados, que había pintado en directo por la mañana. En la superisla literaria, Paseo de Gracia arriba, asistir a largas colas para la firma de Joël Dicker. También firman sus libros, entre otros muchos, Lucía Solla Sobral, autora de Comerás flores, que es uno de los libros que he comprado hoy; Luis García Montero y Eduardo Mendoza, uno de los autores que más ha firmado hoy, uno de los más queridos. 

Me acerco a Casa Vives, que siempre ofrece mil y una tentaciones dulces, y que hace guiños a Sant Jordi cada año. Me gustan especialmente sus libros de chocolate rellenos de bombones que recrean la portada de algunas de las novelas de la temporada. Y no sigo por si las personas destinatarias de uno de esos libros están leyendo esta crónica. 


Sigo mi paseo, con esa sensación de no saber si estoy viviendo o soñando. La tarde no puede ser más preciosa. Paso por delante del Ateneo, que descubrí el año pasado y que repite su jornada de piedras abiertas. A esta hora hay puestos ya casi sin rosas y otros que ya empiezan a hacer descuentos de precios. “Rosas a tres euros”, veo en una parada cerca de la catedral a eso de las siete de la tarde. Un poco más tarde, en esa misma zona, hay quien las vende a un euro. Esta nueva ubicación frente a la catedral, muy amplia y también bellísima, le sienta bien a Sant Jordi. No sería de extrañar que se mantuviera el próximo año. Dos jóvenes, Eco Salvaje y Valenluna, versionan a Julieta Venegas y Manu Chao. Un momento precioso. 


Me dirijo hacia la plaza de Sant Jaume, donde terminaré la tarde disfrutando de sardanas con música de la cobla La Principal de la Bisbal. Me gusta ver cómo se cuidan las tradiciones y que la gente intervenga de forma espontánea. Antes, aunque hay algo de cola, consigo visitar el Ayuntamiento, que es un edificio maravilloso


Se pueden visitar distintas estancias a cual más increíble, como el salón del Trabajo, obra de Ramon Rogent i Perés; el salón de las crónicas, con óleos de Jose Maria Sert en las paredes que representan distintos episodios de la expedición de Roger de Flor a Oriente en el siglo XI; el del buen gobierno, con las virtudes que se esperan de los gobernantes; el salón de Cent, la joya de la corona, que impresiona, en la que se celebró el primer Consejo de los Cien Jurados el 17 de agosto de 1373; el salón de plenos, en forma de hemiciclo, como un Congreso en miniatura, o la sala Tapies, con una obra del autor. Incluso se visita el despacho del alcalde. 


En la sala cervantina de la Biblioteca de Cataluña que visité por la mañana hay un busto del autor del Quijote y un pasaje de sus Novelas ejemplares en el que habla sobre la ciudad. “Barcelona, flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo”.  Cualquiera intenta describir mejor que como describió Cervantes a Barcelona, la ciudad de las luces muertas en el libro de David Uclés, uno de los autores más solicitados hoy en las firmas. La ciudad de las rosas puestas, un año más por Sant Jordi. Ya queda menos para el 23 de abril de 2027. Con la Rambla de vuelta, con libros y rosas por todas partes, con esa ilusión especial del día más bello del año, cuya resaca emocional nos seguirá acompañando hasta entonces. 

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