Manuel Vicent es una de esas personas a las que resulta hipnótico escuchar. Y da igual de lo que hable. Puede contar lo que ha desayunado, con quién se ha encontrado por la calle o qué ve por la ventana. No importa el tema, escuchar a Vicent es siempre un placer. Lo saben bien David Trueba y Luis Alegre, que acaban de estrenar en Movistar+ Mañana seré feliz, una película-conversación con el escritor que es una delicia.
Basta y sobra con escuchar a Vicent, podríamos estar horas haciéndolo. No quiero decir que los directores de la película no tengan mérito, porque es un documental muy bien planteado, que selecciona y estructura más de ocho horas de conversación, y que incluye fragmentos de películas y del NO-DO. Su trabajo, el de los directores, está muy bien hecho, pero su gran mérito es haber tenido la idea de sentarse un día con Vicent, poner una cámara a rodar y montar un documental con lo mejor de esa charla.
El documental comienza y termina con la locución en off de Carmen Machi de una columna de Manuel Vicent, Lo que no hay que decir, en la que el escritor abomina de las frases hechas, que son como el no-lenguaje. Desde luego, Vicent es todo lo contrario. Él cuenta las cosas, todas las cosas, grandes y pequeñas, anécdotas y vivencias duras, historias de risa y otras de llanto, con un estilo personalísimo que impregna este documental.
Cuenta Vicent que su padre era muy autoritario, lo que le llevó a ser muy mentiroso desde niño, y que su madre sólo tenía ojos para su marido, mientras que a él no le hacía ni caso, hasta el punto de que no recuerda que su madre le diera nunca un beso. También afirma que su padre nunca leyó nada de lo que escribió. Tal vez por esa severidad paterna, desde muy joven rehuyó la autoridad “La esencia de mi vida es escaquearme para ser libre, para ser yo”, afirma.
Vicent habla de todo en el documental. Iba a escribir que habla de lo humano y lo divino, pero eso sería una de esas frases hechas que, con razón, el escritor critica en la columna que citábamos antes. Cuenta, por ejemplo, que prefiere a la amistad al amor, aunque también dice cosas bellas del amor, como que es esa relación en la que el silencio no es incómodo, sino “una emulsión placentera entre dos personas que no se tienen nada que decir, pero que están a gusto”.
Por supuesto, también habla de su llegada a Madrid. Al día siguiente de arribar a la ciudad, se fue al Café Gijón, donde su recibimiento fue encontrarse con un hombre a cuatro patas simulando ser un perro que le mordió la pierna. Era el pintor Paredes Jardiel. Vicent se quedó 40 años en esa tertulia. También cuenta cómo se distanció de los toros, que le le gustaban de niño, y afirma que cuando Himmler vino a la España franquista a enseñar sus técnicas de tortura lo llevaron a los toros y se desmayó al segundo toro. Él, que fue responsable de tantas atrocidades. Como afirma Vicent, “el alma humana tiene muchas capas”.
Vicent, que recibió el Premio Alfaguara de 1966, lo que le hizo salir en televisión, en la única que existía entonces, tiene una relación saludable con la fama. Básicamente, no le importa lo más mínimo y no piensa ni medio minuto en el recuerdo que pueda dejar. “Para pasar a la posteridad tienes que crearte un personaje, tienes que hacer demasiado el ridículo”, cuenta. A él lo que le importa es escribir bien ahora, le da igual la posteridad.
El escritor es muy divertido. Por ejemplo, cuando explica cómo empieza uno a darse cuenta de que se hace viejo, La primera señal es cuando empieza a decir con frecuencia “qué barbaridad”, ante cualquier cosa. “De eso ya no te curas”, avisa. La segunda señal es cuando dices a menudo “esto debería estar prohibido”. Y el tercero, cuando te das cuenta de que los futbolistas son unos chavales. Añade, de propina, que uno es más o menos viejo en función de lo que tarda en salir del taxi, y también que se envejece por rellanos, no por escalones. Es decir, de golpe.
“En la película de la vida Gary Cooper muere siempre”, afirma Vicent, quien habla de la muerte de su hijo después de un concierto, la gran tragedia de su vida. Cuenta que sabe que de eso no se va a recuperar de eso y que le gusta ponerse música por la tarde, que aprovecha para llorar. “Las lágrimas provocadas son de una dulzura increíble”, afirma.
Vicent, que regala perlas en cada frase, cuenta, pese a todo, que ha tenido suerte en la vida (“iba para vago y nunca pensé que pudiera llegar a algo”). Sorprende y provoca la risa cuando dice que el gol de Iniesta en el Mundial fue en fuera de juego y que es un misterio cómo un gol conmueve las entrañas de todo un país, pero que se descubre la ley de la relatividad y pasas. O cuando compara el fascismo con el ajo, que es un condimento dominante, que se adueña de un plato. O cuando, hablando de Woody Allen, asegura, medio en broma, medio en serio, que si le gusta la fabada y le sienta bien no se cree que necesite ir al psicoanalista.
Otra de esas frases para cincelar en piedra es en la que cuenta que lo que más disfruta un alcohólico cuando va a beber un gin tonic es la espera mientras le preparan la bebida, cuando la ha pedido. Dice que la generación del 27, esa explosión de creatividad, fue tan genial en plena dictadura de Primo de Rivera porque estaban ya esperando la llegada de la II República, y es esa espera la que más se disfruta. Entre risas y metáforas singulares, como siempre, Vicent da ahí una de las muchas lecciones vitales. Igual que cuando pronuncia la frase que da título a este documental y que resume bien su filosofía vital, pensar siempre que mañana será mejor, que nada es para siempre, que mañana seremos felices. Y ya mañana, por usar una frase hecha de esas que detesta Vicent, dios dirá.

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