La plaza del Diamante

 

Lo primero que hice tras disfrutar con la extraordinaria exposición Rodoreda, un bosque, que acoge el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) hasta el 25 de mayo, fue pasar por la librería Laie del centro para cumplir por fin con el propósito largamente pospuesto de leer a Mercè Rodoreda. Compré La plaza del Diamante, tal vez su obra más popular y reconocida, y La muerte y la primavera, quizá la más elogiada por la crítica. No tardaré en leer esta última obra, pero he comenzado por la primera, que me ha parecido una de las mejores novelas que he leído la Guerra Civil española, o más concretamente, sobre cómo la guerra impactó en la vida cotidiana de las personas. Aquella guerra y, en realidad, todas las guerras. 

A veces es peligroso cuando empiezas a leer una obra con mucha expectación, porque te han hablado muy bien de ella, porque es muy reconocida por la crítica o sencillamente porque esperas mucho de esa lectura. Siempre existe el riesgo de que no te atrape, no te parezca para tanto o caigas en esa incómoda sensación de concluir que no encuentras ese libro tan digno de elogio como tanta gente dice. No ha sido el caso en absoluto. Me ha cautivado el estilo de la autora, con frase corta, vivas descripciones, con un tono muy sensorial, en el que los olores, los sonidos y la relación con la naturaleza tienen un papel relevante. También la forma en la que combina el costumbrismo, con un prodigioso retrato de la vida cotidiana de la época, con la intimidad de la narradora, sus pensamientos, sus sueños, su mirada llena de sensibilidad

Al leer La plaza del Diamante y, con ella, descubrir por fin la voz de Mercè Rodoreda, he tenido sensaciones muy parecidas a las que experimentó cuando leo a Carmen Martín Gaite, a quien admiro por encima de todas las cosas. Encuentro no pocos paralelismos entre ambas. Por su ligereza inteligente, por su excelencia a la hora de plasmar el hablar, el sentir y el vivir de la gente corriente en períodos históricos difíciles (la Guerra Civil y la posguerra), con mujeres en el centro, lo que permite también retratar el machismo imperante en la época. Sé que otras obras de Rodoreda tienen un tono diferente y me encantará ir descubriéndolas, pero en esta obra, que terminó de escribir en su exilio en Ginebra en 1960, reconozco las mayores virtudes de la prosa de Martín Gaite que tanto me enamoran.

Como acabo de llegar a Rodoreda, y lógicamente ya no voy a decir nada que alguien no haya dicho ya hace mucho tiempo sobre ella, busco en Internet sobre estos parecidos entre ambas autoras. Encuentro un maravilloso artículo de Carmen Martín Gaite  publicado en El País en 1983, tras la muerte de la autora catalana. En él, la escritora salmantina afirmaba que “su Natalia de La plaça del Diamant era hacía años, para mi, una amiga de carne y hueso de las pocas que consiguen salirse de los libros y colarse en nuestra casa, no se sabe por qué rendija, en busca de refugio. También habla del “tono de susurro poético” de la novela.

Da en en clavo Martín Gaite, que por algo, además de excelsa narradora y ensayista era una gran lectora y una erudita sobre la literatura. En efecto, la construcción del personaje de Natalia, narradora y protagonista absoluta de la novela, junto a ese “susurro poético” es lo más destacado de La plaza del diamante. La plaza barcelonesa que da título al libro es un lugar esencial en la vida de Natalia, porque es allí, en una verbena a la que no le apetecía demasiado ir, donde conoce a Quimet, que se convertirá en su marido. Es un señor de la época, machista y más bien egoísta, con quien tendrá dos hijos, Rita y Antoni. 

Natalia, que no deja de albergar en su interior anhelos de otra vida, ilusiones y vitalidad, pero que se ve forzada a posponer siempre a posponer o acallar esos sentimientos por las circunstancias vitales, relata su vida. Llega la República y, con ella, las esperanzas de mayor justicia social, pero también los recelos, los miedos, las ocupaciones de tierras y casas de burgueses, la violencia. Y después la insurrección franquista y la maldita guerra. Su marido parte al frente de Aragón. A la penuria y la falta de las más elementales necesidades materiales se suman entonces el miedo, la muerte, el desprecio de los vencedores hacia los rebeldes… Son las páginas más duras de la obra, porque Natalia hace una descripción muy cruda de su situación. 

En el artículo que citaba antes, Martín Gaite también cita uno de los más bellos pasajes de La plaza  del Diamante, cuando, ya al final de la novela, en uno de los más bellos finales que recuerdo haber leído en mucho tiempo, Natalia, la madrugada después de la boda de su hija, deambula por la ciudad, rememora momentos y personas de su vida pasada y recuerda que “la señora Enriqueta me había dicho que teníamos muchas vidas, unas entretejidas con otras, pero que una muerte o una boda, a veces, no siempre, las separaba, y la vida de verdad, libre de todos los hilos de vida pequeña que le habían ido atando, podía vivir como siempre había querido vivir si las vidas pequeñas y malas la hubiesen dejado sola”. También para eso, para soñar con la vida de verdad, para vivir otras vidas, está la buena literatura como la de Rodoreda, esa a la que nunca se llega tarde, porque no envejece y siempre estará esperando a nuevos lectores. 


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