“El País” cumple 50 años

 

50 años no se cumplen todos los días y El País, que alcanza hoy su primer cuarto de siglo, ha celebrado esta cifra redonda con un festival repleto de actividades en el Matadero, en Madrid. Que en estos tiempos de bulos, desinformación, polarización y mensajes simples en redes sociales tanta gente se reúna para celebrar el 50 aniversario de un periódico es de por sí una gran noticia, así que hoy es un día de celebración. El periodismo es más necesario que nunca y El País sigue defendiéndolo del mejor modo posible: ejerciéndolo con rigor, ayudando a contar este mundo loco y a reflexionar sobre él. 

El viernes pasado pude disfrutar del festival, muy bien organizado y con muy buen ambiente. Lleno total en la mayoría de las actividades y colas de personas sin entradas para intentar ocupar las plazas libres. Entre los asistentes, por lo que pude ver y curiosear, había personas de todas las edades. Las más veteranas, lectoras del diario desde aquel primer número del 4 de mayo de 1976. También gente venida de fuera de Madrid, atraída por el plan de actos de todo tipo, con colaboradores y periodistas del periódico, actuaciones musicales, cine, mesas redondas… 


Me gustó especialmente la exposición de fotos que ocupó la Plaza Matadero, y que recopila varios de los momentos más destacados en estos 50 años, desde el propio lanzamiento del dieron el 1976 hasta la catastrófica Dana de Valencia, pasando por el golpe de Estado del 23-F, los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, las revueltas ciudadanas del 15M, el drama de la inmigración, la inusual convivencia de dos papás en El Vaticano tras la renuncia de Benedicto XVI o la detención de Nicolas Maduro. 



Un periódico está formado de fotos, claro, y ahora en su versión digital de vídeos y toda clase de recursos audiovisuales, pero sobre todo está formado por palabras. Y eso, las palabras, el placer inigualable de una buena conversación, recreó La tertulia del Gijón, un encuentro del gran Manuel Vicent, historia viva de la literatura española y también del diario El País, donde colabora desde sus inicios, con Nativel Preciado, Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel, Luis Alegre, David Trueba, Leonor Watling, Ángel Sánchez Harguindey y Juan Cruz

Todos ellos son grandes conversadores, pero claro, escuchar a Vicent es sencillamente hipnótico. Da bastante igual de qué hable, porque fascina, sobre todo, cómo lo cuenta. La excusa del encuentro era recordar cómo eran aquellas tertulias del café Gijón de Madrid, donde se juntaban intelectuales y literatos a charlar y debatir, y donde paso de todo. Pero, claro, el encuentro fue, sobre todo, una celebración del talento y la bonhomía de Vicent, que contó anécdotas de todo tipo, y de quien Trueba contó algo bellísimo, que lo lleva leyendo toda la vida y que jamás en sus artículos ha percibido el mejor atisbo de odio. Eso, añadió, es especialmente llamativo y valioso en un mundo repleto de gente que cree que la vida las debe algo. 

Fue una charla, en fin, estupenda, que se hizo corta, en la que se habló de todo, desde el machismo imperante en aquellos años del Gijón al placer que sigue provocando leer el periódico en papel, pasando por las distintas opiniones de los tertulianos sobre el estado actual del mundo, entre el shock que describió muy bien Watling por todos los horrores que nos rodean y el optimismo y la llamada a la resistencia de Preciado y Víctor Manuel

Vicent contó, por cierto, que el móvil inteligente le parece el anticristo, y también llamó a vivir la vida con serenidad y calma. Lo hizo citando una obra de Samuel Beckett en la que un hombre le encargó a un sastre hacerse unos pantalones. Tardó mucho y el señor se lo echó en cara diciéndole que Dios había creado el mundo en siete días y que él había tardado siete meses en confeccionar sus pantalones. “Ya, pero mire usted qué mundo y mire qué pantalones”, le respondió el sastre. Sencillamente genial. 

Nada más terminar esta especie de tertulia revivida del café Gijón en torno al gran Manuel Vicent, que se celebró en el auditorio de la Casa del Lector, me dirigí a la Cineteca, donde se podía ver el documental La noche más larga, que cuenta cómo se vivió en la redacción de El País la noche del golpe de Estado del 23-F. Fue el primer diario en publicar una edición especial aquella misma noche para lanzar el mensaje claro de que el medio, que había nacido hacía apenas cinco años, estaba contra el golpe de Estado y en defensa de la Constitución y de la democracia.

Aquello noche, que se recuerda como la noche de los transistores por el papel que tuvo la radio para contar lo que pasaba en el Congreso, también fue intensa en Miguel Yuste, 40, donde se encuentra la sede de El País. En el documental se explica el debate inicial sobre si se debía o no publicar una edición especial, un debate en el que se impuso la opinión defendida por el entonces director, Juan Luis Cebrián. Fue una noche trepidante y llena de miedo, pero en la que periodistas y empleados de las rotativas se volcaron para sacar adelante una edición que pasó a la historia, que supuso un punto de inflexión para el periódico y que también jugó un papel relevante en la opinión pública, entre otras cosas, porque la radio leyó el contundente editorial del periódico.

El documental incluye declaraciones de muchos profesionales de El País que estuvieron allí esa noche, pero también de profesionales de otros medios como Miguel Ángel Aguilar o de diputados que también estaban en el Congreso, como José Bono. Ellos dos regalan varios de los momentos con más humor del documental, que a pesar de la gravedad de lo contado, haberlos, haylos. Por ejemplo, cuando Aguilar cuenta que propuso sin éxito a otros periodistas intentar hacerle una zancadilla a un guardia civil y quitarle el arma. Cuando le dijeron que aquello era una idea de bombero, hicieron lo único que podían hacer ya: irse al bar. O cuando Bono explica que los golpistas, que no eran precisamente los lápices más afilados del estuche, estaban obsesionados con que les iban a cortar la luz, así que en un momento de la noche arrancaron los escaños con la idea de hacer fuego (con todo rodeado de madera). En un momento, cuenta Bono, alguien del gobierno gritó sobre las sillas: “son isabelinas, son isabelinas”, porque en medio de un golpe de Estado, siempre está bien que alguien piense en el patrimonio. 

Más allá de esos momentos cómicos, muy de opereta, lo cierto es que aquella noche la democracia vivió un momento de gran riesgo y fragilidad, con muchas personas armadas en el Congreso, y con miedo entre la población. En ese contexto, El País hizo lo que debe de hacer un periódico: informar y, en este caso, además, comprometerse de forma valiente en defensa de la democracia


En estos 50 años, tanto el país como El País, han cambiado mucho. Ha cambiado por completo el mundo en el que vivimos y también el periodismo. Pero algo se ha mantenido intacto en todo este tiempo y es la necesidad del periodismo de calidad para tener una sociedad bien informada. Entonces, en una democracia incipiente y balbuceante, y hoy, en una democracia asediada por el radicalismo, la polarización y los bulos. Felices 50 años a El País y a todos los que lo han hecho posible en estas cinco décadas. 

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