En contra de lo que suelen defender los puristas de cualquier arte, la mayor demostración de la vigencia de los clásicos es la existencia de nuevas versiones rompedoras que aporten miradas distintas sobre ellos. Así lo demuestra con enorme maestría Julieta y Romeo, la obra de danza creada por el coreógrafo Mats Ek para celebrar el 240 aniversario del Real Ballet de Suecia en 2013, que ahora estrena en España el Teatro Real con dirección de Anders Hellström y que es una de las mejores que he visto en mucho tiempo. La larga y entusiasta ovación del público transmite el asombro por lo original de la propuesta.
Es un ejemplo sublime de cómo la danza contemporánea puede aportar no sólo escenas y pasos novedosos, nuevos aires rompedores, por supuesto, pero también puede dialogar con los clásicos y elevarlos a otro nivel, sin anularlos, por supuesto, sino haciéndolos crecer. Julieta y Romeo demuestra la maravillosa capacidad de la mejor danza contemporánea de crear imágenes inolvidables, de aportar algo nuevo, respetando los clásicos del mejor modo posible, es decir, poniéndolos patas arriba, desmontándolos y aportando nuevas miradas.
La obra, que ofrece una lectura novedosa y rompedora del clásico de Shakespeare, otorga más protagonismo a Julieta, tal y como sugiere su título. Es algo que, tal vez, no sea en el fondo tan rompedor ya que, como recuerda el programa de mano, una de las historias en las que Shakespeare basó su obra, escrita a mediados de la década de 1590, fue La tragedia de Julieta y Romeo, traducida del italiano al inglés unos diez años antes. Por cierto, el programa de mano de esta obra es especialmente interesante y aporta mucha y muy valiosa información sobre este ballet.
Una de las grandes novedades es que cuenta con música de Chaikovski con arreglos de Anders Högstedt, en lugar de la tradicional música de Prokófiev del ballet clásico de la otra de Shakespeare. Es una de esas músicas en las que uno se quedaría a vivir, que aporta otra profundidad y diferentes texturas a la historia de amor. La interpretación de la orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por Nir Kabaretti, es impecable.
También resulta fascinante la coreografía de Mats Ek. La danza es el diálogo del cuerpo, consiste en transmitir y contar una historia a través del baile, de los gestos, de la manera de estar encima del escenario. Aquí la corporeidad se adueña de todo. Hay posturas y movimientos imposibles, pasos muy innovadores, que causan sorpresa. Es danza contemporánea plena de imaginación y atrevimiento. El lenguaje del cuerpo alcanza otra dimensión, no hay límites ni restricciones, incluso se desafía la ley de la gravedad a ratos, con mucho lirismo, escenas abstractas, abiertas a la interpretación, realmente hermosas.
Hay muchos pasajes maravillosos e inolvidables de la coreografía. Desde luego, varios de los momentos del cuerpo de baile en escena, pero en especial los instantes de los bailarines que dan vida a Julieta y a Romeo, que en la función que vi fueron Emily Slawski y João Felipe Santana, que transmiten una química admirable. Hay un pas a deux al final del primer acto que transmite la pasión, el amor, su dulzura y alegría, el deseo entrelazado con la ilusión de un protector en común, que es quizá la más lírica y hermosa representación del amor que he visto nunca en un espectáculo de danza. También maravillan los momentos de ambos en el segundo acto.
La escenografía y el vestuario de Magdalena Äberg también niegan un papel importante en Julieta y Romeo. Y es muy arriesgado, como casi todo en esta obra. La escenografía es muy minimalista, casi diáfana. Tan sólo hay unos muros, unas estructuras movibles, que los propios bailares arrastran por el escenario de aquí para allá a lo largo de la función, y que sirven para delimitar espacios. Son los muros de un palacio, o de una casa de alto poder adquisitivo, pero también los muros que separan a los dos amantes y por los que escale Romeo, o las paredes de las calles. La vestimenta va desde los uniformes y los gorros distópicos de quienes representan a la autoridad, que en ocasiones se mueven por segways, esos patinetes eléctricos que se ven en las zonas de playa, con ropas deportivas que se pueden encontrar paseando por las calles de las grandes ciudades.
Todo ello, con una lectura fresca de la historia, que no es fácil situar en un tiempo concreto, porque hay guiños al pasado, a esos amores imposibles de la historia original, pero también otros pasajes totalmente contemporáneos y algunos distópicos. Porque la obra sugiere que el amor es el mayor acto revolucionario en estos tiempos de creciente autoritarismo, la explosión de color frente a la grisura, las pasiones frente a la rigidez de lo establecido. Y hasta quiero ver en algún momento alguna lectura queer, en especial, a través de los personales de Mercutio y Benvolio, los amigos de Romeo. El único tutú que se ve en las dos horas y cuarto de la función lo porta un hombre con guiños y posturas que desafían a la masculinidad convencional.
La originalidad para hacer una relectura contemporánea de uno de los clásicos más influyentes de la historia, la deslumbrante creatividad de la coreografía, la excelente capacidad interpretativa del cuerpo de baile, los movimientos imposibles de los bailarines, la excelsa música y la capacidad de transmitir belleza incluso en los pasajes más tristes y dolorosos de la historia hacen de Julieta y Romeo uno de los mejores espectáculos de danza que he visto en mi vida. Y, afortunadamente, desde que me deslumbró aquella Antígona de Víctor Ullate, he visto tanta danza como he podido. Ojalá tener pronto ocasión de ver alguna de las otras coreografías de Mats Ek en las que reinterpreta ballets clásicos.

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