Siempre he pensado que hay una parte de verdad en aquella frase de Flaubert que dice que no se hace arte con buenas intenciones, pero también que es matizable. En efecto, no bastan las buenas intenciones para hacer una buena creación cultural y coincido en que un libro, una película o una serie no tienen en absoluto por qué tener ningún compromiso. La cultura es el campo de la libertad total, así que no se le debe exigir nada en el terreno ético o moral. Ahora bien, no creo que sea imposible hacer buenas creaciones culturales con buenas intenciones. Una cosa es que no sean imprescindibles y otra que sean un impedimento. De puntillas (Tip Toe), la última serie de Russell T. Davies es un buen ejemplo de ello.
La serie, que puede verse en HBO Max, tiene unas intenciones nítidas: denunciar el creciente clima de odio hacia las personas LGTBI, pero está lejos de ser un panfleto. Da voz a todos los personajes, permite ahondar en sus miedos, ilusiones y sentimientos. No ridiculiza ni deshumaniza a ningún persona, se toma su tiempo para contarnos cada historia, cada herida. En cierta forma, intenta entender la oleada reaccionaria, sin que eso, naturalmente, suponga justificarla.
De puntillas, que cuenta con cinco capítulos, es una miniserie que aborda unos temas claros (la LGTBIfobia, el deterioro de la convivencia por culpa de los discursos del odio, la creciente distancia entre vecinos por la extrema polarización política, la imperiosa necesidad de volver a los lazos humanos, el riesgo de las redes sociales…), pero no es tanto una historia de tesis, aunque la tenga, muy clara, y su posicionamiento y voluntad se ponen de manifiesto en todo momento, como una historia de personajes. Y es justo ahí, en la construcción de los personajes, en su empeño por no simplificarlos o estereotiparlos, donde reside el gran mérito de la serie.
Sus dos protagonistas son Leo (Alan Cumming), un hombre gay que se divorció hace un par de años y que regenta un bar que es refugio para personas LGTBI, y Clive (David Morrisey), un señor conservador, rígido y reprimido que tiene apuros económicos y ve el mundo moderno con una mezcla de recelo, miedo y conspiranoia. Los dos son vecinos desde hace 14 años. Un día, casi de forma casual, entran en contacto porque Leo se queda en la calle sin llave de su casa, lo que da pie a una interacción con su vecino que termina desencadenando la trama. Clive vive con su mujer Marie (Pooky Quesnel), con quien discute religiosamente cada noche, y con sus hijos Saul (Joseph Evans), de 25 años, y George (Jackson Connor), de 16, que tendrán un creciente protagonismo en la historia a medida que avanza la serie.
Russell T. Davies, creador de series como Queer as folk o It’s a sin, vuelve a demostrar su compromiso en la representación de la comunidad LGTBI y también su buen olfato para captar a la perfección su estado de ánimo actual y para tomar el pulso a la sociedad. Nunca ha sido un directo recatado, convencional, con miedo a ser tildado de exagerado. Jamás ha buscado contemporizar con el público general biempensante. Y aquí sigue en la misma línea. Esta serie es un crudo aviso a navegantes sobre la amenaza tristemente muy real del creciente odio contra las personas LGTBI.
En la primera escena de la serie se ve ya su final, así que el interés narrativo de la historia es descubrir cómo hemos llegado hasta ahí y conocer mejor a sus protagonistas. Además de los mencionados, también juegan un papel importante en la serie Stephanie (Elizabeth Berrington), que es la amiga más cercana de Saúl, y varios de sus empleados, que también son a su vez amigos, en el bar, como Zee (Iz Hesketh), una mujer trans que es uno de los personajes más interesantes de la serie.
De puntillas no rehuye ninguna de las polémicas, debate o inquietudes que azotan a la comunidad LGTBI en estos días. Aparece la situación que padecen las personas trans, a las que mucha gente no sólo niega sus derechos, sino su propia identidad, su propia existencia. Se menciona a Trump y su discurso de odio. También se muestran debates y divisiones en la izquierda. Todos los personas son cuestionados, cometen errores, tienen cabezonerías. Todos son, en definitiva, de carne y hueso, reales, no estereotipos andantes.
Tampoco faltan menciones a cuestiones como el Brexit, a los bulos y las teorías conspirativas de toda clase, a los efectos devastadores de las redes sociales y a ese sentimiento victimista y conspiranoico de algunos hombres blancos heterosexuales que dicen que los jóvenes de ahora son la generación de cristal, pero que luego no pueden soportar ver a una pareja gay en la serie que siguen en televisión o que creen que la presencia de la bandera arcoíris vuelve de repente homosexuales a sus hijos.
De puntillas tiene escenas muy contundentes, como aquella en la que Leo le pregunta a Clive cómo puede creer lo que dice un streamer o cualquier panfleto de odio digital sobre las personas LGTBI, a las que asocia sin pudor con la pederastia, antes que creerle a él, que lleva siendo su vecino 14 años. Y en esa frustración de Leo ante la sinrazón y el odio de Clive está en realidad la esencia de la serie, que también muestra el pesimismo de la generación de personas LGTBI que han vivido avances reales y que ahora sienten que podemos volver hacia atrás. “¿Y si nos han querido sacar del armario para que seamos más visibles, presas más fáciles?”, le escuchamos a Melba (Paul Reus), otro de los personajes de la serie, un hombre gay veterano muy pesimista sobre la deriva de la sociedad. O, como le escuchamos a Leo en otro momento, “pensábamos que nos odiaban porque estábamos escondidos, ocultos, y nos veían como pervertidos, pero ¿y si ahora que tenemos visibilidad seguimos sin gustarles?”. Es esa vivencia de tantas personas LGTBI de una cierta edad de que han tenido que pedir permiso y perdón a cada rato, de ir de puntillas por la sociedad heteropatriarcal, no vaya a ser que alguien se molestara.
Algo especialmente conmovedor en la serie, que es también lo más conmovedor del movimiento LGTBI, de su activismo y de las marchas del Orgullo, es su carácter intergeneracional. Porque le debemos muchos de los derechos y libertades de los que gozamos hoy a quienes nos precedieron y también porque tenemos un compromiso con ese chaval que no se atreve a decir que es gay, con esa joven trans con temor a no ser aceptada o entendida, con cualquier persona joven LGTBI que está lidiando con su propia lucha. Cada persona y cada época es diferente, sí, pero ser una persona LGTBI implica un compromiso ineludible, o al menos así lo sentimos muchos, con todos los jóvenes que todavía hoy afrontan injusticias, situaciones horribles en casa, en la escuela o miedo a ser ellas mismas. Nos atemorizan los discursos de odio por nosotros mismos, claro, pero también, y diría que sobre todo, por esos jóvenes para los que deseábamos, y llegamos a creer, que tendrían una vida mucho más libre de odio y rebuznos, de miedos y miradas de desprecio alrededor.
Más allá de un capítulo final que es, para mí, el peor, por el uso de un par de recursos narrativos discutibles, De puntillas es una gran serie que demuestra que las buenas intenciones no son incompatibles con las buenas historias. Es un serio y contundente aviso, porque en cuestión de derechos, si no se avanza, se retrocede, y hay demasiada gente envalentonada que desea que retrocedamos y volvamos a los armarios. Eso sí, y ahí soy más optimista que el creador y los protagonistas de la serie, también creo que seguimos siendo mayoría quienes defendemos los derechos LGTBI, la libertad y la igualdad real de todas las personas. Quizá nos habíamos confiado, no supimos calibrar la magnitud de la amenaza, quisimos pensar que la senda estaba prácticamente ya recorrida del todo. Hay que seguir. Y, por supuesto, seguiremos. Series como ésta ayudarán a ello.

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