Mujeres elegantes

 

Como tantas otras personas, soy fiel lector de Milena Busquets desde Todo esto pasará, el maravilloso libro que escribió tras la muerte de su madre, Esther Tusquets, uno de mis libros preferidos, que no he dejado de recomendar desde que lo leí hace diez años. Por eso, cuando en mis recientes vacaciones vi Mujeres elegantes, un nuevo libro de la autora, en la maravillosa librería Moito Conto, en A Coruña, lo compré de inmediato. Junto a algún otro, todo hay que decirlo. 

Explica la autora en el prólogo que los textos incluidos en el libro proceden de un blog que se abrió hace un tiempo, y que se me había escapado. Con su estilo ligero y fresco ha igual, explica lo que pretendía al escribirlos: “mi objetivo era entretener y acompañar, distraer y divertir, mezclar lo serio e importante con lo alegre y liviano, no sentar cátedra, sino todo lo contrario: quitarle hierro al asunto tan difícil de vivir. La idea sigue siendo la misma”. Objetivo más que cumplido. 

Me atrapa una vez más la ligereza inteligente de la autora, su estilo chispeante, que me recuerda a la mejor Nora Ephron. En este libro, además, Milena Busquets incluye unas cuantas listas, que son de lo mejor de la obra. Listas como Las veinte mejores cosas que puede hacer una mujer en verano, Las veinticinco cosas que aprendí en Cadaqués, La humanidad se divide entre, Veinticuatro cosas que sé sobre los hombres, o Esto a mí nunca me pasará, en el que se dirige al lector: “haz una lista de todas las cosas que no te van a pasar nunca y siéntate a esperar, ya verás como casi todas acaban sucediendo”. 

La autora habla mucho de cultura, sobre todo, de literatura, y también de moda, una de sus pasiones. Y en ambos casos es una manera de hablar de la vida, el amor, la amistad. Reitera con frecuencia su devoción por Proust (un escritor solo tiene que rendir cuentas ante Dios, o sea, Proust”, “para mí es muy importante pronunciar el nombre de Proust al menos una vez al día para no perder la esperanza”). 

En varios de los textos vuelve a la idea de la alta cultura, de la que te eleva. Por ejemplo, sobre la película Desconocidos, escribe: “hay épocas en que apenas veo cine serio, de autor. Me he acostumbrado tanto a ponerme películas o series solo con el objetivo de desconectar o de quedarme dormida que casi había olvidado que hay películas de verdad”. También elogia la hipnótica belleza de  Tardes de soledad. 

Sobre ese concepto siempre conflictivo y escurridizo de la altura cultura, añade en otro texto: “ante la cultura trascendente se hace el silencio; alrededor de las otras hay barullo, el corazón no se queda mudo. De pronto, ante las primeras, el mundo exterior, la vida cotidiana, las naderías que nos divierten y que nos preocupan desaparecen. Por unos instantes percibimos que estamos ante algo más serio, más ambicioso, que llega más lejos. Defiende la importancia de esas lecturas que cuestan un poco, pero que a cambio ofrecen unas cotas elevadas de profundidad y belleza. 

Busquets cita a Montaigne, que escribió que “el arte más sublime consiste en seguir siendo uno mismo”. Ella es aquí muy fiel a sí misma, muy honesta. Se abre mucho, por ejemplo, cuando cuenta que su psicólogo le dijo al cabo de dos días que era un poco egocéntrica, que no sabía cuidarse y que tenía una cierta tendencia a distorsionar la realidad. También escribe sobre sus amores y sus hijos. 

La autora también comparte reflexiones geniales sobre nuestra sociedad, huyendo siempre de la solemnidad. Sobre la zona de confort, por ejemplo, escribe: “todo el mundo se empeña en que es necesario salir de ahí, pero no estoy muy convencida. Mi zona de confort me gusta bastante, me ha costado mucho que sea confortable”.  Sublime. Y sobre las redes sociales: “mentimos en Instagram, no es grave y no importa mucho, pero esa imagen distorsionada y amplificada de nosotros mismos hace que los demás a veces calibren su vida a la baja, consideren que la de los otros es mejor, más fácil, más feliz, más bonita. Y no es cierto”. 

Es imposible quedarme sólo con un puñado de sus relatos. Me parece maravilloso Dos hombres (página 153), en el que cuenta que uno de ellos “trataba por igual a todo el mundo, como hacen los niños”, “vestía siempre igual” y “compraba dulces para su abuela de cien años en todos los aeropuertos del mundo”, mientras que el otro “medía sus palabras, utilizaba mucho el imperativo, llevaba un reloj de oro y se hacía las camisas a medida en la mejor sastrería de Londres”, “era una de esas personas que automáticamente subestiman a los demás (el dinero y los privilegios, si no te los has ganado, y a veces incluso así, convierten a la mayoría de la gente en gilipollas”), y “compraba caballos y casas”. Llega a una espléndida conclusión: “los dos eran grandes tipos, pero uno había entendido a Proust y el otro no había entendido nada, ni siquiera que llevar un reloj de oro (a no ser que seas un rapero del Bronx) es una horterada”. 

En medio de esa ligereza inteligente y de ciertas boutades y frases ingeniosas, hay también pasajes muy emotivos. Me encanta un relato en el que cuenta cómo conectó con dos hombres que la invitaron a cenar tras un acto cultural cuando les preguntó si eran padres. “En cuanto se pusieron a hablar de sus hijos, vi quiénes eran en realidad. Tal vez sólo deberíamos hablar de las cosas que realmente nos importan”, escribe. 

Hay otra idea preciosa sobre el papel que jugamos en la vida de gente querida. Afirma que en los libros y en la vida, con tener a una persona es suficiente”. Y se refiere a alguien que sirva como “una barrera entre ella y la autodestrucción absoluta. La barrera entre uno y la soledad, entre uno y la locura, entre uno y la vejez, entre uno y el pasado, entre uno y el futuro, entre uno y el whisky, entre uno y uno mismo. Francamente, si en este mundo no le sirves de barrera a nadie. Es que no sirves para gran cosa”. 

Pero mi relato preferido, sin duda, es Artículo sentimental (página 215), un precioso listado de cosas que la conmueven. Son dos páginas y media que justificarían por sí solo el libro entero. Una delicia. Lo comparto con gente querida, a la que exhorto a leer a Milena Busquets si aún no lo han hecho.

Leí el libro de vacaciones y en verano, que es quizá el mejor estado de ánimo y la mejor época para leer a la autora, que escribe en uno de sus relatos que “la vida solo se mide en veranos y en amores”. Uno de los grandes encantos del verano es, precisamente, disponer de más tiempo para leer libros geniales como Mujeres elegantes, en el que Milena Busquets despliega su maestría en la distancia corta y su talento en ese estilo ligero, alegre, un poco alocado y sentimental que es marca de la casa. 

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