Tras una mañana algo lluviosa y nublada, el cielo aclaró ayer en A Coruña justo a tiempo para acompañar a la manifestación del Orgullo organizada por la asociación ALAS. También salió el arcoíris, no en sentido literal, porque abrió el día y ya dejó de llover, pero desde luego sí metafórico, con miles de personas marchando por las calles de la ciudad en defensa de los derechos de las personas LGTBI.
Mientras participaba en la manifestación, que me encantó por su ambiente festivo y combativo, recordé una emotiva escena del documental Stonewall, el camino al Orgullo, que muestra el origen del movimiento LGTBI en EEUU. En esa escena se cuenta que en una de aquellas primeras asambleas en 1969 una mujer lesbiana dijo que algún día le gustaría casarse, ante lo que todo el mundo presente rió a carcajadas, porque eran incapaces siquiera de imaginarlo. Hoy, gracias a la lucha de aquellas personas y de tantas otras, podemos disfrutar de ese derecho entonces inimaginable quienes vivimos en uno de los todavía pocos países que recogen en su legislación el matrimonio igualitario.
En el mundo hay casi 200 países y sólo en 39 existe el matrimonio entre personas del mismo sexo, mientras que más de 60 todavía penalizan la homosexualidad. Hay, por tanto, muchos avances conseguidos que celebrar y luchar por mantener, pero también queda aún mucho camino por recorrer en la senda de la igualdad real.
También ayer, con motivo del Orgullo, la Subdirección General de Archivos Estatales recordaba en su cuenta de Twitter que la primera manifestación del Orgullo celebrada en España en 1977 fue dispersada por la policía. Ahora la policía nos escolta y abre camino. Y es gracias a la lucha activista de quienes dedicaron su vida a construir una sociedad mejor.
Durante la manifestación pensaba en todo lo avanzado, en lo ilusionante que es ver a todas esas personas reunidas para reivindicar los derechos LGTBI, que son Derechos Humanos, y también pensaba en los riesgos que nos acechan, en todo lo que aún nos queda por conseguir y, desde luego, en la evidencia de que no podemos dar nada, absolutamente nada por conquistado e irreversible, porque los derechos se defienden ejerciéndolos y porque hay demasiada gente que sigue prefiriendo la grisura al arcoíris.
Lo que más me emociona siempre en el Orgullo, cada año en Madrid, esta vez en A Coruña, es su carácter intergeneracional. Ayer por las calles de la ciudad gallega marchamos personas de todas las edades. Siento gratitud y mucha simpatía por las personas mayores presentes en la manifestación, personas que han sufrido lo que yo no he sufrido, que han vivido momentos de discriminación, silencio y miedo inimaginables. Y siento también mucha emoción y un gran cariño hacia las personas LGTBI más jóvenes. Todos los años es en primer Orgullo de alguien. Y seguro que también habrá jóvenes que miren la manifestación, el colorido de las banderas, el buen rollo imperante, desde lejos, con miedo aún a salir al mundo en plena libertad.
El Orgullo nos recuerda cada año que no estamos solos, que estamos vinculados a los que nos precedieron en la lucha por la igualdad y también comprometidos con los que llegan después. Que debemos cuidar la memoria y rendir homenaje a las generaciones anteriores, y a la vez trabajar para no dar ni un paso atrás y asegurarnos de que se consolidan los avances logrados y se alcanzan los pendientes para las generaciones más jóvenes. El Orgullo nos recuerda que la lucha por la igualdad es y sólo puede ser una lucha colectiva, en medio del individualismo atroz que nos rodea. Una lucha colectiva, por cierto, compartida con el feminismo, porque combatimos exactamente el mismo enemigo, el mismo heteropatriarcado, por más que haya quien quiera dividir o no alcancé a comprenderlo.
Me emociona ver alrededor a familias con niños muy pequeños. Familias heterosexuales que quieren mostrar a sus hijos la diversidad de la sociedad en la que viven. Grupos de chavales y chavalas jóvenes libres y orgullosas. Personas mayores con la mirada emocionada. Otras con la bandera arcoíris a la espalda, como la capa de un superhéroe. Y también muchas pancartas con mensajes ingeniosos (“ser trans es como la purpurina, nunca se te quita”, “ser cishetero sí que era una fase”, “tengo un amigo hetero”). Me gusta ver una pancarta alusiva a la serie Heartstopper, lo que recuerda la importancia de la representación LGTBI. Por supuesto, hay también cánticos y pancartas que recuerdan a Samuel, el joven asesinado por un crimen homófobo en A Coruña en julio de 2021.
La manifestación de ayer concluyó en la plaza de María Pita, ese símbolo de la defensa de la libertad, cuya escultura, por cierto, lucía para la ocasión una bandera arcoíris. Allí se leyó el manifiesto, que contuvo varias ideas potentes. Se recordó que nada de lo que tenemos llegó por casualidad, que los derechos que disfrutamos son fruto de la lucha de personas que convirtieron su vulnerabilidad en fuerza colectiva. También que odio nunca llega de repente, que antes de la agresión llega el insulto y antes del insulto, los prejuicios, y que el odio no es una opinión.
La imagen de A Coruña ayer envuelta en los colores del arcoíris y de las distintas banderas representativas de la comunidad LGTBI fue muy ilusionante, pero en el manifiesto se afirmó también que la libertad no puede depender del código postal y que nadie debería verse obligado a irse de su casa para ser libre, es decir, que la igualdad y la libertad se deben defender y preservar en todas las ciudades, en todos los pueblos, en todos los barrios y para todo el mundo.
En Stonewall, el bar neoyorquino donde todo comenzó, la Administración Trump decidió hace meses retirar la bandera arcoíris. El gobierno estadounidense también le está haciendo la vida imposible a las personas trans, siempre en la diana del odio. Lo que está ocurriendo en EEUU recuerda hasta qué punto no podemos dar por asegurados los derechos conquistados. Por eso el Orgullo debe seguir siendo una fiesta, desde luego, y hay que defender siempre la alegría, pero también, y sobre todo, una reivindicación. Como recordaba alguna pancarta ayer en la manifestación de A Coruña, no podemos olvidar que el primer Orgullo fue una revuelta. Y tristemente sigue habiendo motivos para salir a la calle a reivindicar. Ni un paso atrás. Orgullo los 365 días del año.





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