Supongo que nos ocurre a todos los que amamos la lectura. Cuando me acerco al final de un libro que estoy disfrutando mucho, operan en mí dos fuerzas contrarias: por un lado, por supuesto, no puedo dejar leer, porque siempre quiero más, deseo avanzar en la historia, envolverme en la prosa, descubrir qué les aguarda a los personajes, pero a la vez quiero ralentizar un poco la lectura, porque sé que queda menos para tener que despedirme de esa historia y busco prolongar un poco más ese gozoso momento. Esto se agrava aún más cuando se termina una trilogía como la de El país de los otros, de Leïla Slimani, cuya última obra, Me llevaré el fuego (editado por Gallimard en Francia y por Cabaret Voltaire en España) acabo de terminar.
Siento ahora una cierta orfandad, pero sobre todo una inmensa gratitud por semejante ejercicio literario, en el que la autora cuenta desde la ficción su propia historia y la de su familia. Tres libros después, echaré de menos a estos personajes, la forma de Slimani de retratar el Marruecos de las últimas décadas, desde el final del protectorado francés a nuestros días, y las historias de los personajes, tanto los que conocemos desde el primer libro, como Mathilde y Amine, los patriarcas de la familia con los que todo empezó, como los que aparecen por primera vez aquí, como Mia e Inés, nietas de Mathilde, hijas de Aïcha, que asumen el protagonismo de este tercer y último tomo.
Me llevaré el fuego, cuyo título es un guiño a la célebre frase de Jean Cocteau, que dijo que si ardiera su casa, lo que se llevaría sería el fuego, comienza con un prólogo ambientado en la época del Covid-19, antes de viajar a los años 80 en Marruecos. El hilo conductor de la trilogía, que es ese sentimiento de no terminar de pertenecer a ningún sitio, vuelve a aparecer con fuerza en este libro. También las injusticias y desigualdades que sufren las mujeres, y que adoptan distintas formas y matices con el paso de los años, pero que en absoluto desaparecen. Hay igualmente espacio para remarcar la importancia de la literatura en varios personajes, lo que desemboca en la vocación literaria de Mia, trasunto de Slimani.
Uno de los personajes más fascinantes del libro, descrito como un personaje de novela en el libro, es Mehdi, padre de Mia e Inés, revolucionario de joven que termina trabajando en un banco, y que es descrito varias veces como un exiliado interior. Comienza este libro al frente de un banco de crédito en Casablanca que financiaba proyectos ligados al turismo. Mehdi, contradictorio, complejo, es un hombre serio, pero a la vez un enamorado de la literatura, que recomienda lecturas a sus hijas, quiere vivir otras vidas y está fascinado por París y la libertad que respira en esa ciudad.
La capital francesa aparece en varios momentos de esta obra. Sobre todo, porque ahí estudian Mia e Inés. La mayor de las hermanas descubre que es lesbiana, algo que se siente incapaz incluso de verbalizar en su país. Inés también busca la libertad fuera de Marruecos y, al volver, las hermanas se sienten incapaces de explicar, por ejemplo, el laicismo, una palabra que no existe en árabe. Las dos tienen claro que nunca serán vistas como francesas en Francia, pero tampoco como completamente marroquíes en su país natal. De nuevo, su situación apela ese precioso título de la trilogía: el país de los otros.
La historia de esta familia, que es la recreación literaria de la familia de la propia autora, está en el centro del libro, pero la historia, con mayúsculas, de las cuatro últimas décadas sirve como telón de fondo. Se mencionan episodios históricos de toda índole como la caída del muro de Berlín, la muerte de Lady Di, los Mundiales de fútbol ganados por Francia en 1998 y 2018, la muerte de Hasan II en 1999. 11-S o el paso de Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales en 2002.
Me llevaré el fuego, en fin, pone la guinda a una trilogía que recorre la historia reciente de Marruecos y la de muchas familias que, como la de Leïla Slimani, se sienten siempre de aquí y de allá. Es quizá el mejor de los tres libros de la saga y, sin duda, deja con ganas de seguir leyendo a la autora.

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