El país de los otros

 

Me gustan mucho los títulos de libros que tienen más de un sentido, los títulos polisémicos que encierran más de lo que puede parecer a simple vista. Es, desde luego, el caso del extraordinario El país de los otros, de Leïla Slimani, editado por Gallimard en Francia y por Cabaret Voltaire en España. 

Es un título perfecto que capta la esencia de la novela y el sentimiento que, en mayor o menor medida, experimentan todos los personajes de la novela por distintos motivos. Todos sienten estar en el país de los otros en esta novela ambientada en la la ciudad marroquí de Meknés durante el Protectorado francés. Así lo viven los marroquíes comprometidos con la independencia, pero también los colonos franceses que son atacados y hostigados. Esa misma extrañeza, esos mismos roces con los otros, se percibe también en lo relativo a las creencias religiosas, con musulmanes, cristianos y judíos.

Pero el título va más allá y abarca también la opresión asfixiante de las mujeres en una sociedad machista y patriarcal, que controla cada vestimenta, cada movimiento, cada acción de la mitad de la población. Las mujeres de la novela, todas ellas, habitan en el país de los otros, el país de los hombres, de la tradición rígida, de la falta de libertades. Y algo parecido sucede con los hombres que no son heterosexuales, que no pueden ni siquiera soñar con vivir y amar en libertad en una sociedad y en un tiempo en el que eso que sienten es un delito inconfesable. 

La novela se sirve de un grupo de personajes que simbolizan y representan bien ese sentimiento de extrañeza, esos deseos de pertenecer, de ser libres, que de forma tan acertada sugiere su título. El libro empieza con la historia de amor de Mathilde, francesa de Alsacia, y Amine, marroquí que combatió por Francia en la II Guerra Mundial. Tras la contienda, ambos se mudan a la finca familiar de Amine en Meknés, donde, no sin esfuerzo y penurias, intentan cultivar la tierra con mano de obra de trabajadores humildes que, a su vez, también están en el país de los otros. Es una finca apartada de la medina y de la zona occidental.

La autora cuenta bien lo que siente Mathilde al abandonar su país y llegar a una sociedad muy tradicional y machista, una realidad que la protagonista disimula en las cartas que intercambia con su hermana Irene. Mathilde adoraba el cine y, al salir de la sala, sentía que “era lo real lo que le parecía una ficción trivial, una mentira”. Eso y el cuidado a las personas necesitadas le sirven para intentar sobrellevar la vida privada de libertades e ilusiones que se ve forzada a vivir. 

A través de los otros personajes, la historia va creciendo, y siempre sin juzgar a ninguno de ellos, desde el punto de vista de un narrador omnisciente que nos acerca a los desvelos, temores e ilusiones de cada protagonista. Como la pequeña Aïcha, que estudia en un colegio de monjas y que profesa la religión cristiana en un país y en una familia musulmana. O como Omar, hermano de Amine, que es un joven comprometido con la lucha por la independencia y muy combativo

También son muy interesantes, porque aportan otras historias vitales, otros ángulos atractivos para conocer el Marruecos de los años 50, los personajes de Dragan, un médico húngaro que ofrece pioneros tratamientos a lo que entonces ni siquiera se llamaba personas trans, y Corinne, su mujer francesa. Otros dos personajes relevantes en la trama son Mourad, un antiguo compañero de Amine en la guerra que carga con un secreto inconfesable, y Selma, la hermana de Amine, que se revela contra la opresión de su entorno y que quiere ser una mujer libre. 

He leído con absoluta delectación El país de los otros, que fue un buen regalo de unas amigas que también me regalaron junto a él los otros dos tomos de la trilogía de Leïla Slimani que continúan esta historia, así que me dispongo a empezar ya mismo Miradnos bailar. Seguiremos informando. 

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