Prometeo

 

Estos días se ha hablado mucho de unas desafortunadas declaraciones de Timothée Chalament en las que prácticamente daba por muertos a la ópera y al ballet. Fue inevitable recordar la polémica despertada por estas palabras cuando disfruté ayer en el Centro Danza Matadero de Prometeo, la última producción de la compañía OtraDanza, de Asun Noales. Es una lástima que a Chalamet le pille en Los Ángeles en vísperas de la ceremonia de entrega de los Oscar, porque está representación le permitiría comprobar en apenas una hora hasta qué punto la danza es un arte vivo

Por ser un gran actor, que lo es, Chalamet no está a salvo de ser ignorante en otros campos. Mejor para él, ya que se encuentra en disposición de descubrir de cero un mundo fascinante. Comparar representaciones artísticas entre sí carece de sentido, igual que comparar películas o interpretaciones, pero diría que pocas artes están más vivas, son más diversas y tienen más capacidad de asombrar y sorprender que la danza. Y, sin duda, este Prometeo de OtraDanza es el perfecto ejemplo de ello. 

La obra mantiene al espectador en tensión durante la hora aproximada que dura la representación. Se percibe silencio entre el público, un silencio especial, más hondo que otras veces, lo que muestra el asombro y el impacto que invaden a los espectadores. El arte no debe entenderse, sino sentirse, y lo que provoca esta obra en el espectador es justo eso, emociones fuertes que sólo después se pueden intentar racionalizarla. Impresiona la escenografía de Luis Crespo, remueve el espacio sonoro y la composición musical de Jorge de Rocha y Élenie Wagner, creada expresamente para esta obra. 

Asun Noales y su compañía demuestran la vigencia de los mitos, que nos siguen interpelando, y también recuerdan que la mejor forma de mantenerlos vivos y dialogar con ellos en el presente es inspirarse en su historia para darle un recorrido totalmente nuevo. En el escenario vemos versiones contemporáneas y fascinantes de Prometeo, que robó el fuego a los dioses para dárselo al pueblo, o a Zeus, el dios todopoderoso, creando a Pandora. Con una coreografía fascinante y un gran nivel interpretativo, desde lo gestual y la corporalidad, la obra nos interpela como una alegoría poder absoluto y la manipulación. También de la violencia y el amor. 

El elenco, formado por Seth Buckley, Giulia Finardi, Rosanna Freda, Abián Hernández, Joel Mesa, Elena Nielsen y Salvador Rocher, deslumbra con sus movimientos al ritmo de la música, que combina tramos místicos y espirituales con otros de música electrónica desenfrenada, y también con silencios y ritmos pausados. De la ira a la calma, de la expectativa a la rebeldía, del castigo al perdón y la ternura. De asombro en asombro transcurre la función, de extraordinaria exigencia para los bailarines, con momentos inolvidables como ese comienzo de Prometeo esculpiendo a un hombre, el delirio tras el robo del fuego o el final de Zeus y Prometeo.

Tras la representación de ayer hubo un encuentro con el público, al que naturalmente me quedé, aunque el primer impuso era abrazar sólo las intensas emociones que despertó la obra, sin buscar explicaciones. Me quedé y me alegré, porque fue muy interesante lo que contaron los miembros del equipo sobre el proceso de creación de la obra. Hablaron, por ejemplo, de la inspiración en esculturas clásicas, de las jornadas de ensayos de ocho horas diarias, de las pautas en algunos tramos de la obra y del espacio para la improvisación en otros. Fue una charla apasionante, una guinda insuperable a una maravillosa tarde de danza en Matadero. Una muy viva tarde danza. 

Comentarios