Nabokov dijo que para leer bien hay que aprender a acariciar los detalles. Lo cuenta Luna Miguel en Incensurable, un extraordinario libro editado por Lumen, un atrevido y sugerente ejercicio literario que gira en torno a Lolita, la obra más política del autor ruso. Y aquella frase bien puede aplicarse a esta obra de Luna Miguel, repleto de detalles, de esas obras que se paladean con deleite.
La novela simula ser la transcripción de una conferencia de Lectrice Santos (no es casual si nombre, lectora en francés) sobre Lolita. La trama transcurre en el futuro, dentro de unos pocos años, cuando la obra de Nabokov ha sido borrada por completo y es imposible encontrarla en cualquier biblioteca. Nadie se refiere ya a ese libro, quizá uno de los más polémicos y discutidos de la historia de la literatura, por la forma en que describe la pedofilia de su protagonista. Lectrice Santos siente fascinación por esa obra y decide hablar de ella cuando la invitan a dar una conferencia sobre el deseo y la censura.
Casi al comienzo del libro, la autora menciona el concepto de “lectores criminales” de Ricardo Piglia, que es clave en la obra y se refiere a los que “utilizan la literatura a su favor y con saña, los que deforman su trama, sus ideas y su estilo, con tal de justificar su propia ideología”. La obra, esa ficticia conferencia sobre Nabokov, incluye ya casi al final una reflexión en esa línea de la narradora: “entiendo la necesidad de espejarse en lo que leemos, pero también repudio a los que, en ese egoísmo, terminan posicionándose por encima de su lectura. Sabina Urraca lo llama ‘la tiranía infantil del no me gustó porque no me identifiqué con el personaje’, que yo interpreto como un ‘sólo me gusta porque en verdad habla de mí”.
La obra, en fin, es maravillosa. Está repleto de atinadas citas de escritores y escritoras que invitan a la reflexión. Entre ellos, Enrique Vila-Matas, con cuyas obras, siempre en torno a la literatura, este libro tiene no pocos parecidos. También se cuentan muchos sucesos de la vida de Nabokov y de otros autores. Por ejemplo, que tradujo al ruso Alicia en el país de las maravillas y “se tomó algunas licencias erotizantes”. O que en 1977, un grupo de escritores, filósofos y periodistas entre los que estaban Barthes, Deleuze, Sartre y De Beauvoir firmaron una carta publicada en Le Monde en la que pedían despenalizar las relaciones sexuales entre menores y adultos, siempre que mediase el consentimiento.
Toda la obra gira en torno al papel de la literatura y a la defensa de las obras complejas, polémicas, poliédricas, las que a veces nos incomodan. Entre otras cosas, como escribe la autora, porque a veces es difícil diferenciarnos del mal que combatimos, y porque la literatura es el terreno de lo ambiguo, de lo complejo, huye de lo simplista y reduccionista.
“Teniendo en cuenta que la cancelación es una especie de hermana tonta de la censura, una suerte de paso previo y cobarde, más relacionado con el mercado que con la moral, tomarnos la molestia de contextualizar una obra incómoda resulta más eficaz que cancelarla”, leemos en un momento del libro. Algo más adelante la narradora afirma: “Ocurre que en la actualidad hay un exceso de nombres. Somos capaces de bautizar tantos dolores que hemos perdido el talento de diagnosticar el que de verdad padecemos. Hay muchas palabras en el mundo. Hay demasiadas palabras. Hay exceso de palabras. Todo tiene ya un nombre”.
Incensurable, en fin, es un libro portentoso que defiende la literatura incómoda y compleja, que busca huir del simplismo y la literalidad imperantes. Entre esas muchas citas del libro hay una de Virginia Woolf que afirma que “releer es volver a nuestras horas más felices”. Tengo pocas dudas de que, antes o después, volveré a este formidable libro de Luna Miguel que tanto da que pensar.

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