Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca

 

Ian Gibson consigue en su monumental Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, que he leído en la edición de Plaza y Janés de 1998, que se lea una biografía de 700 páginas plena de referencias como una novela, gracias a su un estilo ágil y fresco. No sólo está extraordinariamente bien documentada, sino que también está muy bien escrita. Influye, claro, lo que tiene de fascinante la vida de Lorca. También la devoción de quienes leemos casi obsesivamente todo lo que cae en nuestras manos sobre el genial poeta y dramaturgo. Pero el mérito de esta biografía de Lorca es inmenso. Es su biografía por excelencia, el texto de referencia sobre su vida, una obra ineludible. 

En la introducción, Gibson, hispanista que ha dedicado buena parte de su vida a investigar sobre la vida de Lorca, describe al poeta granadino como “uno de los seres humanos más artísticamente dotados de todos los tiempos” y lamenta que durante muchos años se le siguiera negando su condición de homosexual. La biografía, monumental, excelsa, recorre por orden cronológico la tristemente corta vida de Lorca, desde su nacimiento en Fuente Vaqueros a su asesinato. 

Son muy interesantes las páginas dedicadas a la infancia de Lorca, que ayudan a entender su entorno familiar y también los primeros referentes que pudo tener. Por ejemplo, se cuenta que la abuela del poeta idolatraba a Víctor Hugo, hasta el punto de que tenía en su casa un busto de yeso del escritor francés, y que su madre, Vicenta, era maestra de escuela. La relación con ella marcó mucho la vida del poeta. Madre amorosa, pero muy exigente y también omnipresente. Es fantástica la historia de su tía Aurelia, a la que Lorca dedicó una obra teatral inacabada, Los sueños de mi prima Aurelia, y que se expresaba con un lenguaje metafórico sin darse cuenta. Cuenta el libro que una vez Aurelia dijo: “echa los huecos cuando se ría el agua”. Lorca fue un alumno más bien perezoso, que sacaba malas notas en el colegio, más interesado en la música que en estudiar, pero transigió para contentar a sus padres.

Impresiona comprobar hasta qué punto la dependencia económica de su padres y los tiras y afloja con ellos acompañaron a Lorca durante prácticamente toda su vida. El libro incluye la famosa carta que un joven Lorca, ya en Madrid, le envía a su padre, en respuesta a otra misiva en la que sus progenitores mostraban su preocupación por la vocación artística de su hijo. “A mí ya no me podéis cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que os respondo que volaré bien”, les escribió. 

Quizá lo más emocionante y atractivo del libro sea ver cómo fue creciendo la carrera de Lorca, sus mil y un intereses, su sólida vocación, su sensibilidad poética, la evolución de su poesía y de su teatro, el modo en el que integró en sus obras cada vivencia personal, desde los viajes lejanos al habla de las gentes corrientes de Granada, de sucesos leídos en prensa a sus amores que se atrevían a decir su nombre. 

La inmensa mayoría de las personas que conocieron a Lorca y han dejado testimonio de ello hablan de una personalidad arrolladora, de alguien con un encanto cautivador, un carisma y una sensibilidad fuera de lo común. El libro no cita la célebre frase de Jorge Guillén, que me encanta, en la que afirmaba que, cuando Lorca llegaba a un sitio, no había ni frío ni calor, hacía Federico. Tal era su encanto. En la biografía se cuenta, por ejemplo, cómo Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda y otros tantos se quedaron prendados nada más conocerlo. 

Quienes idolatramos a Lorca no podemos dejar de preguntarnos cuántas obras geniales nos hurtaron los criminales llenos de odio que acabaron con su vida. Lorca, además, fue un artista total, que publicó poemarios y obras teatrales, pero que también hizo exposiciones de dibujos, arreglos de canciones e interpretación al piano con la bailarina y cantante Encarnación López Júlvez, la Argentinita. Además, el propio Lorca reflexiona en muchas de sus cartas sobre la evolución de su arte hacia posiciones más rompedoras. “Si en arte las reglas son necesarias para los principiantes, después sólo sirven para los mediocres”, dejó escrito. Obras como El público, que él defendió siempre que era imposible de representar, muestran el camino fascinante que quería seguir. 

Gibson cuenta que Lorca vivió en un conflicto permanente entre Dios y Dionisíaco. De niño jugada a hacer misas, pero también hay escritos suyos de adolescente contra la moral sexual católica y contra el clero. En el prólogo de su primer libro habla de la necesidad de ser a la vez “religioso y profano”. Sentía pasión por la Semana Santa sevillana, pero recelaba de los estamentos religiosos. Sentía una atracción clara por los márgenes, los pobres, los incomprendidos, pero también fue agasajado por la élite cultural de España y de los países que visitó. En cierta forma, toda su vida transcurrirá en esa disyuntiva. 

Lorca afirmó en una entrevista en 1933 en Buenos Aires, ciudad que tanto lo marcó y que tanto cariño le dio, que “el día en que deja uno de luchar contra sus instintos, ese día se ha aprendido a vivir”. Y en parte de eso va su obra. De los instintos, de amores y deseos inconfesados. También de la lucha por la libertad contra la opresión del entorno. Y cuesta no encontrar en esos temas de sus obras referencias más o menos veladas a su homosexualidad, que en aquella época no podía ser vivida en libertad. 

Gibson repasa algunas de las relaciones conocidas de Lorca, como la del escultura Emilio Aladrén, que fue novio de Maruja Mallo y que ella misma contó que Lorca se lo “robó”. También hay muchas páginas sobre la atracción hacia Salvador Dalí, con quien Lorca coincidió en la Residencia de Estudiantes. Sobre su relación, muy estrecha, muy compleja, se ha escrito mucho. Ambos influyeron en las creaciones del otro y no pocos expertos creen que Dalí quiso reprimir lo que de verdad sentía por Lorca. 

En 1929, el poeta deprimido, muy se siente abandonado por Dalí, más cercano ya a Buñuel, homófobo a más no poder, y por Aladrén, que por entonces ya sale con Eleanor Dove, con quien terminaría casándose. Por eso, para olvidar ese desamor, se marca a Nueva York. Helen Grant, una estudiante de español en Oxford que coincidió con él, afirma que Lorca parecía alegre y animado, pero le llamó la atención “la tristeza de los ojos, la especie de tristeza que se ve en los ojos de los animales, no porque algo en particular les daña o hace sufrir sino una especie de elemental angustia por la naturaleza de las cosas”. Según Luis Rosales, amigo del poeta, Lorca estaba al borde del suicidio cuando se fue a EEUU. En el poema Infancia y muerte, que envió a Martínez Nadal, Lorca se define como un “niño vencido en el colegio y en el vals de la rosa herida”, que Gibson interpreta como el amor heterosexual. 

Entre los innumerables hallazgos del libro, llama la atención una dedicatoria al poeta Ricardo Molinari hace un dibujo de dos limones y escribe “AMOR BUENOS AIRES GRANADA CADAQUÉS MADRID”, según el propio Lorca, los sitios en las que más había amado. 

El libro también menciona una carta de Lorca a Rafael Martínez Nadal que, pasados los años, habría caído en manos de Luis Antonio de Villena, y en la que Lorca “relataba vivamente, sin pudores, una pequeña orgía con negros”. Cuenta Gibson que en La Habana, que Lorca encuentra muy parecida a Andalucía, fue donde el poeta empezó a “vivir con más soltura su condición de homosexual”. Allí escribió gran parte de El público. También se encuentra cierta homofobia interiorizada en algunos escritos del porta, como ciertas cartas y poemas contra los “maricas” y afeminados, o en la confusa y contradictoria Oda a Walt Withman. 

El último gran amor de Lorca, Rafael Rodríguez Rapún, también tiene espacio en esta monumental biografía. El epílogo del libro estremece, porque cuenta cómo Rapún, estudiante de ingeniería y secretario de La Barraca, acudió a la guerra y, según varios testimonios, se dejó matar cuando supo del asesinato de Lorca. Murió justo un año después.

El libro, que se centra fundamentalmente en la obra gigantesca de Lorca, también aborda sus posicionamientos políticos. Ya de joven escribió contra el patrioterismo: “hay que arrancar las nefastas ideas patrióticas de la juventud (…) Hay que ser hijos de la verdadera patria: la patria del amor y de la igualdad”. Gibson cuenta que Lorca acudió a una manifestación republicana el 12 de abril de 1931 y también menciona su inequívoco compromiso con la República, como demuestran actos como el discurso de inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros o su implicación en La Barraca. Ya antes de esos Lorca se afilió a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y, tras la llegada de Hitler al poder en Alemania, firma un manifiesto contra el fascismo. 

En una carta a sus padres en octubre de 1935 les dice que hoy en España no se puede ser neutral. Por ejemplo, firmó un manifiesto a favor del Frente Popular el día antes de las elecciones de 1936. Es decir, su posición ideológica es inequívoca, en contra de las insidias que llegaron a afirmar que era próximo a la Falange, por más que tuviera amigos de todas las ideologías. El poeta, que reforzó su conciencia política y su compromiso con los pobres en Nueva York, fue cada vez más odiado por las derechas, como demuestra el hecho de que alborotadores de Falange intentaran sin éxito reventar el estreno de Yerma al grito de “maricón”. O las críticas e insultos en medios conservadores. Es decir, Lorca se significó de forma inequívoca del lado de la democracia, la libertad y la igualdad. Quienes lo asesinaron sabían perfectamente a quién estaban matando y por qué. 

En las páginas finales de la biografía, conmueve e impresiona leer sobre la insistencia de Margarita Xirgu pasa que Lorca se fuera con ella a México, algo que podría haberle salvado la vida. Entre sus muchos trabajos y su relación con Rodríguez Rapún, de quien no quería distanciarse, el poeta no se marchó. Muchos amigos le desaconsejaron volver a Granada en julio de 1936 cuando ya había mucha violencia e insistentes rumores sobre un golpe venidero. El 12 de julio se produjo el asesinato de José Castillo, guardia de Asalto, y el asesinato posterior de José Calvo Sotelo, político derechista. Un día después, Lorca abandona Madrid rumbo a Granada, espeluznado por el clima prebélico de la capital. 

Lo que sigue es historia conocida. Pese al intento de la familia Rosales por proteger a Lorca, terminó siendo asesinado “por rojo y maricón”. Hoy nadie recuerda a sus viles asesinos, pero todo el mundo sigue vibrando con los poemas y las obras teatrales de Lorca. Quisieron acallar su voz, pero Lorca es inmortal, como atestigua esta portentosa biografía de Ian Gibson que me ha fascinado, y eso que ya había leído mucho sobre el poeta, todo lo que he podido. Nunca deja de deslumbrar la vida de Lorca, ésa que segó el odio, la sinrazón y el fanatismo fascista, ésa que hoy seguimos recordando y admirando.    

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