Llevo más de diez años volviendo a Mérida cada verano de forma ininterrumpida, a excepción del 2020 pandémico, y nunca había visto nada igual a lo que pude disfrutar anoche con Bacanal. La obra, dirigida por Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio, que se presenta como “una experiencia ritual colectiva”, conecta con el público de un modo intenso, singular y muy divertido. En especial, en un instantes de la función en el que se rompe la cuarta pared y que regala una estampa muy infrecuente de esas que se quedan incrustadas en la memoria.
En las redes sociales del Festival de Teatro Clásico de Mérida se anima a los espectadores a acudir vestidos de blanco, se anuncia que serán más que simples espectadores, que formarán de algún modo parte de la representación, y se les entrega al entrar un sugerente manifiesto que predispone particularmente para vivir una noche especial. Por supuesto, todas lo son en el teatro romano emeritense, al que contemplan más de dos milenios de historias, pero esta obra, ya desde el título, tiene un especial ánimo festivo y de celebración comunitaria, de puro disfrute.
La historia se sitúa en el momento en el que el Senado romano decreta la prohibición de las Bacanales, las fiestas desenfrenadas en honor al dios Baco, el Dios del vino, la fertilidad y la celebración, el homólogo romano del dios griego Dionisio, hijo de Zeus y Sémele. Ante esta situación, el mismísimo Baco (Chema Muraday) acude en ayuda de Dionisio (Carlos Hipólito), que vive de los recuerdos de su época gloriosa cuando los dioses griegos aún no habían sido suplantados por los romanos y cuando Homero y todos los grandes dramaturgos y literatos cantaban y pregonaban relatos en su honor. Esta idea de confrontar las dos caras de un mismo dios, griega y romana, es un gran acierto que da mucho juego y sobre ella se sostiene en buena medida el peso narrativo de la obra.
Carlos Hipólito deslumbra especialmente al dar vida a un Dionisio un poco de vuelta de todo, vieja gloria con ganas de volver a la acción, y que protagoniza varios de los momentos más potentes de la noche con su maestría y solvencia habituales. También tienen gran protagonismo Juana Acosta, Toni Acosta y Elisa Hipólito como adoradoras de Baco, y Mapi Sagaseta como narradora. Completan el elenco Cisco Lara, Julen Pazos, Georgina Flores, Tamara Vela, Inés Valderas y Javier Aguilera, con Candela Chamorro, Lucía Ferrán, Celia García Ferriols, Altea León, María Rulfo y Carla Trillo en el coro. Es importante mencionarlos a todos porque es lo justo y también porque en gran medida la fuerza y la personalidad de la obra residen en su carácter colectivo. Todos juntos recrean las bacanales, los recuerdos, las historias y las peripecias de lo largo de la hora y media de trepidante función.
La obra está catalogada dentro de la categoría de danza y, aunque no es un espectáculo de danza al uso, este arte, que amo especialmente y que nunca antes había tenido la ocasión de ver en el Teatro Romano de Mérida, juega un papel central en Bacanal. Además de la palabra, el lenguaje universal de la danza eleva a otra dimensión la historia narrada. Los bailarines e intérpretes llenan el monumental escenario del teatro emeritense y defienden con convicción y armonía la coreografía de Chevi Muraday, responsable también del diseño de escenografía, sobre la música original de Mariano Marín, que nos ofrece momentos singulares con musica electrónica y bailes sensuales en este milenario y solemne teatro. Desde la primera escena, esa bacanal desenfrenada, hasta la última, que anima al público a salir bailando por las calles de Mérida, la danza y la música están en el centro de la historia.
Desde un enfoque muy original, la obra también cumple con la función didáctica de difusión de los mitos clásicos que suelen tener las obras de este maravilloso Festival de Teatro Clásico emeritense que alcanza ya su 72 edición. En sí misma, Bacanal es una auténtica celebración del teatro y del poder de las historias, que difuminan las fronteras entre eso que llamamos realidad y eso que llamamos ficción. No es casualidad que el teatro más antiguo del mundo estuviera dedicado, precisamente, a Dionisio. Fue en los festivales en su honor donde nació el teatro en Grecia. Bendito invento de dioses que hoy nos sigue removiendo, ilusionando, agitando y emocionando, que nos sigue reuniendo frente a un escenario para dejarnos llevar por una mentira que dice la verdad.
La obra también nos habla del simbolismo del cuerpo como resistencia, de la danza y el movimiento como rebelión, como forma de demostrar que estamos vivos. Se plantea una mirada crítica al poder, receloso de ver a su pueblo celebrar la vida en las bacanales, explorar los límites, entregarse al puro gozo, y se defiende el cuerpo como escenario de resistencia. También hay un momento de éxtasis en el que se reivindican figuras de mujeres que se han salido de la norma a lo largo de la historia que, aunque queda algo forzado, es bienvenido. Bacanal, en fin, anima a agradar el deseo y el disfrute y nos presenta al teatro como un divertimento que nos hace vivir otras vidas, que nos saca de la realidad y nos permite, como bien reza el manifiesto que se nos entrega a la entrada del teatro, dejar el no ver en la entrada, sin títulos, edades ni jerarquías, separa ser sólo cuerpo, coro, máscara.
Acierta el manifiesto cuando promete al público salir “más ligero, más vivo, más cercano al misterio”, el efecto que cada verano consigue el Festival de Teatro Clásico de Mérida, al que volveremos en 2027.

Comentarios