Y Barcelona lo volvió a hacer

 

Aunque el 25 de julio de 1992 me faltaban dos meses para cumplir los cinco años, recuerdo perfectamente dónde estaba cuando se inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona. Como a tantos millones de personas, me fascinó la imagen del arquero paralímpico Antonio Rebollo encendiendo el pebetero olímpico tras lanzar una flecha llameante. Otra de las imágenes más icónicas de aquellos Juegos para la historia fue la de los participantes de la competición de saltos de trampolín, que se celebró en la piscina municipal de Montjuic, con la Sagrada Familia de fondo. 

Quienes vimos por televisión anoche la bendición del papa León XIV de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia tampoco olvidaremos nunca dónde estábamos ni el deslumbramiento que nos provocó el espectáculo con el que concluyó la ceremonia. 10 de junio de 2026, el día del primer centenario de la muerte de Antoni Gaudí, la noche en la que Barcelona volvió a ser la ciudad de los prodigios. 34 años después de aquellos Juegos Olímpicos memorables, Barcelona vuelve a regalar al mundo una imagen de extraordinaria y apabullante belleza. Fue hipnótico. 

Todo funcionó a la perfección, desde que el papa León XIV llegó a la Sagrada Familia y fue recibido por los reyes. Valentina, una joven de trece años que nació con la neuropatía del síndrome de Lever que sólo le permite distinguir luces y sombras, explicó gracias a una maqueta al pontífice los detalles de la majestuosa Torre de Jesucristo, la más alta que ideó Gaudí, con la que Barcelona acaricia el cielo. Fue un comienzo emocionante, seguido por la visita del papa a la cripta en la que está enterrado Gaudí, que está en proceso de beatificación por su gran obra. Tras la solemne misa, que destacó por las imágenes que se recreaban en la belleza exquisita del templo, único en el mundo, y por la armonía de la música, llegó el momento estelar de la noche, el que nunca olvidaremos. 

Se sabía que el papa iba a bendecir la Torre, porque ése era el motivo central del acto de ayer y del viaje apostólico en su conjunto, que se organizó justo en estas fechas para coincidir con el centenario de la muerte de Gaudí. Se sabía también que habría algún espectáculo de luces y fuegos artificiales, pero se guardó celosamente el secreto de los detalles de lo que nos esperaba. Fueron diez minutos sencillamente perfectos. Fue una explosión de deslumbrante belleza, de lo más bello que jamás hayamos visto nunca. Un coro de niños cantó desde la fachada del Nacimiento, la orquesta del Liceo interpretó unas exquisitas melodías desde la misma Torre de Jesucristo, y la luz, esa que Gaudí tenía tan presente siempre en sus trabajos, apareció reflejada en la fachada, iluminando la torre en su interior y también por todas partes gracias a unas velas repartidas entre el público, que participó así en un momento histórico. 

Para entonces, ya estábamos todos boquiabiertos, sin terminarnos de creer lo que veíamos por televisión. Ni los más fervientes amantes de Barcelona, como yo, que siempre estamos dispuestos a celebrar su belleza y su excepcional sentido estético, esperábamos algo tan espectacular, porque superó todas nuestras expectativas. Ni los más convencidos odiadores de la Sagrada Familia, ni exenta de polémica, que cuenta con un nutrido grupo de detractores y críticos, pudieron poner pega alguna al asombroso espectáculo de anoche

Fue deslumbrante y todavía faltaba una sorpresa final, la de ver la cara de Gaudí en el cielo barcelonés contemplando su obra gracias a unos drones. Fue la culminación de una noche inolvidable en la que también se leyó en el cielo de la ciudad de los prodigios un mensaje del genio que creó la Sagrada Familia que bien puede aplicarse a tantas cosas en la vida: primero el amor, después la técnica”. Y no andaba escaso precisamente de técnica Guadí, un genio inigualable, pero aún eran mayores su amor y su espiritualidad. El amor, siempre primero el amor como motor para todas las tareas que tengamos por delante. 

Además de Gaudí, claro, y del papa León XIV, que hoy ha continuado su viaje apostólico en las islas Canarias lanzando un más que necesario y atinado mensaje en defensa de la dignidad de las personas inmigrantes, el excepcional espectáculo de anoche tiene otros nombres propios y es justo mencionar algunos de ellos. Porque todo salió a la perfección y lo de anoche fue de una extraordinaria complejidad, fue cine puro en directo, con muchas cosas ocurriendo a la vez, todo bien ensayado, todo ejecutado con maestría. La dirección creativa fue de Igor Cortadellas, al frente de la realización televisiva conjunta de TV3 y TVE, en la la dirección de imagen, estuvo Paulí Subirà, mientras que Domenec Gibert fue el director de fotografía y Eva Parra, la colorista. Todos ellos, junto a muchos otros profesionales, fueron los artífices de un momento histórico de una belleza apabullante en una noche inolvidable en la que Barcelona lo volvió a hacer


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