León XIV, en el Congreso

 

El discurso de León XIV ayer en el Congreso fue histórico antes incluso de que pronunciara una sola palabra, porque era la primera vez que un papa hablaba en la sede de la soberanía nacional en España. El simple hecho de que el líder espiritual de los católicos de todo el mundo y jefe del Estado Vaticano se dirigiera al Congreso era ya de por sí inédito. Lo admirable del discurso fue su contenido. Los diputados y senadores aplaudieron al papa antes de hablar, por cortesía, por la certeza de presenciar un momento histórico, pero lo ovacionaron aún más cuando terminó su discurso, quizá porque no habían entendido del todo sus palabras, quién sabe. Habló el papa contra la polarización y contra los discursos del odio e, increíblemente, le aplaudieron con ganas quienes semana tras semana llenan de polarización y discursos de odio ese mismo hemiciclo. 

No están nada acostumbrados a escuchar en el Congreso discursos con tanta hondura y tan bien construidos como el que pronunció ayer León XIV. Fue un discurso extraordinario, más allá de las delirantes y ventajistas interpretaciones de los hunos y los hotros, siempre dispuestos a elegir su propia aventura, como en aquellos libritos de nuestra infancia. Algunos prefirieron obviar las palabras del papa contra el aborto y la eutanasia, mientras que otros hicieron oídos sordos a su defensa de la dignidad de las personas inmigrantes. Pero también dijo el papa que no es preciso estar de acuerdo en todo con alguien para convivir con él y respetarse mutuamente. Y no se trata de asentir sin rechistar ante todo lo que dijo León XIV, pero es un poco tramposo no darse por aludido cuando el pontífice dice algo que te incomoda o va en contra de tu acción política, para apresurarse a subirse al carro de aquellas partes de su discurso que sí casan con tus ideas.

Hay pasajes maravillosos del discurso. En el Congreso, que debería ser el templo de la palabra, el papa recordó que  “las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”. No puede acertar más el papa en el diagnóstico ni en la audiencia ante la que lo proclama. Si se degrada la palabra, si se confunde a quien piensa diferente con un enemigo, si la discrepancia se convierte en odio, si no se custodia la palabra, en definitiva, empezamos a deteriorar la democracia y la convivencia pacífica. Y es lo que hacen demasiados políticos (y no sólo políticos) con inquietante frecuencia. 

En un discurso en el que citó a Cervantes y a Teresa de Ávila, el papa recordó a la Escuela de Salamanca, que fue el auténtico hilo conductor de su intervención, centrada en la defensa de la dignidad de cada ser humano. Estableció un muy acertado paralelismo entre aquel tiempo tras la llamada conquista de América, en la que hubo voces que se alzaron para defender los derechos de quienes muchos veían como salvajes, a quienes muchos deshumanizaban, con nuestros días, en los que se desprecia a quienes huyen de sus casas en busca de una vida mejor. 

En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder”, afirmó el papa.  Y continuó recordando que “desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional

Es ahí, en ese paralelismo entre el admirable ejemplo moral de la Escuela de Salamanca y nuestros días, donde reside lo más sustancioso de su discurso. “Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social”, afirmó León XIV. No es un detalle menor que haya dedicado a la IA su primera encíclica. “La tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”, afirmó, contando algo que es elemental pero que demasiada gente deslumbrada con la IA parece obviar deliberadamente. 

El papa, que también mostró su preocupación por los discursos que llaman al rearme, entró de lleno en una cuestión de pura y simple humanidad, la atención a las personas inmigrantes, que sin embargo ha generado estos últimos meses mucha polémica en el Congreso, por el discurso racista de algunos partidos que, además, hasta se dicen católicos. Sin dejar lugar a dudas, León XIV habló de “una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática. Quienes dedican toda su acción política a propagar el odio a los inmigrantes, presentes ayer en el Congreso, aplaudieron este discurso. Por lo que sea. A ver a si se les pega algo. 

El discurso fue brillante. Insisto, sin necesidad alguna de compartir todo lo que dijo, y sin que eso implique tampoco, ni mucho menos, dejar de criticar la lentitud con la que la Iglesia ha reaccionado ante los casos de abusos sexuales en su seno, con pasos aún demasiado tímidos. Fue un discurso bien argumentado, defendido con solvencia, con guiños a la historia de España y con mensajes nítidos. Este papa dice cosas sensatas que, en un altísimo porcentaje, pueden despertar consenso entre creyentes y no creyentes. Que hablar de la dignidad humana, alertar de los riesgos de la IA, criticar la polarización, criticar los excesos del afán de hacer dinero a toda costa, llamar a la convivencia y a la paz sea visto hoy como algo excepcional y valiente, como una voz discordante en este mundo en el que vivimos, dice mucho de cómo está el patio, claro. 

Es sensato lo que dice el papa y eso habla bien de él, pero también es inevitable pensar que es tan elemental lo que defiende que resulta muy inquietante que sea tan rompedor, casi revolucionado, que el papa defienda con firmeza este tipo de principios. Pero el mundo en el que vivimos, en efecto, es el que es, y que en este mundo de Trump, Netanyahu, Putin, discursos de odio  y racismo creciente el papa alce su voz con tanta clarividencia y contundencia es, sin duda, una noticia extraordinaria que sitúa a León XIV como un referente ético mundial, no por su posición, no por ser el líder espiritual de los católicos, sino por lo que dice, del mismo modo que el discurso de ayer en el Congreso fue histórico, sí, por lo inédito del gesto, pero sobre todo por su contenido. 

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