“El feminismo que no incomoda es marketing”. Recordé esta frase que vi hace años pintada en las calles de Barcelona cuando leí el otro día Feministas maleducadas, el atinado artículo de Raquel Peláez en El País sobre cómo a veces incomodan más ciertas expresiones como “cultura de la violación” que la realidad que describen, y la volví a recordar el miércoles cuando tuve el privilegio de asistir al estreno en Madrid de Teoría King Kong, la versión teatral de la compañía La Virguería del ensayo homónimo de Virginie Despentes con la que el Teatro de la Abadía celebra por adelantado el Día del Libro, hasta este domingo.
Desde luego, Teoría King Kong, dirigida por Isis Martín con traducción de Paul B. Preciado y adaptación de M. Àngels Cabré, es todo lo contrario a una obra teatral recatada, de buenas maneras, moderada, bien hablada. Es, como muy bien afirma el programa de mano, más bien una patada punk para echar abajo los cimientos del patriarcado. Y es impresionante. Deslumbra la prosa incendiaria de Despentes y fascina el modo de ponerle voz y cuerpo de Maria Pau Pigem. Impresiona su interpretación por la exigencia enorme del texto, por su solidez y por la forma admirable en la que encarna a la propia Despentes.
El libro que adapta esta impactante obra teatral se publicó inicialmente en Francia hace dos décadas. Su extraordinaria vigencia habla muy bien de las reflexiones de Despentes y de su habilidad para poner palabras a una realidad social incuestionable, pero a la vez esa excepcional vigencia nos obliga a pensar sobre todo lo que aún queda por avanzar en pos de la igualdad. Porque, sí, el feminismo ha logrado avances inequívocos en los últimos años, pero también es evidente la reacción de quienes defienden el patriarcado y consideran que esto del feminismo ha ido demasiado lejos, que se acabó la broma.
En el texto del programa de mano de la obra también se dice que su objetivo es “que el público salga del teatro con la lengua ardiendo de ganas de hablar, discutir y debatir”. Diría que lo consiguen con creces. Y lo hace, desde luego, por la contundencia de la escritura de Despentes, extraordinariamente bien llevada al escenario. Como muestra, dos ejemplos del comienzo de la obra. Estas son sus primeras palabras: “Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. Y, por si no ha quedado claro, continúa poco después: “Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas”.
La obra de Despentes tiene un fuerte componente autobiográfico, pero desde las reflexiones y el relato de sus propias vivencias, analiza al sistema en su conjunto, hace un traje al patriarcado, a la imagen de la mujer perfecta, ni demasiado libre, ni demasiado sumida; inteligente, pero sin pasarse; con trabajo fuera de casa, pero a la vez haciéndose carga de la mayor parte de la responsabilidad del hogar; atractiva, pero tampoco demasiado sexy. Escribe contra la sociedad biempensante, contra los buenos modales y las exigencias imposibles y contradictorias a las mujeres desde la mirada patriarcal que tristemente sigue imperando en nuestra sociedad.
Siempre desde la visión punk y muy personal de Despentes, la obra aborda cuestiones como la violación y el trato a las víctimas, la prostitución, el deseo, el porno o la forma de tratar en los medios a las mujeres con un perfil público como las escritoras. Se habla del feminismo como revolución, lo que enlaza con la frase con la que empezaba esta crónica. Y la actriz Maria Pau Pigem, o Despentes por boca de ella, dispara reflexiones y frases contundentes sobre esta realidad, que invitan a debatir, a reflexionar, con las que no es necesario estar de acuerdo al 100% para sentirse interpelado. Porque habla de todo con absoluta libertad.
La escenografía de Paula Font y Paula González, tan sencilla como efectiva, ayuda a reforzar la idea de esa patada punk, de esa idea de que el feminismo debe incomodar, que no se trata de caer bien o de usar palabras bien educadas y dóciles, sino de echar abajo un sistema, el patriarcado, que no funciona. Ya cuando leí Querido capullo, la última novela de Despentes, me entraron ganas de acercarme a Teoría King Kong, su obra más exitosa. Ahora, tras haber disfrutado de su adaptación teatral, siento que no puedo esperar mucho más. Seguiremos informando.

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