Por todo lo alto


 Los créditos iniciales de Por todo lo alto, que puede verse en Filmin, recuerdan que fue la película con la mejor nota del público de la historia del Festival de San Sebastián. No extraña en absoluto. La película de Emmanuel Courcol es encantadora, conmovedora, tierna y delicada. Combina lo popular con lo elitista y demuestra que un filme puede ser muy exitoso en taquilla sin concesiones comerciales que rebajan su calidad.  

Las historias que muestran el contraste entre un personaje urbanita (preferiblemente, parisino), culto, fino, de gustos elevados con un entorno más rural, popular y llano son casi un género en sí mismo en el cine francés. El país que más reflexiona sobre las diferencias de clase, en el que se inventó el concepto de capital cultural, el que vuelve una y otra vez a reflexionar sobre cuestiones poco presentes en otras cinematografías, tiene la sana costumbre de mostrar en sus películas toda la ambigüedad, las complejidades y los matices de las diferencias de clase y también de las que existen entre distintas áreas de Francia, entre la ciudad y los pueblos, casi entre la capital y el resto de localidades. 

Esta vez, los protagonistas son Thibaut (Benjamin Lavernhe), un prestigioso director de orquesta que viaja por medio mundo, y Jimmy (Pierre Lottin), un trabajador de una pequeña localidad del norte de Francia que toca el trombón en una banda modesta. Los dos sólo tienen en común un pequeño detalle: son hermanos. Ninguno de los dos sabía de la existencia del otro y se enteran de golpe. 

Hasta aquí, sí, la película suena en cierta forma a ya vista. Un urbanita en el norte de Francia, dos personajes que no se parecen en nada y que terminan llevándose bien, escenas sensibles y tiernas…. Y, es verdad, todo eso hay, pero la película logra trascender y aportar algo diferente a este tipo de historias tan prototípicas, tan comunes en el cine francés. Sobre todo, porque la película sabe a lo que juega y acierta, da con la tecla, con el tono exacto, en cada momento. No hay excesos narrativos ni diálogos descuidados, como a veces ocurre en este tipo de historias, que lo fían todo al fondo más que a la forma, al propio contraste que buscan retratar y no al modo de contarlo

La película, además, muestra sin temor alguno escenas de interpretaciones de música clásica y popular, con verdadero gusto, recreándose en ellas. Y está bien que así sea, porque es buena parte de la esencia del filme. Escuchamos y vemos escenas de ensayos, actuaciones en grandes auditorios y en festivales callejeros, en la orquesta prestigiosa de Thibaut y en la banda humilde de Jimmy. Y ese contraste formal simboliza también el que existe entre las personalidades, la formación y las oportunidades en la vida que han tenido los dos hermanos. Los dos, amantes de la música, pero cada uno con un punto de partida muy diferente. 

Es hermosa la forma en la que se muestra cómo el lenguaje universal de la música pone en común a las personas, sin distinción de formación previa, ni oficio ni posición económica. Y a eso juega la película, desde luego, pero no se queda ahí ni edulcora el mensaje social de la película, muy alineado con la literatura y los ensayos centrados en las diferencias de clase. Porque se refleja que los dos hermanos tienen un gran oído musical, pero a uno se lo dijeron de pequeño y le permitieron formarse, y a otro no. Uno tuvo todas las oportunidades, le tocó el premio gordo, como se escucha en un momento de la película, y el otro lo tuvo todo mucho más cuesta arriba. 

Está bien que el cine, y en especial el cine con vocación comercial, el que aspira a arrasar en taquilla (y, en este caso, lo consiguió) hable de estas cuestiones, del determinismo social, de las diferencias abismales de oportunidades en función de dónde se nazca, del abandono de una parte de la población, reflejado aquí con en cierre de una fábrica que da empleo a buena parte de la localidad. Sobre todo, en una época en la que se impone una narrativa más bien tramposa sobre la meritocracia, que parte a menudo de obviar la realidad y la evidencia de que las personas no parten, en absoluto, del mismo lugar, y por lo tanto, la carrera no es justa ni igualitaria por más que se presente así. Por todo lo alto, en fin, es una película encantadora con un bello mensaje social, que mira a la realidad a través de la ficción. Y todo ello, además, con buena música. No se le puede pedir mucho más a una película.

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