Piñen

 

Tenía ser Las Afueras la editorial que publicara Piñen, de Daniela Catrileo. Por su exquisito olfato para detectar la buena literatura y también por su propio nombre, ya que los relatos reunidos en esta obra están ambientados, precisamente, en los márgenes, en “la periferia de la periferia”. Sus protagonistas viven en viviendas sociales, nacen con las cartas marcadas, son ignoradas y discriminadas. El título del libro, Piñen, es una palabra proveniente del mapadungun, la lengua del pueblo mapuche, que se refiere al polvo o la mugre aferrada al cuerpo y que se usa de forma peyorativa para referirse a las personas racializadas o pobres.

Las dos citas de la contraportada del libro comparten el adjetivo “áspera” para describir la obra, que está compuesta de tres relatos. Y es lógico. Se trata de una obra con una prosa directa, sin rodeos. No romantiza la miseria ni edulcora la desigualdad y la falta de oportunidades. Muestra la realidad de la emigración interna, el modo en el que la sociedad chilena, igual que tantas otras, marca las distancias entre las clases sociales y el origen de las personas. Se refleja el empeño de familias humildes por intentar dar una educación a sus hijos, por ofrecerles más oportunidades de las que ellas tuvieron, las injusticias a las que tantas personas se enfrentan sólo por haber nacido en un lugar determinado de este mundo. 

Formalmente, la obra es maravillosa. Intercala palabras en la lengua del pueblo mapuche, que el lector comprende por el contexto, que resuenan de un modo especial y aportan mucha verdad a las historias, los diálogos y las narraciones. Por momentos puede no resultar sencilla esa presencia de vocabulario propio, pero es maravilloso dejarse llevar por esas palabras que uno desconoce y comprende a la vez, algo de lo que sólo la literatura es capaz. Es una de las razones que vuelven tan especial este libro. 

En el primer relato del libro, ¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?, la muerte de un joven lleva a la narradora a recordar su infancia en la periferia urbana y social, marcada por la falta de oportunidades, una infancia en la que “no sabíamos nada, salvo rezar y tener hambre. Hay pasajes maravillosos en el relato, como este, sobre la infancia y la manía de los adultos de camuflar la verdad: Una cuando chica tenía que descubrirlo todo sola. De pura pilla y copuchenta terminaba entendiendo las cosas. No sé cuál era el gusto de escondernos la verdad. A veces pienso que es porque las personas que nos cuidaron también eran niños y niñas. Solo que un día ya eran grandes. Nunca supieron cómo pasaron tantos años. Nunca supieron en qué lenguaje seguir hablándonos”.

En Pornomiseria, el más duro y áspero de los tres relatos, se habla del cuerpo de la mujer, de la violencia machista, del descubrimiento de la sexualidad y de los abusos. De nuevo, el contexto es el mismo, la periferia de una gran ciudad (“todo lo que ocurre en un block se sabe. Todo lo que hacíamos se comentaba como en una gran familia, aunque los odiaras, como a toda familia”). Y, de nuevo, la infancia, con una pregunta muy temprana sobre qué es ser una mujer, qué podía y no hacer una mujer. “Me gustaban las artes marciales, leer historias de piratas, salir con la patineta calle abajo. En fin, no era muy distinta a mi hermano”, leemos. 

Cierra el libro Warriache, el relato más largo, tal vez el más redondo. Comienza con la narradora acudiendo a la fiesta de cumpleaños de su amiga Yajaira, su mejor amiga desde la infancia. “Ambas ya no habitamos el lugar donde nacimos, pero cada tanto regresamos para encontrar la huella que abandonamos y de paso visitar a la familia. Reaparecemos para contarnos cómo van los años desde que ya no somos las niñas aisladas del colegio pobre de monjas donde nos conocimos”, escribe. 

Relata la autora la historia de esas dos amigas a medida que crecen. Su compromiso político, sus propios amores, sus dudas, sus discusiones, sus distanciamientos y reencuentros. Un vínculo, como todo los vínculos humanos, compelo y lleno de aristas, pero también fundamental para ambas, por el apoyo y el entendimiento mutuo, por esa complicidad que tan sólo pueden tener quienes se conocieron de niñas y han ido viendo la vida pasar juntas

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