Las torres de Trebisonda

 

A medio camino entre el Quijote y The Book of Mormon, Las torres de Trebisonda es un libro irónico y desternillante, pero con mucha más hondura de la que su forma humorística puede hacer pensar en un primer momento. La genial novela de de Rose Macaulay se asemeja a la gran obra cervantina en su tono, ya que en cierta forma hace lo mismo con la tradición de los libros de viaje que lo que Cervantes hizo con la de las novelas de caballería. También en el contraste entre sus singulares protagonistas, que aquí viajan por Oriente Medio a lomos de un camello como el ingenioso hidalgo recorría España a lomos de Rocinante. Ese tono aventurero e irónico, casi rozando el absurdo en ocasiones, está muy presente en el libro de Macaulay, igual que la aproximación un tanto irreverente (aunque, en este caso, más contenida y con un aire espiritual) del citado musical sobre los mormones, que también viajan por el mundo buscando evangelizar, igual que en esta novela, y cuyos personales resultan igualmente cómicos a su pesar. 

La obra de Macaulay, publicada originalmente en 1956 y editada en español por la editorial minúscula con traducción de Francisco Segovia y posfacio de Jan Morris, es muy recomendable. Hace poco leí y me encantó también otro libro de la misma autora, Y todo esto, una comedia profética, rescatado por la misma editorial. En ese caso, es una distopía en la que el gobierno decide poner en marcha un Ministerio de Cerebros para impulsar la inteligencia en generaciones futuras y evitar así más guerras. Aquí, unos personajes estrambóticos se embarcan desde Inglaterra en un viaje mitad evangelizador, mitad aventurero, hacia Oriente Medio. 

La narradora, Laurie, escribe desde un mezcla de cierto agnosticismo y de una creencia religiosa “débil y sin huesos, pero incurable”, que acompaña a su muy religiosa tía Dot, anglicana, quien le dice a su sobrina cosas como: “los disidentes son a menudo excelentes cristianos, Laurie. No seas nunca estrecha de miras. Aunque, por supuesto, debes siempre recordar que nosotros tenemos la razón”. A su lado va el fanático reverendo padre Hugh Chantry-Pigg, de quien leemos que “nunca había dejado que el pálido y helado soplo del racionalismo moderno sacudiera su firme fundamentalismo”. 

La singularidad de los personajes de la novela es uno de sus puntos fuertes. De la tía Dot también leemos que “cree que es práctica y emprendedora, pero no: es una soñadora. Sueña locuras, cosas absurdas e imposibles. Y no sueña solo con conversiones para la Iglesia, no, ni con la liberación de las mujeres, no. Tiene los ojos puestos en lejanas montañas, siempre pendiente de algún lugar remoto que tiene pensado visitar”. Y es clave a la hora de entenderla esa dualidad, porque ella es muy religiosa y quiere convertir a otras personas a su fe, pero también, o se diría que sobre todo, quiere viajar y vivir aventuras

 Por su parte, la narradora se enfrenta a la religión de un modo mucho más desencantado. “Aunque me gusta todo esto, y por ningún motivo podría pertenecer a otra Iglesia (de hecho, solo con dificultades y hasta cierto punto pertenezco a esta), no veo razones para imponerla a otras personas, que podrían preferir, como evidentemente sucede, ser católicas romanas, o disidentes, o agnósticas, y por lo visto están bien siendo como son, y muchas veces, la verdad, son mucho mejores que yo”, leemos en un pasaje del libro, que tiene algo de búsqueda espiritual y reflexión sobre el sentido de la vida, y también mucho de libro de viajes. De la mano de los personajes visitamos Turquía, Siria, Jerusalén o la Unión Soviética.  

La tía Dot quiere escribe un libro de su viaje, como todos los escritores británicos, pero ella lo quiere centrar en la situación de las mujeres en Turquía. “El problema de los países es que, una vez que la gente empieza a viajar por ellos -y la gente siempre ha viajado por Turquía-, tienden a convertirse en temas excesivamente recurrentes”, cuenta. 

El libro, en fin, es un festín literario y satírico. Hay críticas al nacionalismo (¿acaso es un mérito amar el sitio donde uno vive, o donde ha nacido?”), al papel de Inglaterra en el mundo (nosotros echamos a perder cualquier lugar que ocupamos, como Chipre y Gibraltar, con cuarteles y casitas monótonas y prefabricadas”), a los periodistas (“para ellos no existe la verdad; son todos unos mentirosos, como los espías”) y, sobre todo, a la religión (con la religión uno se sitúa en un plano distinto en el que todo es rarísimo. Y eso solo viene a mostrar que la humanidad es rara, porque, en suma, siempre ha sido muy religiosa” (…) “debe de ser extraño creer, como cree mucha gente, que la Iglesia de uno posee la verdad absoluta, pues ¿cómo podía ser esto posible? Y, sin embargo, los hay que están totalmente convencidos de ello”). 

Las torres de Trebisonda fue el último libro publicado por Rose Macaulay y, según la crítica, también el mejor. Desde luego, leído tantas décadas después, mantiene una gracia, un encanto, una locura y una brillantez muy poco habituales. Es una novela fabulosa y singular. 

Comentarios