Una gran historia, en buenas manos y muy bien contada. Así puede resumirse La canción, la serie sobre la intrahistoria del triunfo de Massiel en el festival de Eurovisión en 1968 que puede verse en Movistar y que es puro disfrute. Pepe Coira y Fran Araújo, creadores de más magníficas series Hierro y Rapa, y Alejandro Marín, director de la soberbia película Te estoy amando locamente, están detrás de la serie. Y se nota para muy bien. Por la frescura, los aciertos narrativos en fondo y forma y por el modo de contar un hecho histórico real captando bien la atmósfera de la época.
La serie, de tres episodios, es fantástica. Comienza con una escena en la que Franco, de vuelta de una jornada de caza de esas en las que le tiraban las perdices muertas al dictador para que pensara que era el mejor, se lamenta de lo poco que nos quieren en Europa y le pide a Fraga ganar Eurovisión. Por supuesto, Fraga, entonces ministro, y los directivos de TVE, toman el deseo de Franco como un mandato y se ponen manos a la obra. No es fácil. Abren un proceso para recibir canciones y acaban optando por una de letra amable y buen ritmo presentada por el dúo dinámico.
La serie se apoya en un ficticio Esteban Guerra, un joven ambicioso y trepa que pasa los ratos muertos en los pasillos de TVE a la espera de una oportunidad para ascender en el franquismo, al que da vida Patrick Criado. A él la música le importa lo justo y Eurovisión, menos todavía, pero pronto descubre que es una vía para sumar puntos en los despachos y en las altas esferas. Por eso, se las ingenia para juntarse a Artus Kaps, este sí, un personaje real, un tipo excéntrico que lleva toda la vida trabajando en la televisión y que desprecia a los burócratas, porque él se centra en el arte y en la televisión, al que interpreta Àlex Brendemühl. Los dos forman un dúo peculiar que abandera la operación Eurovisión.
La serie cuenta muy bien cómo se eligió a Serrat, que hasta entonces sólo había cantado en catalán y que preparaba su primer disco con canciones en español, para defender el tema. También muestra las críticas que recibió en casa por blanquear al franquismo y por no defender una canción en catalán. Serrat, al que da vida el siempre impecable Marcel Borràs, termina plantándose y le da un ultimátum a TVE para cantar en catalán. Pierde el pulso y le cuesta caro, hasta el punto de que tiene que irse fuera de España y es vetado durante cuatro años.
Entonces entra en la historia Massiel, un gigantesco reto interpretativo del que sale airosa Carolina Yuste. Se muestra cómo entró en el proyecto a última hora, sin conocer ni siquiera la letra, porque estaba de gira en América Latina, y se refleja también a una artista temperamental y con carácter, también con un punto bastante hippy.
La serie, que intercala con admirable naturalidad imágenes reales de la época con las imágenes de la producción, brilla especialmente en el capítulo final, el dedicado a la gala, aunque engancha y tiene grandes méritos de inicio a fin. Es especialmente acertado el modo en el que la serie refleja el contraste entre el lavado de imagen en el exterior que buscaba el franquismo con esta Operación Eurovisión y la cruel represión a las protestas universitarias contra el régimen. Y ahí es fundamental la trama de Lucía (Laia Manzanares), que es una profesora de universidad de familia franquista pero que es crítica con el régimen y ayuda en lo posible, con cautela y temor, a los estudiantes que piden democracia y libertad. También es atractiva la historia del pasado del personaje de Esteban con un fotógrafo al que interpreta Eneko Sagardoy, muy bien tratada, que sirve para mostrar la represión asfixiante de la España franquista para cualquier forma distinta de ser, sentir y amar. Esas subtramas, más allá de la historia en sí de Eurovisión, aportan un vuelo más a la serie, porque la sitúan en el momento histórico en el que se ambienta.
Massiel, fiel a sí misma, siempre libérrima, ha contado en alguna entrevista que lo único real de la serie es que ganó Eurovisión. Dice que, en su momento, contactaron con ella y que pidió tener control absoluto sobre el guion. Como no se lo dieron, no colaboró con la producción de la serie. Eso sí, muchas de las cosas que recuerda Massiel sobre aquella experiencia, como su actitud valiente y atrevida, muy libre y crítica con el franquismo, se refleja a la perfección en la serie. En todo caso, es importante tener claro que es eso, una serie, no un documental. Claro que hay licencias poéticas, incluso personajes creados de la nada, pero todo tiene un sentido narrativo. Se cuenta muy bien la historia, se mantiene la esencia del caso real que se cuenta y se firman tres formidables episodios, una lección de cómo narrar un episodio del pasado muy conocido, pero al que se le puede exprimir mucho más para construir una buena serie. Esta lo es. Magnífica.
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