Junior Ballet de la Ópera de París



Esta noche el Festival Internacional de Santander acogerá la última actuación en España de la gira veraniega del Junior Ballet de la Ópera de París, que actuó el martes y el miércoles en los Veranos de la Villa de Madrid. Si hay algún lector santanderino o alguien que ande de vacaciones por la ciudad cántabra que esté leyendo esto, un consejo: no os lo perdáis. Yo pude disfrutar de su espectáculo en el patio del Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque de Madrid el miércoles pasado, en el marco de los Veranos De la Villa. Fue en una de esas noches mágicas de verano en las que uno piensa que quedarse en la ciudad en estas fechas regala momentos únicos.

El Junior Ballet de la Ópera de Ballet fue creado el año pasado por José Carlos Martínez, quien dirige el prestigioso ballet parisino desde hace tres años. Esta especie de cantera del ballet de los mayores está formada por 18 bailarines de entre 18 y 23 años, de siete nacionalidades distintas, que fueron seleccionados en unas audiciones en las que participaron casi 1.000 jóvenes. Verlos en acción es una auténtica fantasía. Asombra que exhiban semejante versatilidad, profesionalidad y maestría en los movimientos, incluidos los más complejos, a pesar de su insultante juventud. 

El programa, compuesto por cuatro piezas, comienza con Allegro Brillante, de George Balanchine, sobre el delicioso Concierto para piano número 3 de Chaikovski. Cuentan que Balanchine dijo de esta pieza que contiene todo lo que sabía sobre el ballet clásico. Desde luego, permite el lucimiento del joven ballet, con una coreografía exigente y muy apegada a la danza clásica. 

Después es el turno de la preciosa Cantata 51, de Maurice Béjart, una de las grandes leyendas de la danza contemporánea. La pieza se inspira en el pasaje bíblico de la Anunciación, con música de Bach, y transmite espiritualidad, delicadeza y armonía. En especial, es bellísimo el juego entre los dos bailarines protagonistas. Ella, en el suelo al comienzo, dormida; él, angelical, rondando a su alrededor

Tras el descanso, una ruptura formal, porque el comienzo de Réquiem por un rosa, de Anabelle López Ochoa, es muy potente y rompe con el tono más clásico de las dos primeras piezas del programa. La obra combina elementos y movimientos tradicionales  con otros más contemporáneos. Se alterna también música electrónica y sonidos que asemejan los latidos del corazón  con música de Schubert. El ballet viste unas vistosas y elegantes faldas rojas. Todos salvo una de las bailarinas, la que sostiene en su boca durante todo el espectáculo la rosa a la que alude el título, la que no sigue esquemas clásicos y sorprende con movimientos mucho más rupturistas y modernos. Un precioso y efectivo juego de contrastes. 



La noche se cierra con La favorita, del propio José Carlos Martínez. Es el perfecto fin de fiesta, la obra más alegre y juguetona de la noche, la que más coquetea con el público, entregado ya por completo, y que aplaude repetidas veces en medio del espectáculo cuando concluyen los pasos más exigentes y asombrosos. Perfecto fin de fiesta. La pieza, preciosa, muy romántica, tiene inspiración de grandes de la danza como,  de Marius Petipa, William Forsythe o George Balanchine, como contó en su día su autor cuando la estrenó con la Compañía Nacional de Danza, que dirigió antes de ponerse al frente del ballet parisino. 

En un escenario diáfano, con la iluminación y el vestuario como únicos ornamentos de las coreografías, la cantera del ballet de la Ópera de París regaló una memorable noche de verano en Madrid. Un espectáculo formidable de un grupo de bailarines y bailarinas que en unos años podrían ser las grandes estrellas de las principales compañía de danza del mundo. Son Ève Belguet, Grace Boyd, Angélique Brosse, Typhaine Gervais, Yoon Seo Lee, Shani Obadia, Laure Ravera, India Shackel, Natalie Vikner, Jaime Almaraz Baizán, Davide Alphandery, Jansu Lee, Mei Matsunaga, Sergio Napodano, Isaac Petit, Emryck Sanchez-Raffy, Santiago Sales Manzanera y Jackson Smith -Leishman.

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