Jasón y las furias

 

Si algo nos recuerda cada año el Festival de Teatro Clásico de Mérida es que las personas siempre hemos necesitado historias. Para vivir, para entendernos mejor, para ponernos en la piel de otros, para comprender lo que sentimos y pensamos, porque, como dijo Pessoa, la vida no basta. Siempre hemos necesitado historias como las que se representaban en el teatro romano emeritense desde su inauguración en el año 15 antes de Cristo y como las que seguimos pudiendo disfrutar cada verano en ese mismo escenario

Conmueve siempre ver teatro en Mérida y más aún cuando las obras representadas cuentan historias que ya emocionaban al público muchos siglos atrás. Es lo que sentí anoche con Jasón y las furias, de Nando López, que nos recuerda la vigencia inmortal de los mitos y los clásicos, que apelan a esa necesidad humana de historias y que superan el paso del tiempo

La historia de Jasón lo tiene todo: aventuras con los argonautas, una misión casi imposible, amores apasionados, traiciones, venganzas, maldiciones, crímenes horrendos, intriga, arrepentimientos… Con estos mimbres, Nando López como autor y Antonio C. Guijosa como director ponen en pie una extraordinaria coproducción de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatro del Noctámbulo con el que el festival emeritense pone punto final a su 71 edición

Sin forzar paralelismos con la época actual, lo cual no quiere decir que no existan, sino que no hace falta retorcer la historia original ni abaratarla para mostrarlas. Con fidelidad a la historia original y mucho talento para contarla y versionarla, la obra conecta con el público actual, porque nada hay más contemporáneo que una historia de amor que siempre se considera eterno, la crueldad de unos gobernantes violentos que juegan con las vidas ajenas, el injusto rechazo a los inmigrantes o la ambición y el hambre de gloria y fama que ciega a tantas personas. Lo mismo puede decirse de la identidad y, en torno a ella, de las preguntas inevitables de qué habría sido de nuestra vida si hubiéramos tomado otras decisiones. Todo ello está en esta deslumbrante versión del mito de Jasón. 

Es  Nando López un autor prolífico. De él había leído libros como el espléndido Los elegidos o el  encantador Hasta nunca, Peter Pan, y había visto series basadas en sus novelas, como la impactante La edad de la ira, pero nunca había podido disfrutar una obra teatral suya. No ha podido ser más gozosa mi primera vez. Demuestra con Jasón y las furias un excepcional manejo del lenguaje teatral. Es exquisita en fondo y forma. El teatro es, por encima de todo, el templo de la palabra, y lo que más sobresale en esta obra son los diálogos, su intensidad dramática y su lirismo, su crudeza y su belleza, todo a la vez. Unos diálogos muy bien defendidos por un elenco coral, en el que destacan José Vicente Moirón como Jasón y Carmen Mayordomo como Medea. En poco más de hora y media se narra el mito de Jasón, sin ahorrar la dureza de las partes más duras de la historia. 

Es esa fidelidad al mito y, a la vez, su valiosa relectura que lo rejuvenece y realza su vigencia, su capacidad de interpelar a nuestro presente, lo que sobresale en esta obra. La escenografía de Mónica Teijeiro y la iluminación de  Carlos Cremades sacan todo el partido al imponente y gigantesco escenario del teatro romano de Mérida. Impresionan los juegos de luces que ayudan a solapar tiempos y espacios, con tormentas, incendios y toda clase de fenómenos. Y también con el recurso puntual de imágenes audiovisuales. 

En ocasiones, se confunde versionar los clásicos con introducir diálogos que suenan a actuales, con palabras de hoy en día, con gracietas y bromas que juegan con el contraste entre la imagen que tenemos de ese tiempo pasado o de ese mito o leyenda y el tiempo actual. Y a veces eso funciona y cumple su propósito, pero lo cierto es que las historias clásicas, las que llevan muchos siglos emocionando y removiendo al público, no necesitan esos adornos ni esas piruetas para resonar con fuerza en el presente. No es que no se pueda innovar ni que se deban mantener esas historias en un altar intocable, ni mucho menos. La mejor demostración de la vigencia de los clásicos es que se siga jugando con ellos y se los versionen y modernicen todo lo que haga falta. Pero si por algo esas historias siguen teniendo sentido, si nos siguen interpelando, es porque hablan de la condición humana. Y no hace falta meter con calzador textos o guiños al presente. Porque ya está ahí, en su esencia pura, todo lo que hace falta para que el público de hoy conecte con esas historias. 

Las guerras, el amor, las tradiciones… Siempre han estado ahí y aquí siguen. No hay que retorcer nada. Basta, y no es sencillo, claro, con mirar de frente a los mitos y las historias clásicas, y propiciar que hablen al público de nuestros días, sin menospreciar su madurez, sin temer que los espectadores no vayan a conectar con historias llenas de furias, coros griegos, dioses o viajes al Hades. Porque la mitología, tan fascinante y asombrosa, siempre habló de la humanidad. Y la humanidad, en su esencia, en el fondo, no ha cambiado tanto. Eso recordamos cada verano en Mérida, pocas veces con tanta brillantez como con este Jasón y las furias de Nando López. Ya queda menos para la edición 72 del Festival de Teatro Clásico de la ciudad emeritense. Nos encomendaremos a todos los dioses para volver y cumplir con la tradición un año más. 

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