Cuando estaba en el colegio, nos enseñaron un documental sobre la prehistoria en la que los hombres aparecían como bravos cazadores, mientras las mujeres esperaban en casa cuidando de los niños y, como mucho, de cuando en cuando, recolectaban algunos frutos. Entonces, claro, no pensé que ese retrato de la sociedad prehistórica pudiera ser fruto de los prejuicios patriarcales. ¿Cómo iba a pensar eso de un documental de divulgación científica que me enseñaban en el colegio? He recordado este documental al leer El hombre prehistórico es también una mujer, un interesante ensayo de Marylène Patou-Mathis, editado por Lumen con traducción de María Pons Irazazábal, cuyo título deja claro su enfoque.
El libro habla de la arqueología de género, que nació a mediados de la década de los setenta y que buscaba deconstruir los argumentarios sexistas, más ideológicos que científicos. La autora explica que la prehistoria es una ciencia joven que nace a mediados del siglo XIX y muestra cómo los prejuicios y los estereotipos sexistas de esa época se trasladaron a la mirada del pasado. De hecho, antes de la Primera Guerra Mundial no había ninguna prehistoriadora. La parte inicial del libro hace un repaso exhaustivo de todo tipo de textos religiosos, médicos, mitológicos, literarios y científicos que sitúan a la mujer como un ser inferior, siempre supeditada al hombre. La aurora reúne multitud de perlas alucinógenas sobre las mujeres de Hipócrates, el padre de la medicina, y de distintos pensadores, escritores y filósofos.
En ese contexto tan patriarcal, inevitablemente, el estudio del pasado se impregna también del machismo imperante. La autora pone ejemplos concretos para desmontar algunas de las ideas preconcebidas sobre la prehistoria. Por ejemplo, cuenta que en las tumbas se rechaza hoy día después de muchos años la asociación casi sistemática de las armas con lo masculino y las joyas con lo femenino. También rebate la idea asentada del hombre prehistórico como violento por naturaleza. Los datos arqueológicos muestran pocos restos humanos con heridas y, entre ellos, la mayoría están cicatrizadas, es decir, fueron curados. La autora defiende que tanto como la competición, parece haber sido vital para la supervivencia de esos humanos la cooperación y la solidaridad. La violencia llegó más tarde y creció sobre todo en el Neolítico, aunque no todas las sociedades neolíticas eran violentas.
Es una evidencia científica la gran cantidad de estatuillas femeninas encontradas en yacimientos, que podrían haber sido amuletos protectores en el momento del parto. También es un hecho que en la Prehistoria, el sexo de la mujer se representaba con profusión. La autora explica que es posible que los primeros humanos, debido a los nueve meses que separa el nacimiento de un niño del acto sexual, no fueran conscientes del papel de los dos sexos en la procreación. Tanta representación femenina hacen pensar en la posibilidad de que hubiera mujeres artistas y también en divinidades femeninas.
La autora incide en este ensayo, que cuenta con más de 100 páginas de bibliografía, en la importancia de rechazar estereotipos e ideas preconcebidas sin base científica. Por eso, a menudo explica que no hay forma de saber a ciencia cierta cuál era el papel de la mujer en la sociedad prehistórica, pero aporta datos que cuestionan la mirada patriarcal que durante mucho tiempo ha imperado en la arqueología. Por ejemplo, cuenta que los brazos de algunas mujeres eran más fuertes que los de las atletas femeninas de hoy, lo que da a entender que no sólo eran recolectoras, sino que también participaban en la labranza o la molienda del grano. También desmiente la idea de que las mujeres no eran guerreras, a través del descubrimiento de un esqueleto enterrado con armas en 1880 en el yacimiento arqueológico de Birka, en Suecia. Hubo que esperar más de un siglo desde el hallazgo para que se demostrara que se trataba del esqueleto de una mujer. Hubo quien dijo que, entonces, debía de ser porque la familia disfrazó a esa mujer de guerrera para enterrarla así. Cualquier cosa antes de conocer que había mujeres guerreras.
Es especialmente interesante el debate sobre el matriarcado en las sociedades prehistóricas. En parte, por la promiscuidad de aquel tiempo, cuando no se podía saber quién era el padre, por lo que eran sociedades matrilineales, en las que el parentesco sólo podía hacerse a través de la madre. El libro concluye con varios pasajes dedicados a mujeres pioneras que defendieron la igualdad de derechos en la Revolución Francesa y en adelante desde entonces. El libro tiene mucho antecedente y mucho espacio dedicado también a épocas más recientes, que sirven de contexto para el retrato de la arqueología de género, aunque la trasciende y va más allá. Quizá se echa un poco de falta más nivel de detalle y más espacio para el papel de la mujer en la prehistoria, que es el tema del título, pero se entiende que la autora muestre con detalle el ambiente científico y social en el que nació la prehistoria y que, inevitablemente, terminó impregnándola.
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