Sin ser yo muy de películas palomiteras, la combinación de vacaciones de verano y nostalgia suele predisponerse a hacer una excepción. Hace dos años, por ejemplo, vi en cines Indiana Jones y el dial del destino, que me entretuvo y me resulto inverosímil a partes iguales, pero que sobre todo me traslado a mi infancia, y hace unos días vi también en salas Jurassic World: el renacer, la enésima secuela de la mítica película de Spielberg sobre un parque con dinosaurios donde todo se termina descontrolando que a tantos nos cautivó de niños.
Se trata, en efecto, de una película palomitera, con todo lo que eso significa, para bien y para mal, pero como película palomitera no tiene desperdicio. Cumple con todo lo que se espera del género. La cinta, dirigida por Gareth Edward, ofrece un entretenimiento trepidante a lo largo de sus más de dos horas de metraje, en las que deja claro casi en cada plano el mayúsculo presupuesto manejado.
Me suelen dar cierta pereza este tipo de películas porque considero que son previsibles, que son un poco iguales todas. La música enfatizando cada instante, interpretaciones un tanto sobreactuadas, situaciones en las que los personajes se pone en riesgo tomando decisiones abiertamente estúpidas, muertes de los protagonistas por orden inverso a su protagonismo (y quizá a su caché), escenas de acción cada poco rato con toda la parafernalia de la que se es capaz, no vaya a ser que el espectador se aburra medio minuto… No es, en definitiva, el tipo de cine que me cautiva, prefiero historias de otro tipo, no necesito ni agradezco tantos estímulos constantes, no me entusiasman las películas tan deliberadamente concebidas para asombrar y entretener a lo grande al público.
Sencillamente es una cuestión de gustos, no es lo mío. A una película, naturalmente, no se la puede juzgar por los prejuicios o las preferencias del espectador. No me vuelve loco este tipo de cine, pero no tengo problemas en reconocer que, en esa liga, teniendo claro en todo momento a lo que juega, Jurassic World: el renacer es una gran película que ofrece exactamente lo que se espera de ella y que resulta efectiva y convincente de inicio a fin.
Como punto de partida, nos encontramos con Rupert Friend, a quien muchos recordamos por su papel en Homeland, que es aquí el representante de una farmacéutica que quiere desarrollar un fármaco con el que forrarse. Hasta ahí, todo normal, el día a día de su sector. El pequeño problema es que para ello necesita tomar muestras de tres dinosaurios que viven en una franja muy determinada de la Tierra donde está prohibido ir (aunque los protagonistas de la aventura no se encuentran con ninguna patrulla en todo el film). Así que recluta para su misión a una mercenaria a quien interpreta con la solvencia acostumbrada Scarlet Johansson, posiblemente tan atraída como su personaje por el dinero que se haces embolsado por este proyecto, y a un experto en dinosaurios al que le mueve más el amor por esos animales, al que da vida, de forma un tanto sobreactuada, Jonathan Bailey.
Como la misión es muy arriesgada, necesitan echar mano de unos viejos conocidos del personaje de Scarlet Johansson, comandados por Mahershala Ali. Completan el elenco los miembros de una familia que navegaban tranquilamente en el mar, pero terminan cruzándose con la misión. Ellos también protagonizan varios de los mejores momentos de la película, que ofrece grandes escenas de acción y aventura y, por supuesto, imágenes apabullantes en la recreación de distintos tipos de dinosaurios. En ese sentido, se notan los años que han pasado desde la película original, lo mucho que ha avanzado la tecnología. Visualmente, la película es impecable. Y como cine palomitero, de ese que algunos sólo consumimos de cuando en cuando, también.
Comentarios