Todos los cuentos

 

Las dedicatorias son un arte en la literatura, porque a veces son auténticas joyas. Una de mis preferidas es la de Usos amorosos del dieciocho en España. “Para Rafael, que me enseñó a habitar la soledad y a no ser una señora”, le escribió Carmen Martín Gaite a Rafael Sánchez Ferlosio, que ya entonces era su exmarido. Me acordé de esa dedicatoria leyendo Todos los cuentos, ya que varios de los relatos de la genial autora salmantina están protagonizados por mujeres que habitan la soledad y que no quieren ser señoras, a menudo, en contra de los deseos de sus señores esposos. 

Dentro de esa categoría de mujeres que habitan la soledad y que no quieren ser señoras podrían incluirse, entre otros, Lo que queda enterrado, en el que una mujer escapa de la rutina; Un alto en el camino, en el que la parada de un tren en Marsella muestra la intrahistoria de un matrimonio; Tarde de tedio, protagonizado por una mujer que vive a la sombra de su marido, y La mujer de cera, en el que un marido se arrepiente del trato a su mujer. 

La maravillosa Martín Gaite fue tan prolífica que siempre queda algún texto suyo nuevo, nuevo para el lector, con el que seguir disfrutando de su prosa magnética, su ligereza inteligente y su forma única de plasmar por escritos los diálogos, como si en vez de leer, uno estuviera escuchando charlar a los personajes con toda naturalidad, como si estuvieran sentados en su salón. Me quedan ya pocas novelas de la autora salmantina, y he leído muchos de sus ensayos, pero hasta ahora apenas había leído sus cuentos, más allá de los textos recogidos en Páginas escogidas y de El cuento de nunca acabar, así que he gozado leyendo Todos los cuentos, el libro publicado por Siruela con una exquisita edición de José Teruel, autor de la sensacional biografía de Martín Gaite publicada el año pasado. 

En el prólogo, en el que el editor explica que la autora no era nada partidaria de establecer fronteras rígidas entre géneros, mucho menos entre relatos y novelas más o menos largas, cita una reflexión genial de Martín Gaite: “el cuento bien contado condiciona y transforma la relación inicial entre quien lo emite y lo recibe”. A eso, básicamente, a narrar cuentos bien contados es a lo que se dedicó toda la vida. También escribió la autora en una de sus muchas reseñas de otras obras que “en un cuento caben menos artificios y es más difícil dar el pego que en una novela”. 

El libro se cierra con un cuento autobiográfico, El otoño de Poughkeepsie, que es de lo mejor que le he leído a Carmen Martín Gaite, y he leído con fruición muchas obras suyas. Es magistral. La autora escribió este relato en su estancia neoyorquina tras la muerte de su hija. Tiene algo de diario (me ha recordado a los estupendos diarios de May Sarton) y la escritora salmantina cuenta que lo escribe con una pluma de su padre y en un cuaderno de su hija. “Me he vuelto codiciosa de este cuaderno negro y creo que en el fondo muchas veces si no sigo escribiendo es por el miedo de terminarlo”, leemos. 

Otro de los relatos que más he disfrutado del libro es Variaciones sobre un tema; sin duda, el que más me gusta a la autora de los relatos que incluyó en El balneario. En ese relato, una joven de quince años persigue a una pareja de novios por Madrid, en medio de recuerdos, reflexiones sobre el paso del tiempo y alusiones al papel del interlocutor, crucial en su literatura y en su vida.

Hay varios relatos sobre la rutina en trabajos oficinescos. En esto, como en tantas otras cosas, la autora se muestra adelantada a su tiempo. Son relatos que dialogan muy bien con nuestro tiempo de gran renuncia y hartazgo con los juegos de oficinitas (Beatriz Serrano dictó). En La oficina se cuenta la vida de Matías, un gris oficinista que se entretenía poniéndole colores a la gente, mientras que en Un día de libertad un hombre que es despedido de su trabajo siente un gran alivio y un fugaz impulso de disfrutar al fin de la vida. “Nada hay más temible que los consejos de la gente equilibrada”, leemos. Pero, ay, el hombre se siente  incapaz de contárselo a su mujer y sufre una disyuntiva entre el deseo y la obligación, entre el sueño y el deber, entre la aventura y la rutina.

Otro gran relato es Las ataduras, centrado en la relación entre Benjamín y su hija Alina, que se marchó a vivir a París y con quien estaba muy unido. El relato me recordó aquella frase que le leí a Carmen Laforet: “por eso me quedo, porque puedo irme”. Aquí Martín Gaite le hace decir a uno de sus personajes que “nunca está uno libre; el que no está atado a algo, no vive. (…) Las verdaderas ataduras son las que uno escogen las que se busca y se pone uno solo, pudiendo no tenerlas”. 

Alargaría más y más esta reseña, porque pocas cosas me gustan más que hablar (o escribir, en este caso, que lo mismo da) sobre la literatura de Martín Gaite, pero voy terminando. Menciono seis relatos más. El balneario es casi una novela corta, cargada de misterio y con aire de ensoñación. En La chica de abajo, la imaginación y las diferencias de clases sociales marcan la relación entre Paca, hija de la portera de un edificio, y Cecilia, que un buen día se marchó. “No vino la carta de Cecilia, pero llegó, por lo menos, la primavera”, leemos en un momento del magnífico relato. 

El libro incluye también dos cuentos maravillosos, así llamados por la autora, que son cuentos fantásticos, de los que se dirían infantiles, si no fuera porque Martín Gaite, con buen criterio, defendía que no hay edades para los libros: El castillo de las tres murallas y El pastel del diablo. El primero, dedicado a su hija, “la Torci”, tiene como protagonista a Lucandro, un hombre rico incapaz de disfrutar, sin amigos, con todos los relojes de su casa parados porque no podía soportar el paso del tiempo y que “estaba rodeado de objetos sin vida que le esclavizaban”.  

El pastel del diablo cuenta la vida de una niña a la que sus padres pudieron de nombre Sorpresa porque, después de mucho buscarlo, ya no contaban con tener descendencia. Una curandera predice que la niña “hará preguntas que no le sabrá contestar nadie y deseará siempre todo aquello que no pueda tener”. Se dedica a contar cuentos a Pizco, otro joven, al que, cuando le echa en cara que siempre anda fantaseando, le explica que “si no nos lo inventamos primero y no creemos que se puede hacer, nunca será verdad”.

Martín Gaite también escribió dos cuentos de Navidad. El primero de ellos, Un envío anómalo, es más bien antinavideño, contra el consumismo y la alegría impostada de esas fiestas, con “letreros luminosos que empezaban a invadir la ciudad instando al ciudadano a ser feliz por decreto en aquellas fechas”. El segundo, En un pueblo perdido, muy humanista, va sobre un cura, Gonzalo, que ayuda a un desconocido en Nochebuena. Es un personaje fascinante, un hombre tranquilo que nunca espera nada y que pasa sus ratos libros tocando el piano.

En Flores malvas, uno de sus últimos relatos, la autora escribe sobre “un respeto por la letra escrita que debe venir de aquella manía escolar de los cuadernos de limpio”. Y añade: “no se atreve uno a hollar el papel; como si lo que queda escrito fuera más definitivo que ir lo que se habla, o comprometiera más”. Ese respeto reverencial por la letra escrita y su desbordante talento como narradora hacen de Todos los cuentos un regalo para cualquier lector amante de la literatura de Carmen Martín Gaite o que todavía no sepa que lo es. 


Comentarios